Belenes
por Luis Del Barrio

Los niños suelen navegar entre lo irreverente y lo iconoclasta. Yo no me escapé a eso, y una vez que conseguí, a base de berrinches y mucho insistir, hacerme dueño del Belén, lo convertí en un foro cosmopolita donde convivían en mutua vigilancia los inquilinos habituales, es decir, pastorcillos, reyes magos, romanos, lavanderas, algún caganer, que no se muy bien que hacía en la semi-estepa mesetaria, y los consabidos, José, María, niño, buey y mula, en compañía de los más heterodoxos indios y vaqueros, toda una compañía de marines de Montaplex y un nutrido grupo de soldados imperiales de la serie Star Wars de Lego, además del Geyperman paracaidista.

Dicho así no parecería más que una mezcla sincrética de figurillas de diversas procedencias, unas heredadas, otras regaladas, y otras aparecidas misteriosamente. Pero no, aquel Belén tan heterogéneo, y muy guerrero, tenía su sentido. En mi pequeña mente las enseñanzas de la doctrina católica habían caído en terreno abonado, no porque tuviera gran fervor religioso, o viera en aquello la salvación de mi alma, sino porque como al drugo Alex aquellas historias me sonaban a fabulosas aventuras y leyendas prodigiosas. A eso añadía las influencias basadas en mi aún breve acervo cultural, y recomponía todo lo referente a la Inmaculada Concepción, la huida a Belén y la Natividad en algo no del todo diferente, pero si muchos menos festivo.

Imaginaba que cuando Gabriel fue a visitar a María, con su mochila voladora de alas atómicas y armado de una incongruente, pero genial, espada flamígea, le implantó, aquello de la Obra y Gracia del Espíritu Santo me sonaba a algo muy tecnológico, una cápsula con el espíritu de Jesucristo, el hijo de un héroe de una Galaxia muy, muy lejana, para protegerlo del malvado Herodes, que querían raptarle y convertirlo en su esclavo. Una vez implantado Jesús era necesario que María y su marido huyeran a Belén porque Herodes estaba a punto de capturarlos.

Todo esto era el background, como se dice ahora, o sea, el trasfondo.

Aquí empezaba yo a introducir mis toques maestros. La figurita de José no era especialmente gallarda, así que con todo mi buen juicio consideré más apropiado darle a María la escolta del Geyperman paracaidista, bastante más adecuado, y dejar la figurita de José en el rol de Herodes, que le pegaba más. Tras una huida sin novedad, María, el paraca y el niño Jesús, que ya había salido de la cápsula, se refugiaban en el Portal, aunque el Geyperman por razones de tamaño tenía que quedarse fuera, dejando espacio a un par de vaqueros, mejor adaptados a la vida en los establos e igual de temibles con sus colt desenfundados. En esto llegaba la Estrella de la Muerte dejando su rastro luminoso sobre el cielo de Belén, en ella viajaba el malvado Herodes junto a sus secuaces, los Soldados Imperiales de Lego, que se aliaban con los indios de plástico y los tres Reyes Magos para asaltar el portal, donde el Geyperman, los vaqueros, los Marines de Montaplex (perdidos entre el musgo) los soldados romanos y el caganer se disponían a la defensa ante la aterrorizada mirada de la población civil de pastores y lavanderas.

Fueron muchas horas jugando con todas aquellas figuritas de procedencia tan heterogénea. Lo que me sigue asombrando es la facilidad con la que mi mente infantil fue capaz de asociar diversos elementos de procedencia tan dispar y construir con todos ellos un nuevo escenario en el que todos tenían cabida. La imaginación desbocada, alimentada por tan dispares influencias, es algo que ya me queda muy lejano, y desde luego las Navidades ya no son tan divertidas, pero cada vez que veo un Belén echo en falta un José más enérgico, los Imperiales entrando en formación sobre el puente del arroyo apoyados por los indios, mientras que los mini marines se despliegan alrededor de Maria y el niño dispuestos a impedir que el «otro» José llegue hasta el chaval para decirle «Chus, yo NO soy tu padre».

© Luis Del Barrio
(667 palabras)