De escritores, agentes, editores, turbas furiosas y libros electrónicos
por Francisco José Súñer Iglesias

Durante la semana pasada los mentideros hirvieron a causa de un anuncio que Greg Egan hizo desde su web (no pongo el enlace, ya lo ha retirado) pidiendo a los lectores españoles que no compraran sus libros editados por el Grupo AJEC a causa del impago de los derechos correspondientes, además de la edición sin permiso de esas mismas obras en formato electrónico. El asunto fue solventado rápidamente por Raúl Gonzálvez, editor del Grupo AJEC, y todo quedó en un cúmulo de errores de comunicación, fallos de envíos y malentendidos acumulados. Nada extraño en el día a día de cualquier empresa y su relación con clientes y proveedores.

Lo que ya no es tan normal es que ante el comunicado mondo y lirondo de Egan salieron a relucir cuchillos, se blandieron horcas y bieldos y se encendieron antorchas. La turba estaba preparada para organizar un tumulto que acabara con la cabeza del malhadado editor rodando por los suelos y el resto de sus despojos colgando de una hoguera (sip, resulta un poco raro pero las turbas son así) Todo, sin esperar las oportunas explicaciones por parte del editor linchado (el citado), ni noticias que pusieran en claro el anuncio de Egan. Demasiada sed de sangre y hacer daño se vio en esas horas iniciales, como si hubiera algún tipo de inquina amasá contra el bueno de Raúl o bien, con el plácido panorama que ha reinado entre los aficionados españoles durante los últimos tres o cuatro años, estuvieran acumuladas toneladas de bilis, y de ganas de bronca y barullo.

Una cuestión que ha dejado a la luz este asunto es lo enrevesado del camino por el que llega la obra de un autor hasta el lector. Obviamente, el escritor escribe, pero llegado a cierto punto ya no se preocupa de divulgar su obra, de eso se encarga su agente, que a lo que se ve, puede delegar en otros agentes la comercialización de la citada obra en terceros países, dependiendo, supongo, de la importancia de cada mercado. Hete aquí que, según el comunicado de Raúl, parte de los libros de Egan los contrató con la reputada agencia Carmen Balcells (impresionante la lista de representados) y otra parte con la agencia Curtis Brown (ídem del anterior), supongo que algo tendrá que ver también el tema de las traducciones y los correspondientes derechos sobre ellas. Me sorprende como lector las vueltas que puede dar un libro hasta que llega a mis manos, la dispersión de puertas a las que llamar por parte del editor interesado en publicar a un autor y la, en definitiva, cantidad de gente que, además de quien escribe y quien se arriesga a ponerlo en blanco sobre negro, se beneficia del mundo del libro sin, digamos, jugarse demasiado en el proceso.

Otro tema muy llamativo ha sido el asunto de los libros electrónicos. Desconozco los términos exactos de los contratos, pero lo que se deja entrever en el comunicado del Grupo AJEC es que la cesión de derechos de publicación era eso: cesión de derechos de publicación, durante un periodo más o menos largo y sin incidir en el asunto de los soportes porque, efectivamente, en el momento de firmar el contrato solo había un soporte (dos a lo sumo) válido para los libros: el papel. Con el advenimiento de los libros electrónicos autores y agentes han visto otro filón (fiascos como el de Libranda aparte) y parece que donde dijeron digo (realmente no dijeron nada) ahora dicen Diego, reinterpretan los contratos amparándose en la falta de concreción al respecto, y dejan a los editores en una posición un tanto extraña: o bien pagan por la opción de publicar las obras en el nuevo formato, o bien lo dejan de lado con el peligro de que algún otro se haga con ese trozo del pastel. Particularmente pienso que agentes y autores se equivocan con esa política: vender los derechos, de una vez y sin ambigüedades, a un único editor les simplifica la comercialización del producto, no se exponen a tener varias ediciones en el mercado de calidad diversa (y hasta traducciones dispares) y le dan un margen de confianza al editor, que con la doble edición se puede permitir ajustar los precios con lo que se minimiza el riesgo de la multiplicación de copias no autorizadas. Autores, agentes, y editores tienen los magníficos ejemplos de la música y el cine para saber que no tienen que hacer para que su negocio siga siendo rentable.

© Francisco José Súñer Iglesias
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