Vuelva usted mañana. O mejor no
por Francisco José Súñer Iglesias

Recientemente Stephen Hawkins ha hecho un par de declaraciones que se han propagado con gran alharaca mediática. Por un lado, ha afirmado sin rubor que los extraterrestres existen, y por otro que más vale que la humanidad, como conjunto, se abstenga de ponerse en contacto con ellos. Ambas afirmaciones son ya cosas viejas, la polvareda que han levantado se ha debido más a que las ha efectuado Hawkins que a su rabiosa originalidad.

La primera, la existencia de extraterrestres inteligentes, desde el punto de vista científico tiene bastantes años de recorrido. Ya hace tiempo Frank Drake se entretuvo en desarrollar una ecuación para calcular cuantas posibles civilizaciones podrían existir en el Universo en base a combinar la cantidad de estrellas similares al Sol, que no deja de ser una estrella bastante vulgar, con posibilidades de tener planetas en sus ecosferas (la órbita en el que la vida, tal y como la conocemos en la Tierra es viable) con otras variables mas abstrusas. Desde el evidente 1 (al menos, conocemos un planeta que cumple todas las condiciones requeridas) hasta cifras que se aproximan a 40.000, solo para la Vía Láctea, es evidente que por muy mal que se den las cosas, las condiciones necesarias para la aparición de vida, y que de esa vida surja alguien o algo capaz de producir una civilización tecnológica no son cero. En resumen, que no estamos solos. Casi seguro.

La segunda cuestión, la de mantenernos quietecitos y no intentar contactar con esos extraterrestres también tiene su buena lógica. No hay más que echar la mirada atrás a lo largo de la historia de la humanidad y comprobar en que acabaron los contactos entre pueblos de niveles tecnológicos muy diversos. Mayormente con la aniquilación, en el peor de los casos, de los pueblos más primitivos y en los más favorables, con la absorción y destrucción de la cultura más débil, pasando por toda la gradación de desgracias posibles. Y recordemos que esto del conservacionismo antropológico es cosa de hace medio siglo.

El caso es que si no somos nosotros los que damos el salto a las estrellas, y nos encontramos a las puertas de la Tierra con sorpresivos visitantes guiados por los miles de radiofaros que nos iluminan en el espacio, no hay duda de que estaremos en una desventaja bastante considerable. Creer en las altas cualidades morales de estos visitantes es como suponer que Hernán Cortés solo pensaba en cristianar a los aztecas, que los cristianó, no cabe duda, o que los viajes de James Cook eran puramente científicos, que buena cartografía levantó, desde luego. Los extraterrestres vendrán, si pueden, a curiosear, y como ya alguien en su tiempo (creo que fue Asimov) aventuró que un viaje de esas características tiene todas las papeletas de suponer un enorme gasto para su promotor, a ver que beneficio sacan del contacto.

Como Hawkins no tengo ninguna fe en unas más que hipotéticas buenas intenciones de unos extraterrestres a los que no conocemos, y al igual que él, más que considerar el contacto como un motivo de júbilo lo consideraría como un buen momento para mantener la boca cerrada y permanecer a la expectativa. Lo más normal es que se trate de seres inescrutables, no tanto del gusto de Lem, puesto que si llegan hasta aquí es por esa curiosidad que se les supone, y que ya les proporciona un rasgo reconocible, sino porque iba a resultar más que difícil una comunicación fluida y porque en cuanto se supieran en posición dominante habría que ver que actitud tomarían.

Permanezcamos a la escucha, pero con prudencia.

© Francisco José Súñer Iglesias
(598 palabras)