Especial Decimocuarto Aniversario
Todo es potencialmente educativo
Especial Decimocuarto Aniversario
por Alejandro Caveda

Reconozco que es un tema este, el del potencial educativo de la ciencia-ficción, que nunca me ha preocupado en demasía; e incluso, a riesgo de herir susceptibilidades, diré que no me parece importante. Como educador hace tiempo que llegué a la conclusión de que cualquier objeto puede tener un potencial educativo dependiendo de la situación, desde un poema hasta un anuncio de la tele.

Por otro lado, siempre me ha parecido que esa idea de la ciencia-ficción como género pedagógico tiene un cierto poso a complejo de inferioridad: como si el género tuviese que justificar su existencia sirviendo para algo más aparte de entretener. Las películas de George Lucas son muy divertidas pero eso, oiga, no es auténtica ciencia-ficción; la auténtica, la de verdad es algo más serio. Para gente culta, vamos.

Al final todo se reduce a la siguiente cuestión: ¿Cuál de los dos términos que componen el nombre del género es más importante: ciencia, o ficción? Durante muchos años se presuponía que un escritor del género debería ser un hombre de sólida formación académica por lo que sus historias cumplirían esa regla de «Instruir deleitando» que tanto se valoraba desde Verne hasta que la irrupción de la flamante New Wave hizo saltar esa premisa por los aires.

En realidad, la verosimilitud era más importante que la exactitud, ya que a la postre la ciencia es una disciplina que evoluciona sobre la marcha y en la que las premisas de hoy se pueden quedar desfasadas cinco minutos antes de medianoche. Como le pasó a Isaac Asimov con su didáctica serie protagonizada por Lucky Starr, escrita en los años cincuenta y que tardó menos tiempo en quedarse anticuada que un Ford del 54. De hecho, el buen Doctor se pasó los siguientes veinte años escribiendo prefacios para actualizar en la medida de lo posible el contenido de sus libros. Algo parecido le pasó a Larry Niven, al que unos entusiastas aficionados le explicaron porqué su Mundo Anillo era inviable. Al menos, Niven supo estar a la altura de las circunstancias, y la rectificación dio pie a una de las mejores secuelas de la historia del género.

Quizás por ello me sigue pareciendo que el mejor escritor no es el más exacto, sino el que sabe hacer más verosímiles sus planteamientos, por disparatados que parezcan a priori. Nunca se sabe: a veces el diablo se pone de tu parte y el tiempo termina por darte la razón. Fijémonos por ejemplo en el caso de Star Trek y toda aquella parafernalia que usaban los protagonistas en cada episodio (tricorders, intercomunicadores, etc.) la cuál palidece ante la realidad cotidiana de hoy en día con sus teléfonos móviles 3G con videoconferencia, redes wifi, pantallas táctiles o Internet. Si George Lucas rodase LA GUERRA DE LAS GALAXIAS hoy en día la pobre princesa Leia no tendría que tomarse tantas molestias para hacer llegar los planos de la Estrella de la Muerte a la Alianza; los colgaría en la Holonet, o los filtraría a través de Wikileaks, y a correr.

Retomando la cuestión: ¿la ciencia-ficción tiene potencial educativo? Claro que sí. Como cualquier otra faceta de la cultura humana. Dependiendo del objeto de estudio (el espacio, la sociedad futura, el tiempo y sus paradojas, etc.) puede ser una herramienta de primer orden. Incluso se puede aprender de sus propios fallos o errores de cálculo. Sin embargo, esa no es la finalidad del género. O en todo caso, es una finalidad secundaria. Si se le puede dar esa aplicación sin tener que aplicarla con calzador, estupendo. ¿Cuál es, pues, la finalidad última de la ciencia-ficción? Quien esto suscribe opina que su razón de ser es hacernos reflexionar. Lo cual, irónicamente, no deja de ser un objetivo potencialmente educativo. «Instruir deleitando», que diría Verne. Algo tan simple y a la vez tan complicado. Y si no, que se lo pregunten a cualquier alumno o profesor.

© Alejandro Caveda
(652 palabras)
Alejandro Caveda mantiene el blog El zoco de Lakkmanda