¿Autoeditarse?
por Francisco José Súñer Iglesias

La autoedición siempre ha sido el último recurso del autor deseoso de verse en blanco sobre negro. Cuando las editoriales han rechazado repetidamente el manuscrito, y el hecho de verlo convertido en ese oscuro objeto del deseo bibliográfico es más fuerte que la necesaria prudencia, el autor se embarca en la aventura de convertirse en su propio editor.

No hablo de esas pequeñas tiradas que se hacen para «consumo interno» entre un reducido círculo de amigos y familiares. Quedan simpáticas y normalmente el autor ya es consciente de que la novela nunca pasará del aplauso de las abuelas y esos amigos que parecen ilustrados, pero no. Tampoco me refiero a los autores que se deciden por la difusión electrónica y gratuita de sus escritos. Ahí, además del grupo ya mencionado, entran quienes la consideran como una interesante práctica promocional. Hablo de la autoedición como opción comercial.

Particularmente no me parece el camino más adecuado. Si nadie entre los expertos consultados ha considerado adecuado publicar el manuscrito ¿de verdad cree el autor que va a conseguir algo por su cuenta? No se le puede negar el cariño que siente por su obra, ni la fe acumulada en ella al cabo de largas horas de trabajo, pero por lo pronto debería ser sintomático el hecho de que profesionales con experiencia lo hayan rechazado una y otra vez.

Las editoriales imponen un filtro. Puede que injusto, pero necesario porque la mayoría de los textos que se reciben son, directamente, ilegibles. Y eso lo digo con pleno conocimiento de causa, si bien no paso de fan-editor, y sin muchas ínfulas, también tengo que bregar con mi correspondiente parte del «pastel»

Si el pensamiento general es que se publica mucha basura, solo imaginar lo que se queda en el camino pone los pelos de punta. Hay una corriente de pensamiento que prácticamente exige que TODO esté disponible en las mismas condiciones que los textos trabajados por un equipo de profesionales (autor, editor, corrector) Eso no tiene sentido ni justificación, ni siquiera de cara al lector, que con mucho prefiere que alguien se haya encargado por él de hacer la criba. La cantidad de «exploradores» literarios está muy, muy, por debajo de las estimaciones de los autoeditores, y un simple examen de conciencia basta para comprobarlo. Hazte estas preguntas: ¿cuántas obras literarias sin «presentación» previa lees en proporción a las «presentadas»? ¿cuánta gente conoces que prefiera lanzarse a la aventura de lo desconocido antes que guiarse por lo oído y leído a terceros? El mero hecho de que estés leyendo este artículo, en esta web, casi responde la primera pregunta.

Una vez pasado el filtro, la relación entre el editor y el autor es muchísimo más enriquecedora de lo que se puede creer. Cualquier autor que haya tenido la suerte de caer en manos de un editor mínimamente competente sabe que, dejando el ego bien encerrado en el cajón de las novelas malas, su obra ganará en calidad. No hay mas que leer LA DANZA DE LA MUERTE y su versión sin cortes, APOCALIPSIS, de Stephen King, para comprobar cómo el editor llevaba razón cuando impuso recortes a la novela. Un editor puede enseñar muchísimo a un autor, hasta (sobre todo) en el tan fundamental como descuidado aspecto de la corrección ortotipográfica y de estilo. Pero para ello es esencial que el autor se olvide del orgullo, y que considere como condición esencial que alguien más allá de su círculo de fieles opine, y no necesariamente para alabarla hasta el empalago, de «su» novela.

Hasta ahí la parte creativa, pero eso es solo la primera fase. El editor es el profesional de cómo vender un libro. La contracultura al uso nos dice que un empresario ha de ser malvado por naturaleza. Si un editor hace negocio con los libros es que no puede ser bueno. ¿Por qué? El autor no tiene por qué saber nada del tema. El editor sabe a qué ferias y eventos (Frankfurt, Madrid, Guadalajara de México...) debe llevar el libro y CÓMO llevarlo para que alcance la mayor difusión. El editor sabe qué formato es el adecuado para el libro, qué tipo de papel y encuadernación ha de usarse (o su equivalente electrónico). El autor normalmente no tiene ni idea. Raramente su oficio tiene que ver con la imprenta, la distribución o la venta. Es bastante probable que fracase en cualquiera de esas tareas, si no en todas.

Descontando los escasos casos de éxito, que no por exitosos dejan de ser anecdóticos, triunfar en la aventura de la autoedición solo podría estar al alcance de autores con un cierto recorrido, que han demostrado su valía, y con una «marca» llamativa que ya inspira confianza. ¿Pero un desconocido? Si su obra no ha interesado a los expertos y profesionales del ramo, ¿por qué cree que va a conseguir el reconocimiento de los lectores?

© Francisco José Súñer Iglesias
(811 palabras)