Especial Decimocuarto Aniversario
La ciencia-ficción y la educación
Especial Decimocuarto Aniversario
por Luisfer Romero Calero

Dice Philip K. Dick: «la buena ciencia-ficción debe ser auténticamente nueva (o una nueva variación de una vieja) y debe ser intelectualmente estimulante para el lector; debe invadir su mente y despertarlo a la posibilidad de algo en lo que no había pensado». Al leer esta frase, pensemos en una persona que está inmersa en la lectura de una novela. ¿No es la ilusión de todo lector que un libro le lleve a lugares recónditos de su imaginación, de su pensamiento? La ciencia-ficción, un término cuya definición podría generar un debate de tiempo inconmensurable, está llamada a cumplir esas expectativas.

En los colegios e institutos, se recomiendan como libros de lectura, obras de Pío Baroja, Lorca; los adolescentes leen la saga de Crepúsculo y de Harry Potter; Ken Follett, Matilde Asensi y los demás, siguen creando conspiraciones milenarias, con sus templarios y sus catedrales, dispuestos a llegar a ávidos lectores jóvenes que buscan que la literatura le transmita algo que no tienen en su día a día.

¿Por qué, sin embargo, la ciencia-ficción es tan denostada como literatura pragmática? Es cierto que en ocasiones la ciencia-ficción es un terreno arduo, como intentar comer un pescado lleno de espinas porque uno no sabe por dónde empezar.

Pero no conozco a nadie que, tras leer CRÓNICAS MARCIANAS de Ray Bradbury, o 1984 de George Orwell, no haya sido abatido por dentro, golpeado para que tras la lectura, se plantee horizontes metafísicos, intelectuales, humanos, sobre los que no sabía que necesitaba reflexionar de la misma manera que uno se despierta todos los días, respira, se quita las legañas y se cepilla los dientes.

Desde el punto de vista histórico, el acercamiento a la ciencia-ficción es todavía más útil. Si uno repasa la literatura de este género de hace cincuenta años o más, con obras de Julio Verne, H. G. Wells, Aldous Huxley, Philip K. Dick, Isaac Asimov, Heinlein, Clarke, los citados Bradbury y Orwell, y un largo etcétera, uno puede acabar en una de los dos siguientes situaciones:

—Regocijarse porque la literatura de ciencia-ficción era entonces demasiado pesimista sobre el futuro (nuestro presente) Ya no usamos máquinas de escribir, la medicina ha avanzado poderosamente, no ha habido III Guerra Mundial, Internet es una realidad.

—Plantearnos si no estamos viviendo ya una distopía similar a las planteadas por uno de estos autores. La guerra fría entre el islamismo y Occidente, Wikileaks, Corea del Norte, Bielorrusia, el 11-M, el 11-S, las guerras por petróleo, las continuas amenazas sobre el control de la Red.

Considero tan saludable meditar sobre estas cuestiones tras enriquecerse con la ciencia-ficción, que creo que sobrepasa la medida normal de lo que la literatura suele aportar a alguien.

La ciencia-ficción no sólo nos empuja a preguntarnos quiénes somos, sino quiénes seremos. Una anécdota personal: llegué a la lectura compulsiva a los dieciséis años, y tras leer VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA, de Julio Verne, y EL FIN DE LA ETERNIDAD, de Isaac Asimov, y salté de la silla dispuesto a comerme el mundo, apasionado por la geología, la criptografía, Islandia, los viajes en el tiempo, la física, las paradojas. Leí UN MUNDO FELIZ, vi BLADE RUNNER, LA NARANJA MECÁNICA, GATTACA y BRAZIL, EL PLANETA DE LOS SIMIOS, y tuve miedo del futuro inmediato. ¿En qué nos vamos a convertir? pensé. Leí UBIK y FAHRENHEIT 451, y empecé a amar los libros y a plantearme la naturaleza de la realidad. Así que, bajo mi humilde punto de vista, me sentí tan educado por estos libros y películas como si hubieran formado parte de mi formación académica. Más consciente ahora de la corrupción en el poder (las dictaduras sumergidas) de nuestros sueños y obsesiones (colonizar el espacio, la libertad de expresión incondicional, la libertad sexual y la economía igualitaria, la trascendencia y la divinidad) descubrí lo que la ciencia-ficción había hecho realmente por mí: ayudarme a encontrar la manera en que yo quería pensar. Y ahí sigo.

© Luisfer Romero Calero
(665 palabras)
Luisfer Romero Calero es escritor