El brazo literario de la ciencia
por Francisco José Súñer Iglesias

Hace algunos años un amigo me preguntó por el tópico que afirma que la ciencia-ficción es algo así como el el brazo literario de la ciencia. Realmente muchos lectores y aficionados a la ciencia-ficción son también aficionados o profesionales de la ciencia, y es muy normal que para publicitar una novela se diga que su autor es doctor en esto o lo otro, o que trabajó en el MIT o en la NASA. Pero en realidad, el brazo literario de la ciencia es Nature o Sciencie.

La ciencia-ficción es a la ciencia lo que la novela negra a la investigación policial o las novelas de Christian Jacq a la egiptología. En su fundamento hay algo que se supone que debe ser ciencia, pero que en nueve de cada diez ocasiones no deja de ser una excusa para plantear una aventura de corte bastante tradicional que en raras ocasiones (esa que falta para la decena) no se puede plantear en otros escenarios y/o épocas.

Lo malo de esa ocasión es que nueve de cada diez científicos metidos a escribidores no tienen la habilidad literaria para hacer digerible la ciencia de sus novelas, o dicho en otras palabras, no son buenos divulgadores, y terminan escribiendo tochos densos y poco agradecidos (Gregory Bendford es un paradigma al respecto), así que realmente solo tenemos una centésima parte de ciencia-ficción que puede considerarse brazo literario de la ciencia.

Tómese AXIOMÁTICO, novela que rebosa física cuántica. Es una disciplina en la que se manejan conceptos tan enrevesados que resultan difíciles de entender, y ya no hablemos de asumir, sobre todo cuanto sus implicaciones filosóficas son tan amplias. Como base para escribir una novela de ciencia-ficción es estupenda (mundos paralelos, indeterminación del mundo que observamos, saltos en el tiempo, etc., etc.) pero acaba teniendo que considerarse como un artículo de fe por la propia complejidad del concepto. ¿Hablamos entonces de ciencia en la literatura o simplemente de literatura fantástica?

Lo de la física cuántica es solo un ejemplo. Si algo que la comunidad científica acepta e incluso aplica (el efecto túnel, por ejemplo) pero resulta tan complejo para el mortal de a pie que prefiere asumirlo como magia del hombre blanco, resulta muy tentador para el autor perderse en disgresiones acerca de la esencia del Universo y del hombre, y más cuando la ciencia realmente le importa bien poco. La ciencia-ficción es, fundamentalmente, literatura de aventuras, y cualquier excusa es buena, tanto que hasta Clarke lo puso en negro sobre blanco: Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada puede ser confundida con la magia. Otra cosa es la física newtoniana en la que se basaban los relatos de la era Campbell, aquello era pura aritmética observable y experimentable, sin necesidad del álgebra avanzada en la que se convirtió la física a partir de finales del siglo XIX.

Curiosamente, son abundantes los ejemplos en los que el escritor de ciencia-ficción adopta una postura tecnófoba, porque se centra más en los posibles peligros de la ciencia que en sus logros. Incluso la ciencia-ficción hard y el ciberpunk pintan con frecuencia un futuro sombrío y caótico, muy poco atractivo y desde luego nada deseable.

Desde luego siempre vende más lo catastrófico que lo optimista. Es tentador plantear una sociedad corroída por las mafias que una en la que se la cirugía no precisa abrir al paciente, mantener debates a múltiples bandas con los amigos sin importar el tiempo y el espacio o desayunar en Madrid y comer en Estambul sin miedo a que el turco te rebane el pescuezo. Insisto en mi tesis de que los tecnófobos sólo son vendedores de malos humos y no de realidades posibles, independientemente de que en esas realidades posibles estén de facto esclavizado por el banco y las mafias dirijan la vida política. El ejemplo de 1984 es interesante en ese sentido porque sólo muestra lo malo de esa sociedad, UN MUNDO FELIZ, en el otro extremo, muestra una sociedad idílica, sin embargo, y esto es un detalle que pocas veces he oído mencionar, los protagonistas de ambas novelas son unos inadaptados. Se nos ha contado la vida en esas sociedades desde el punto de vista del más alienado, pero ¿qué pasa con la gente que está encantado con la situación? El ser humano tiende a ser acomodaticio, y teniendo cubiertas las necesidades más elementales, y si el Estado no se muestra abiertamente violento, se pueden contar por decenas los regímenes dictatoriales que han medrado sin excesivos problemas

Volviendo al inicio ¿Es pues la ciencia-ficción una hermana de la Ciencia? ¿O un caballo de troya del irracionalismo romántico del XIX insertado en el positivismo del s. XIX?

La ciencia-ficción es una prolongación de la novela de aventuras de toda la vida. Resulta interesante comprobar como justo en el momento en el que el mundo ya estaba cartografiado y prácticamente no quedaban paraísos perdidos surgiera con fuerza la ciencia-ficción. Se habían acabado las fronteras y había que buscar otras, Burroughs es uno de los puentes entre ambas concepciones de la aventura, de Tarzan a John Carter hubo un salto cuantitativo que mide algo más que la distancia entre la selva africana y los desiertos de Marte, es la distancia entre un mundo sin secretos y un porvenir lleno de interrogantes.

En cuanto al romanticismo y el positivismo creo que el único ejemplo de eso fue Verne, y el hombre creía escribir divulgación científica, no ciencia-ficción.

© Francisco José Súñer Iglesias
(911 palabras)