Del sentido mágico de la vida (y la ciencia-ficción)
por Mario Moreno Cortina

Hace poco ha caído en mis manos un libro muy interesante y esclarecedor que estoy leyendo a ratos, compaginando con otras lecturas quizá más insustanciales pero también más llevaderas para un trabajador freelance estresado. El libro en cuestión es HISTORIA DE LA FILOSOFÍA OCULTA, de Alexandrian, editado con el cuidado habitual por la editorial Valdemar en su colección Intempestivas.

Alexandrian sostiene que el espíritu humano.

...incluye inevitablemente el «pensamiento mágico» y el «pensamiento pragmático». El pensamiento mágico es inherente al inconsciente; el pensamiento pragmático proviene del consciente. [...] Este pensamiento mágico aparece sin trabas en la fabulación infantil, en el ensueño y en la neurosis.

Para Alexandrian, el pensamiento mágico está ahí, en alguna parte de nosotros, forma parte de nuestra condición de seres humanos. El Progreso y la Ciencia lo han ido adormeciendo y relegando en favor del método científico y el pensamiento pragmático (y no podía ser de otra forma) El Arte es desde luego, campo libre para el pensamiento mágico. Y aunque Yeats, en un conmovedor ensayo titulado EL ELEMENTO CÉLTICO EN LA LITERATURA, da cuenta de cómo ya en autores tan tempranos como Virgilio se puede ver una actitud amable y bucólica hacia la Naturaleza, hasta el siglo XIX y la madurez de la Revolución Industrial no se impone un pensamiento antropocentrista que coloca al ser humano en el centro del Universo e intenta hacer de éste último un cuidado jardín para su solaz.

Pero la Humanidad anterior a la universalización de la visión urbanita de la cultura vivía apegada al medio, sin el auxilio de subsidios agrarios, sanidad, higiene, fungicidas y plaguicidas, medicina ni cultivos transgénicos. Nuestros ancestros vivían en un mundo feroz y hostil, en el que había que ganarse el lujo de la existencia a dentelladas. Y a ese mundo físico se correspondía un mundo mítico/literario igualmente desapacible. Un espacio imaginado que era tan inhóspito como el vivido, y si en éste el ser humano era incapaz de comprender las vastas fuerzas que gobernaban su vida (el nacimiento, la muerte, los elementos, las estrellas...) aquél era en la misma medida oscuro, cruel, desproporcionado e incomprensible. En la ILIADA, aqueos y troyanos se masacran mutuamente para que los dioses jugasen a su ajedrez particular y no como adalides del bien y del mal. El rey Gigamesh, en la epopeya sumeria a la que da nombre, busca la inmortalidad en vano. El emperador Carlomagno de LA CANCIÓN DE ROLDÁN lleva ya trescientos años guerreando, cuando su retaguardia es aniquilada en Roncesvalles por unos moros imposibles que rezan a Apolo y Mahoma.

Según la narración tradicional que nos ha sido inculcada a todos en la escuela, a medida que se verificaba el ascenso de la burguesía como clase social, directamente relacionada con la expansión de la vida urbana, y especialmente después de la publicación de El Quijote y su extraordinaria influencia en la historia de la Novela, la Literatura iba dejando atrás las vastas y nebulosas geografías de Amadís y Arturo, en favor de enfoques centrados en la vida cotidiana. El héroe de talla sobrehumana se fue convirtiendo poco a poco en el personaje de la novela realista/naturalista. A medida que la Ciencia iba ganando terreno a la religión y la mitología como forma de comprender el mundo, y pudimos empezar a entender lo que nos rodeaba en función de leyes físicas eternas y lógicas, los universos literarios fueron, no sólo haciéndose en igual medida reconocibles para el lector, sino que sus límites se iban estrechando para abarcar la ciudad, la casa o incluso únicamente la vida interior de los personajes.

En alguna ocasión se ha señalado que las narraciones académicas adoptan con frecuencia, y de forma inconsciente, el esquema de cuentos épicos lineales. Desconozco si es así en todas las disciplinas, pero desde luego en la enseñanza de la Literatura lo es. Desde la tosquedad y el primitivismo hasta la complejidad y el realismo. Desde los aqueos de Homero hasta los irlandeses de Joyce. La vieja escala del ser aplicada al Arte, donde cada nuevo paso mejora y sustituye al anterior en una continua relación dialéctica que llevaría a la novela moderna, sea eso lo que sea.

