El futuro en que vivimos
9. Conectados pero desenchufados
por Francisco José Súñer Iglesias

La paradoja de estos tiempos de conectividad, en los que cualquiera puede estar permanentemente comunicado a poco que se mueva en terrenos no demasiado agrestes, es que sigue resultando todo un problema conectar físicamente un aparato con otro sin llevar encima una buena cantidad de cables alternativos, no tanto para suplir funcionalidades, como para tener una panoplia lo suficientemente amplia de conectores compatibles.

Ante ese panorama resultan encantadoramente ingenuas aquellas películas en las que los protagonistas, por supuesto dotados de amplios conocimientos técnicos, son capaces de interconectar infinidad de aparatos con cualquier cable que encuentren a mano: palpar, enfrentar, conectar y complejos artefactos echan a andar sin mayores problemas.

Casi no hace falta decirlo, pero la realidad es más complicada que todo eso. Ya simplemente cargar las baterías de cualquier cacharro es una aventura, cada uno lleva su propio enchufe y cada uno carga a distinta potencia, al capricho del fabricante. No se trata de impedir problemas (sobrecargas o excesivos tiempos de carga) entre los diversos modelos de batería, con estos ojitos he visto distintos modelos de móvil de un mismo fabricante con idéntica batería y distinto conector de carga. Falta de planificación, descuido en ese detalle técnico concreto, diferentes oficinas de diseño, pensemos en la incompetencia antes que en la malicia.

Hace un par de años se conoció que la Open Mobile Terminal Platform había decidido unificar criterios y establecer el conector microUSB como conector único, tanto para la carga de la batería como para la transferencia de datos entre aparatos. Fantástico, increíble, formidable. Al fin la cordura impera y el provenir parece teñirse de rosa...

Pues hay que fiarse. El problema es que la denominación microUSB da lugar a error. Aunque el protocolo es el mismo, la norma USB ampara una variedad bastante desconcertante de conectores: el ancho y aplanado que todos conocemos (el tipo A), otro más compacto, de forma cuadrada (el tipo B) y el pequeño, muy habitual en decenas de artefactos electrónicos (el miniUSB). Alto, ¿he dicho mini? Si, mini, no micro, el microUSB es aún más pequeño que el miniUSB, todavía es muy raro verlo y su progresiva implantación no significará la desaparición de tantos y tantos cargadores, sino una oleada de nuevos trastos que no ayudarán a eliminar el problema a corto plazo. De hecho, la versión 3.0 de USB añade un tipo B diferente y un microB que no se parece a nada.

Eso sin contar con la «creatividad» de los fabricantes que seguirán haciendo de su capa un sayo. La industria (la bendita industria) nunca se pondrá de acuerdo en los estándares. La última es que Intel y la siempre cojonera Apple (famosa por sus puertos USB sin conector USB, pero no son los únicos) apadrinan un nuevo protocolo, competidor del USB 3.0 llamado Light Peak, que promete más velocidad. Naturalmente, con enchufes distintos, para gran alegría de crítica y público, porque no se como pretenden apañárselas para sustituir millones de dispositivos USB con su invento. Apple fue de por libre con el FireWire y ha quedado como una curiosidad, reducida al propio mundo Apple (no sin polémica) y para la edición de video profesional.

Como adelanto en el título, conectados pero desenchufados, aunque en algunos aspectos la competencia empresarial es saludable, en otros supone una fuente inagotable de problemas estúpidos para los clientes (además de un innecesario gasto extra, pero eso no es problema para la industria). Así que ya saben, ríanse con ganas en esas escenas de ávidos técnicos interconectando máquinas a toda velocidad con el primer cable que les viene a las manos. Son una inteligente humorada.

© Francisco José Súñer Iglesias
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