Especial Decimocuarto Aniversario
Educados por la ciencia-ficción
Especial Decimocuarto Aniversario
por Guillermo Ríos Alvarez

En los lejanos tiempos en que era un niño, y me entregué al incomprendido deporte de coleccionar láminas de álbumes, uno de éstos fue el de Robotech, una de las cumbres de la space-opera televisiva en la década de 1980. Dentro del álbum me encontré con una sorpresa: en la contratapa había un mensaje que nos informaba sobre cómo Robotech, a la vez de ser una entretención, era también una historia educativa, porque ayudaba a los niños a adecuarse al mundo del futuro, ser amistosos con la tecnología, etcétera. Yo era un niño, pero tenía suficiente conciencia como para preguntarme qué serie estarían viendo aquellos que redactaron eso. Porque Robotech era terriblemente pesimista, en donde la guerra era descrita en tonos dantescos, y en donde los buenos siempre la libraban a desgana, asumiendo costos personales, y con la esperanza siempre defraudada de obtener una paz razonable antes de destruir al enemigo. ¿Dónde estaba el tecnooptimismo y la visión esperanzadora del futuro en eso? Niño despierto como era, no tardé en sumar dos y dos: el mensaje estaba dirigido no a los niños, sino a los padres. A ellos se les trataba de inculcar que estaba bien que los niños gastaran tiempo viendo la serie de televisión y coleccionando el álbum, porque a diferencia de otras series polémicas como Mazinger Z o Super Agente Cobra, Robotech era «educativo».

Muchos años después descubrí la existencia de Hugo Gernsback. Este creó el concepto de ciencia-ficción como género, y la consideraba como una literatura «educativa». Pero pronto la ciencia-ficción fue por otros derroteros, y la literatura didáctica que concebía Gernsback se transformó en algo repleto de aventuras y acción. En épocas posteriores aún se exigía cierto rigor científico para las historias, pero esto fue después abandonado casi por completo. Una novela como DUNE, por ejemplo, es un universo asombroso en amplitud y coherencia, pero tiene un montón de elementos místicos que son monstruosidades desde el punto de vista científico. DUNE es ciencia-ficción, pero no intenta educar sobre la ciencia, y en realidad la burla deliberadamente para conseguir crear un universo incluso más fantástico que sueños anteriores más «racionales» dentro del género. Incluso los escritores que usan la ciencia dura (un Arthur C. Clarke, un Hal Clemens…) lo hacen al servicio de una historia, no al revés., por no hablar de ese salto a la torera que fue introducir al Mulo y los poderes mentales en la Fundación, por el también muy científico Isaac Asimov.

¿Por qué la ciencia-ficción «educativa» fracasó de manera tan aplastante? Creo que la respuesta está en la anécdota personal que referí al comienzo. Cuando yo y todos los niños de mi generación nos sentamos a ver Robotech, no nos interesaba si era posible construir una astronave como el SDF-1, si era posible que los extraterrestres pudieran tener todos forma humana e incluso aparearse con humanos, o si estábamos aprendiendo a convivir con la tecnología viendo un escenario «del futuro». Lo que nos interesaba era la aventura, los peligros que arrostraban los héroes, las vivencias y chascarrillos de nuestros personajes queridos, y en particular, que los villanos tuvieran merecidas y crueles muertes (el que habló de «inocencia infantil» o trataba de llenarse la boca o era un tarado) En realidad, si nos estaban educando o no, nos daba igual. Por eso una película como LA GUERRA DE LAS GALAXIAS es tan popular: no es más que una aventura de capas y espadas ambientada en el espacio, pero eso no es un defecto, sino que justamente es su atractivo. Por eso MÁTRIX es más popular que DARK CITY: la segunda podrá ser más profunda en lo filosófico, más atrevida en lo estético y más redonda en lo narrativo, pero la primera tiene más artes marciales y más explosiones. DARK CITY es más nutritiva para el intelecto, pero MÁTRIX es claramente más entretenida como espectáculo.

En general, cuando el escritor o cineasta de fuste siente que un exceso de ciencia puede aplastar la trama, prefiere torcer la misma de una manera u otra. Las naves hiperlumínicas son imposibles según nuestra física actual, pero son un tópico tan recurrente del género que ni siquiera se los cuestiona. Otro tanto ocurre con el viaje en el tiempo. La invisibilidad presenta numerosos problemas lógicos, pero existe un buen puñado de novelas sobre hombres y mujeres invisibles y nadie las descalifica por «imposibles». Y así sucesivamente. Si las leyes científicas amenazan un buen argumento, el narrador literario o audiovisual suele preferir desviarse de la ciencia y salvar el argumento a cualquier costo (otro cuento es que sea un argumento que merezca la pena salvarse, claro, pero ése no es el punto aquí)

Y sin embargo… de una manera u otra, la ciencia-ficción siempre resulta educativa, en otro sentido diferente. Al igual que el arte «general», el arte de la ciencia-ficción se nutre de los sueños y pesadillas de la sociedad en que el artista plasma su obra. Si la labor resulta afortunada, habrá una retroalimentación: la obra presenta influencias de su tiempo y lugar, pero al mismo tiempo entrega una respuesta a esas problemáticas que preocupan o afligen a ese tiempo y lugar, lo que precipitará una catarata de nuevas obras que… y así sucesivamente. La temprana ciencia-ficción advertía contra el imperialismo y la maquinización de la sociedad. La ciencia-ficción clásica nos advirtió sobre los peligros del uso desmadrado de la energía nuclear y sobre el terror de las superpotencias. La ciencia-ficción algo más reciente nos ha hablado sobre la crisis ecológica y la superpoblación. También numerosas obras se han pronunciado a favor o en contra del racismo, o de los totalitarismos, etcétera. En ese sentido puede decirse que el género resulta educativo, pero sólo hasta cierto punto: si el artista realiza una obra con un mensaje demasiado extraño para su tiempo, lo más probable es que sea desoído y su valor educativo se acerque a cero. En el mejor de los casos, si llega a ser reconocido alguna vez, la posteridad lo llamará un «adelantado».

Cierro el círculo volviendo a mí mismo como espectador y coleccionista del álbum de Robotech. ¿Fue educativa Robotech? Quizás no en el sentido que esperaban nuestros padres, que fuera una serie didáctica y llena de lo que la ñoñería políticamente correcta llama «valores positivos». Pero sí enseñó algunas cosas, entre ellas lo graves y crueles que pueden ser las guerras, y que muchas veces el vencedor no acaba mejor que el vencido. No es un mal mensaje, por cierto. Pero eso era algo que estaba en el ambiente de la década de 1980. Robotech puede haber sido educativa en ese sentido, pero sólo estaba recogiendo una tendencia y una preocupación generalizada que ya existía al momento de concebir la serie. Si la tendencia hubiera sido la contraria, Robotech quizás habría pasado desapercibida, por «pesimista». O peor aún, hubiera sido otro agresivo panfleto militarista como los hay a paladas en el género. Pero algo es claro: dicha enseñanza no fue intencionada, ya que los creadores de Robotech prentendían probablemente, antes que otra cosa, y al igual que cualquier otro productor de cine o televisión, un show de aventuras con héroes y villanos como las que han existido desde que la creación de ficciones se hizo tal, que pudiera venderse y hacer dinero. Desde cierto respecto, también ESO podría contar como una enseñanza...

© Guillermo Ríos Alvarez
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Guillermo Ríos es escritor y mantiene el blog Guillermocracia.