Necesitaría mucho más espacio que el que va a ocupar este artículo para desplegar una argumentación sólida, así que tendrán que conformarse con mi opinión a secas: no estoy de acuerdo con esa visión teleonómica de la Literatura y el Arte. Creo que cada sociedad, cada época y, si me apuran, cada individuo, produce las historias que necesita en cada momento. Nuestra sociedad, nuestra época, fruto de la Revolución Industrial y el triunfo de la burguesía como clase social y forma de ver la vida, producen un arte acorde con ellas. O al menos eso es lo que parece, ¿no? Más bien diríamos que académicamente, aceptan un arte acorde con ellas.

Con frecuencia nos quejamos los aficionados de que la Literatura Fantástica, en todas sus ramas, no encuentra acomodo en los principales foros de literatura. En general suele ser cierto. También es cierto que la baja calidad de una gran parte de la producción más popular de Ciencia-ficción y Fantasía hace difícil su aceptación. Pero no creo que esas sean las razones por las que el Fantástico es y será siempre el invitado pobre de la cena —o más bien el vecino gorrón que se autoinvita—. Tampoco que su nombre suene feo. Afirmo que es una cuestión de adaptación al medio.

La Ciencia-ficción —ciñámonos ya al asunto que nos trae aquí— es un género literario nacido en una época, el siglo XIX, de pioneros, de exploradores, de descubrimientos científicos que cambiaban por completo la visión del universo y nuestra percepción de la Historia. Ese sentido de la maravilla, que se ha invocado con frecuencia —y acierto, a mi entender— como auténtico principio y razón de ser del género, es algo mucho más primario y profundo que la sorpresa o la curiosidad. Es la reacción de nuestro pensamiento mágico, dormido y dominado, pero jamás vencido. En DOCTOR FAUSTUS, Thomas Mann se lamentaba de que el artista moderno se permitía muchas menos cosas que sus antepasados, realizaba su labor artística constreñido por insoportables limitaciones morales, estilísticas y lógicas que limitaban su campo. Su protagonista, Adrian Leverkühn, hace un pacto con el mismísimo Diablo para superar a todos en su arte. A cambio de su alma, recibe tiempo. Tiempo de fiebre y creación, libre de trabas morales y artísticas. Sólo así logra Leverkühn trascender a sus coetáneos.

De la misma manera actúa el autor de Ciencia-ficción, cuando ésta logra ser grande de veras. En realidad, no busca husmear en el futuro —opino que pocos han pretendido realmente jugar a profetas y, cuando lo han hecho, han errado el tiro por mucho—, sino adormecer a su pensamiento racional con carnaza científica y, mientras realizar un viaje hasta el fondo del meollo, cavar un túnel hasta las capas pre-industriales de nuestro yo colectivo y revolcarse sin culpabilidad en el fango primigenio del pensamiento mágico. Ese descensus ad inferos permite a escritor y lector —porque el Arte es, en el fondo comunicación— volver a la inocencia del cazador-recolector que, acuclillado junto a la hoguera, escuchaba historias sobre los valientes antepasados, o sobre los extraños habitantes de valles que nadie había pisado aún, o sobre aquel chamán que tomaba la forma del animal totémico de la tribu. Si, como burgueses racionales, hijos del Siglo de las Luces, nos sentimos ridículos e incómodos soñando despiertos, como lectores de Ciencia-ficción nos encontramos de permiso, disfrutando de un franco de ría permitido por la Razón y la Ciencia, que hacen como que no ven que el auténtico fin de ese viaje no puede ser otro que una aventura dionisíaca en la sensualidad y la maravilla.

Estoy convencido de que cualquier intento por hacer respetable la Ciencia-ficción caerá irremediablemente en saco roto. El género pertenecerá siempre al vasto campo de la Contracultura porque lo que nos propone es obsceno y liberador. Y morirá de senectud e impotencia cuando deje de serlo.

© Mario Moreno Cortina
(1.340 palabras)