Detalles tecnológicos
por Jacinto Muñoz

En esto del cine y la literatura todos tenemos nuestras manías —y en todo lo demás, obvio es decirlo—, no se trata de gustos, uno puede aborrecer de la obra de un director o novelista sin ninguna argumento objetivo, incluso siendo estos reconocidos artistas, lo mismo de actores o actrices, cuyas caras por el mero hecho de ser sus caras nos impiden disfrutar de magníficas secuencias, o de temáticas que nos mantendrán alejados de una novela por mucho que nos la recomienden amigos, público y crítica.

Como digo, es un problema de manías. La mayor parte de las veces son benignas —pueden tener que ver con algún olvidado acontecimiento en el que nuestro cerebro estableció curiosas asociaciones, fundarse en minucias reales o en experiencias conscientes: «es un estupendo actor, director o escritor pero le vi una vez en persona y..» o «se de buena tinta...» o «ha manifestado que...», etc.— y casi siempre casi siempre debemos reconocer que nuestro rechazo guarda poca relación con la calidad de la historia. Los humanos somos así.

Yo, como individuo normal que soy, tengo las mías y una de ellas se centra en los pequeños detalles tecnológicos de la ciencia-ficción, sobre todo en obras de cierta edad ¿Cuantas novelas o películas de veinte años para atrás han sido capaces de imaginar con un mínimo de fidelidad el aspecto, no digo la capacidad sino el aspecto de la tecnología del siglo XXI? Pocas. Según la época hay autores que han imaginado el futuro sembrado de dirigibles, esferas con brillantes arcos voltaicos por todas partes, increíbles aviones a hélice o automóviles a reacción. En otras podemos descubrir como en el siglo XXIII los protagonistas leen cartas manuscritas enviadas por una red de tubos neumáticos o realizan videoconferencias en complejos aparatos mientras sorben comida de un tubo de proteínas y escuchan música de una calidad asombrosa en sicodélicos tocadiscos. La lista se puede ampliar: teléfonos de diseño ultramoderno en cabinas públicas, micro-microfilm, micro-hilos magnéticos en micro-magnetófonos o al revés, todo mega, mega-máquinas, mega-edificios, mega-ordenadores y eso sin entrar en la estética de cachivaches brillantes y trajes mas brillantes aún, ajustados y sin cuello. Una completa utilería que se presenta en bloques o en elementos sueltos, enredándose a veces en escenas o descripciones detalladas sin otro objetivo que dotar al ambiente de un tinte futurista que no aporta demasiado a la trama.

He de reconocer que parto de una exigencia excesiva, si ya es difícil adivinar el futuro a grandes rasgos y a corto plazo, qué decir de lo pequeños detalles ¿Quién era capaz de imaginar el uso y aspecto de tantos artilugios hoy de uso cotidiano, y que hace treinta años ni se nos pasaban por la cabeza, ni los necesitábamos para nada? Tampoco la ciencia-ficción tiene ese objetivo, no es su trabajo ejercer de pitonisa, aunque a los aficionados nos guste enumerar algunos acertados vaticinios, en este género el futuro se usa como herramienta de contraste para analizar una realidad bastante más cercana o como justificación para imaginar maravillosas aventuras sin el insidioso corsé de la realidad. Por eso en esto de componer escenarios, la mayor parte de las veces lo que funciona es el mecanismo clásico: magnificar, minimizar o estilizar lo que ya existe porque imaginar como será lo nuevo, aquello de lo que no tenemos ninguna imagen mental, es harto difícil.

De modo que lo admito, es una manía que no tiene mucha base ni importancia, pero que está ahí acechando, analizando cada fotograma o renglón. Os pondré un ejemplo para que quede claro: ¿Sabéis lo único que no soporto de esa obra maestra que es ALIEN, una película de cuidados escenarios, que fue capaz de diseñar una arquitectura orgánica intemporal que soportará sin problemas el paso de los años? Las pantallas de los ordenadores, las aplicaciones que corren en ellos y teclado de MADRE, un buen y viejo teclado mecánico de los que ya no se hacen.

© Jacinto Muñoz
(663 palabras)