Especial Decimocuarto Aniversario
El potencial educativo de la ciencia-ficción
Especial Decimocuarto Aniversario
por Francisco José Súñer Iglesias

Por una simple cuestión etimológica la ciencia-ficción, es un género que se presta admirablemente para la difusión del conocimiento.

Por suerte o por desgracia, no siempre es así.

Por un lado, el género es prácticamente el último reducto de la novela de aventuras. De la de siempre, de la de toda la vida. No entro a valorar los esfuerzos sobrehumanos de los protagonistas de las novelas de espadazo y tentetieso, eso es otra guerra, y nunca mejor dicho. La ciencia-ficción centra su visión en aquello que Rodenberry definió con tanta precisión en la entradilla de Star Trek: la última frontera, lo desconocido, donde se forjan los pioneros y surgen los héroes más asombrosos y los monstruos más terroríficos e incomprensibles. Basta un repaso no muy exahustivo por las obras más representativas del género para comprobar que esta vertiente aventurera es la que manda en argumentos y desarrollos. No importan los medios de los que se valen los protagonistas, si es necesario se inventa el artefacto necesario para la tarea precisa y se sueltan unas cuantas explicaciones a vuelapluma, si es que se sueltan, para justificar su uso y funcionamiento. Mal asunto este, desde el momento en el que lo que se inventa no tiene ni pies ni cabeza, y el argumento se escora hacia al reino de la pura fantasía más que al de la especulación. Esto, siempre y cuando se tenga bien clara la orientación del relato, no debería ser un problema serio: aceptamos pulpo como animal de compañía y seguimos disfrutando de las aventuras desaforadas del paladin de turno. Lo malo que que alguien, en algún momento, crea en según que posibilidades y las tome como hechos ciertos. Especialmente escolfriante fue un mensaje que recibí un par de años después de abrir la web en la que un padre, desesperado ante la enfermedad terminal de su hijo, me preguntaba como acceder a las máquinas del tiempo que había visto en tantas series y películas para transportar al pequeño a un futuro en el que su enfermedad tuviera cura.

En otro orden de cosas, hay veces en las que la ciencia-ficción es capaz de generar tochos infumables, gruesos mamotretos de páginas y páginas detallando minuciosamente como y porqué se ha llegado a la situación que se plantea, y como y porqué es posible, o no, salir de ella. Todo ello con profusión de teorías, hipótesis, y hasta fórmulas y gráficos desarrollando las matemáticas del artificio. Tampoco es necesario llegar a esos extremos. Hablamos de literatura, de entretenimiento, si se quiere escribir un libro de divulgación científica es mejor estructurarlo de otra manera que no desoriente al lector.

¿Existe entonces el término medio, aquello que Verne llamaba «instruir deleitando»? Por supuesto que es posible, todo depende de la voluntad, y la habilidad, del autor para construir un universo coherente con los conocimientos propios de su tiempo y a la vez exótico y apasionante, un relato en el que las licencias sean eso, licencias bien marcadas en las que no haya duda de su inclusión como recurso literario. Hay, no obstante, un aspecto en el que la ciencia-ficción si ha ofrecido un fruto impresionante, despertando curiosidades y removiendo conciencias. Puede que el autor no haya sido especialmente minucioso o riguroso, pero ha conseguido impactar de tal manera al lector, sobre todo juvenil, que le ha llevado a orientar su carrera profesional en una dirección inimaginable antes de aquella lectura evocadora.

Sea de una forma u otra, el potencial educativo del género sigue ahí.

© Francisco José Súñer Iglesias
(586 palabras)