Que se acaba el mundo. O más bien los calendarios
por Francisco José Súñer Iglesias

Ale, ya estamos en 2012 y según decenas de agoreros el mundo se acaba este año por enésima vez. No obstante, y a diferencia de otras fechas catastróficas, en esta ocasión se dispone de la documentación definitiva que lo demuestra de forma fehaciente y palmaria: el calendario Maya, incluso se da el día exacto, el 22 de diciembre de 2012 (casualidad, oiga, justo en el solsticio ¿o eso se lo ha inventado alguien por su cuenta?) Y por si fuera poco, está escrito en piedra.

No hace falta ser una lumbrera para barruntar que el mundo no se acabará precisamente ese día. Anuncios como éste se llevan produciendo desde que el hombre acotó los conceptos de inicio y final (una especie de Barrio Sésamo paleolítico), y siempre hay alguien que espera que todo se acabe entre grandes fanfarrias y efectos especiales varios, sin que haya mayor motivo que el anuncio de algún iluminado al que más valdría dar asistencia psiquiátrica.

No es el caso de los mayas. Los mayas hicieron su calendario, como cualquier pueblo agrícola que se precie, para tener controlados los ciclos de las cosechas, pero les salió bastante más estirado que los socorridos Calendarios Zaragozanos, y las cuentas llegan hasta donde llegan. Una vez que se cierra el ciclo se tira el calendario viejo y se esculpe uno nuevo, o se compra, o se coge el de la frutería o el taller mecánico de la esquina, como habrán hecho, o harán en breve, mis amables lectores.

Lo curioso de este asunto es la fascinación que provoca el fin del mundo, aunque si se echa un ojo a las causas y consecuencias del mismo, siempre tiene algo que ver con lo malo que es el hombre y el castigo que merece por ello. La tradición cristiana habla de la destrucción del mundo tal y como lo conocemos, y el establecimiento de Reino de los Cielos. Más o menos. Para el hinduismo el fin del mundo es cíclico, renovándolo todo en cada fase. El Ragnarök nórdico reducirá todo a cenizas, aunque tras ello también habrá un nuevo renacer.

Como se ve, la cuestión es destruirlo todo para volver a construirlo con un poco más de cuidado y buen gusto, en Italia, por ejemplo, en noche vieja se queman los trastos viejos en un ritual a mitad de camino entre la purificación y dejar hueco para cosas más útiles.

Un tema tan atractivo no podía haber pasado desapercibido para el género. Sin embargo, el tono purificador y en cierto modo esperanzado que imprime la mitología al fin del mundo no es algo que se haya captado adecuadamente en las mayoría de las obras dedicadas a ello. Suelen quedarse en la anécdota, en el formidable espectáculo que supone la destrucción total y, si hay suerte, los supervivientes volverán a poblar la Tierra (o el Universo, tanto da) tras la catástrofe.

Así, bote pronto, se me viene a la mente ULTIMATUM A LA TIERRA, en cualquiera de sus dos versiones, se daba carpetazo a la humanidad por malvada, sin casi explicaciones y de muy malos modos. SOY LEYENDA, por el contrario, si iba en esa línea del renacimiento: la humanidad como tal ha sido exterminada, pero tiene el relevo a la espera de que muera el último hombre vivo. Fines del mundo espectaculares fueron los de CUANDO LOS MUNDOS CHOCAN, donde la Tierra partida en dos dejaba muy poco margen para el futuro de la humanidad. Catástrofe planetaria fue también la de DEEP IMPACT, con un resultado incierto, que bien podría tener su continuación en LA CARRETERA, en la que la desesperanza es el destino de los protagonistas. Donde no hay esperanza es en MÁS VERDE DE LO QUE CREÉIS, con la hierba, literalmente, comiéndoselo todo. Más asombrosa aún es La Saga de la Tierra Moribunda, en la que la Tierra es tan vieja que está a punto de ser comida por el Sol.

Queda también una buena cantidad de obras post-apocalípticas en las que se ha producido el colapso de la civilización tal y como lo conocemos, y que sin retratar el fin del mundo, si dan mucho que pensar al respecto, 12 MONOS, CÁNTICO POR LEIBOWITZ, MECANOSCRITO DEL SEGUNDO ORIGEN, TU EL INMORTAL..., que nos recuerdan que, pese a todo, nada es eterno, y que en algún momento acabará.

Pero no será en el 2012.

© Francisco José Súñer Iglesias
(726 palabras)