Ciencia-ficción: ¿de «ciencias» o de «letras»?
por José Carlos Canalda

Hace unos días, husmeando por una librería de viejo, encontré —y compré— un ejemplar de «Nueva Dimensión» que me faltaba. Era el número 26, correspondiente a los meses de octubre y noviembre de 1971, y estaba dedicado íntegramente al escritor francés Gérard Klein, uno de los más conocidos de su época y caracterizado por tener un estilo y plantear unas temáticas que a mí me recuerdan bastante a los de Bradbury.

El volumen, en concreto, recogía varios relatos de este autor, una entrevista y un artículo, titulado Klein, poeta de la soledad cósmica, firmado por Carlo Frabetti, uno de los colaboradores habituales de la revista. Fue este último artículo el que me llamó la atención, provocando que escribiera a mi vez lo que en estos momentos está usted leyendo; no en lo referente a Gérard Klein, sino por el preámbulo del mismo, aplicable al conjunto de la ciencia-ficción.

En concreto, la parte en la que me fijé fue ésta:

Se ha dicho con frecuencia que, al contrario de la anglosajona, la ciencia-ficción europea es más humanística que tecnológica, y algunos comentaristas europeófilos ven en ello una cualidad y un signo de mayor «madurez» con respecto a la ciencia-ficción made in USA.

Pero el mero hecho de preguntarse si la ciencia-ficción debe dar preferencia a lo científico-tecnológico o a lo humanístico es desvirtuar la cuestión, pues una de las funciones más específicas de la ciencia-ficción es precisamente la superación de la dicotomía ciencias-letras. El contraponer lo tecnológico a lo humanístico, como si fueran dos cosas distintas y aislables, es un error derivado de nuestra esquizofrenia cultural, cada día más exacerbada por la superespecialización del trabajo.

Puesto que los escritores suelen ser gente «de letras», puesto que la «Cultura» (con mitificadora mayúscula) sigue asociándose irracionalmente a las llamadas «artes» y «letras» (con un «bellas» delante, para más recochineo) y, sobre todo, puesto que nuestro contexto tecnológico está menos desarrollado y es menos apabullante que el norteamericano, era lógico que la ciencia-ficción europea (y especialmente la mediterránea) se decantara hacia lo humanístico en el sentido académico-conservador, hacia un humanismo que es falso en la medida en que es parcial.

Cabe esperar que, del mismo modo que la ciencia-ficción estadounidense se centró durante su etapa «infantil» en lo estrictamente tecnológico, y luego fue introduciendo gradualmente el elemento humanístico, la ciencia-ficción europea autóctona, que al parecer ha partido del error contrario, vaya asimilando paulatinamente lo tecnológico y converja con la ciencia-ficción anglosajona hacia un nuevo humanismo, si se quiere conservar el término, pero un humanismo abierto, científico, sin prejuicios, mitos, tabúes o parcialismos.

Han pasado nada menos que cuarenta años, a falta de unos pocos meses, desde que Frabetti publicara estas reflexiones, y pese a todo lo que ha llovido desde entonces a mí me siguen pareciendo perfectamente válidas hoy en día. Cierto es que mi formación académica es científica y que además trabajo en un centro de investigación científica, pero cierto es también que siempre he considerado que mi bagaje cultural estaría muy incompleto si no lo acompañara de unos conocimientos humanísticos razonablemente consistentes que me ayudaran a diversificar mis conocimientos. Así pues, asumo por completo lo que dijera Frabetti cuando yo acababa de cumplir los trece años y estaba, por lo tanto, muy lejos de mostrarme preocupado, o tan siquiera interesado, por estos temas, ya que entonces con mis humildes bolsilibros tenía más que de sobra.

Por otro lado, yo ya he dejado clara en multitud de ocasiones mi postura ante este tema: la ciencia-ficción hard, que en ocasiones no va mucho más allá de ser un mero ensayo científico mejor o peor novelado, pero habitualmente tirando a ladrillo, me aburre soberanamente. Pero en el otro extremo tampoco soporto la ciencia-ficción acientífica, entendiendo como tal no aquella que prescinde de la ciencia por no ser ésta necesaria para los planteamientos imaginados por el autor, algo perfectamente legítimo y válido, sino a la que se pasa a la ciencia por el arco del triunfo soltando auténticas barbaridades que lo único que demuestran es el analfabetismo científico de quien perpetra semejantes engendros. Y no nos engañemos, son numerosas las obras de culto que incurren en este defecto, aunque prefiero no citar títulos para no herir sensibilidades demasiado finas... amén de que tampoco merece la pena hacerlo.

Por este motivo tenía toda la razón Frabetti cuando defendía la conveniencia de aplicar el espíritu humanista —el original, se entiende— a la ciencia-ficción. Sabido es que los humanistas del Renacimiento no distinguían entre unas ramas del saber y otras, de modo que Leonardo da Vinci lo mismo pintaba la Gioconda que diseñaba un artilugio volador. Ciertamente los tiempos han cambiado mucho desde entonces y ahora resultaría de todo punto imposible que nadie, ni siquiera el genio más preclaro, pudiera abarcar todos los campos del saber; pero no estamos hablando de investigación científica ni de creación artística, sino de algo tan simple, tan libre y tan versátil como es la especulación implícita al género de la ciencia-ficción. Renunciar deliberadamente a una cualquiera de las patas en las que éste se apoya, sea ésta la científica o cualquier otra, lo único que conduciría sería a un empobrecimiento del resultado.

Sin embargo, mucho me temo que no todos piensan igual que Frabetti o igual que yo, ya que todavía hay hoy quienes opinan —y así lo leí hace poco en un sesudo trabajo de reciente publicación— que la ciencia ha supuesto tradicionalmente un lastre para la ciencia-ficción, y que sólo liberándose de ella el género será capaz de alcanzar las más altas cotas de la excelencia. De hecho, hay quienes van todavía más allá renegando incluso del propio nombre por el que tradicionalmente se le ha venido conociendo, al arrastrar éste el pecado original de contener la palabra ciencia.

Para mí desde luego se trata de un error, como lo sería exactamente igual rechazar la vertiente no científica del género; pero como afirma el conocido dicho, hay gustos para todos.

© José Carlos Canalda
(1.006 palabras)