E. T. comunica
por Enric Quílez Castro

La ciencia-ficción ha abordado en multitud de ocasiones un eventual contacto con una especie inteligente extraterrestre y la consecuente comunicación con ésta. No todos los escritores han considerado este proceso tan «natural». Algunos, como Stanislaw Lem han sido especialmente escépticos al respecto, considerando dicha comunicación como algo muy complicado o directamente imposible.

¿Es realmente así? Para contestar con seguridad esta pregunta deberíamos disponer de algún caso específico de intento de comunicación extraterrestre. En contra de lo que pueda parecer, disponemos de casos diversos de comunicación fallida o incompleta. ¿Ah sí? Pues sí.

Para empezar, no hace falta ni salir de nuestro propio planeta. ¿Han oído hablar de delfines, orcas y ballenas: los cetáceos? Disponen de lenguajes independientes. Parece ser que incluso hablan dialectos diferenciados según el grupo al que pertenecen y, analizado el canto de las ballenas, parecen tener algún tipo de literatura oral.

Son afirmaciones arriesgadas, pero muchos expertos en cetáceos las suscribirían de pies juntillas. En lo que todos estarían de acuerdo es que no tienen ni la más remota idea sobre qué se dicen los delfines unos a otros o qué demonios cantan las ballenas. Y para vergüenza nuestra, los delfines aprenden con más facilidad los rudimentos del lenguaje humano que nosotros el suyo.

Si no somos capaces de comprender el lenguaje de nuestros compañeros de evolución en la Tierra, ¿de veras que podríamos entendernos con seres de otras estrellas, posiblemente con biologías y morfologías muy diferentes a las nuestras? ¿Y si se comunican por olores? ¿O telepáticamente? ¿O por ondas de radio? Nos lo pondrían difícil.

A veces se ha aducido que la música y las matemáticas podrían ser algún tipo de remedo de lenguaje universal. De la música poco diré, porque creo que la afirmación cae por su propio peso. ¿Y si son sordos? ¿Y si las pautas cerebrales que nos producen a los humanos no tienen nada que ver con las que la música les produce a ellos? ¿Y si, simplemente, son sordos a nuestro rango auditivo? ¿Y si perciben los tempos y las pausas de manera integral o de otra manera diferente a la nuestra?

En cuanto a las matemáticas, entraríamos en la espinosísima cuestión filosófica acerca de si las hemos descubierto los humanos y ya existían ahí, en el tejido del Universo mismo, o bien nos las hemos inventado y son un producto más de nuestra mente.

Tal vez a los habitantes de Sirio les produzca sarpullidos pensar en la idea de límite, de continuidad o de infinito, tal y como nos describía David Brin a los extraterrestres del universo de los Sofontes. Tal vez la idea de lógica matemática sea muy diferente a la nuestra o tal vez su percepción del universo no sea nada euclídea.

Y ya ignoro dificultades menores como que utilizasen una base de numeración basada en el número 23 o que su geometría habitual fuese la fractal y el concepto de distancia fuese horrorosamente distinto al nuestro.

En fin, que de dificultades podría haber muchas. Especialmente si los seres fuesen incorpóreos, se extendiesen por años-luz de distancia y se comunicasen mediante chorros concentrados de materia oscura. Quién sabe. Pero cuanto más aprendemos del Universo, más raro nos parece. Al menos a mí. Así que, en consecuencia, más raros podrían ser supuestos seres inteligentes que lo habitasen. El futuro dirá si hay inteligencia más allá de nuestro planeta y, caso de haberla, si somos capaces de comunicarnos entre nosotros. O si queremos.

© Enric Quílez Castro
(576 palabras)
Publicado originalmente en El mundo de Yarhel el 13 de octubre de 2010