Frustración tecnológica
por Francisco José Súñer Iglesias

Las expectativas depositadas en la tecnología no van siempre de la mano de sus logros y capacidades reales. En demasiadas ocasiones lo espectacular o directamente fantasioso queda por delante del justo alcance de la ciencia, y los desengaños son fuente continua de frustración. Los que hemos vivido el advenimiento de la era informática sabemos bien que significa eso. Los ordenadores fueron presentados, y aún todavía siguen manteniendo ese halo cuasi mágico, como máquinas maravillosas que acabarían en poco tiempo con decenas de tareas administrativas a cual más tediosa. Aquellas luchas a brazo partido con conceptos que entraban dentro de lo esotérico, máquinas que por su lentitud, comparadas con los estándares actuales, eran más dignas de lástima que de encomio, y programas a penas en pañales, diseñados y programados para hacer cosas, no para que esa labor fuera sencilla de llevar a cabo, han quedado marcadas a fuego en el imaginario colectivo de toda una generación que ahora ve como máquinas y herramientas más potentes y sencillas, en manos de casi cualquier persona, son capaces de llegar a extremos impensables en aquellos tiempos pioneros.

Sin embargo, de aquellas frustraciones ante lo que no se comprendía o directamente funcionaba mal, se ha pasado a la frustración de la orfandad, de haber hecho pivotar la vida y la sociedad alrededor de la tecnología sin pararse a pensar la enorme fragilidad de esa tecnología. Cualquier cataclismo reciente demuestra, en primer lugar, los no siempre ponderados peligros de la concentración de población, y a continuación el absoluto desamparo cuando la tecnología falla.

Empezando por la electricidad. Es lo primero que desaparece. Las líneas de transporte son largas y realmente ninguna está a prueba de catástrofes cataclísmicas. Son simples torres de celosía metálica que sujetan gruesos cables expuestos a la intemperie sin más protección. Están pensados para soportar un gran espectro de condiciones meteorológicas adversas, desde calores extremos hasta gruesas capas de hielo, pero cuando la naturaleza va más allá, la red, de una complejidad poco conocida, se ve inmediatamente afectada y el suministro se corta para cientos de miles de personas.

A continuación del caos. Las comunicaciones siguen funcionando durante unas horas porque las centrales telefónicas tienen sus propias fuentes de energía alternativas, pero estas acaban también por agotarse si no se las alimenta. Fallan entonces todos los teléfonos, fijos y móviles, y la incomunicación empieza a ser un problema. El agua, si su red no se ha visto igualmente afectada, y a no ser que todo esté a favor de la gravedad, tampoco llega porque las estaciones de bombeo están paradas. Los alimentos perecederos durarán pocas horas si el corte energético se prolonga, los problemas en los hospitales, tan dependientes de la electricidad, se multiplicarán cada hora que pase.

Una semana sin suministro eléctrico y no estaremos muy por encima del hombre del neolítico, abandonados por nuestra querida tecnología que, sencillamente, no tiene fuerzas para seguir en pie. Lo grave es que apenas se puede hacer nada para evitar este problema, el de la alta dependencia de la tecnología en la energía. Como ya comentaba, la concentración de población implica unos mecanismos de suministro eficientes y masivos, pero tan ligados a la energía eléctrica que el fallo de esta supone el colapso del sistema. Se puede alegar que durante milenios la población se ha concentrado en núcleos urbanos inmensos sin esa dependencia, y si bien es cierto hay un matiz, asombroso, a tener en cuenta, los medios de los que se disponía, a saber carros y acémilas, fueron sustituidos por trenes y camiones, los mercados de abastos por centros logísticos, y los inventarios por elegantes programas de control de stock. Excepto los camiones, y éstos a no mucho tardar, todo lo demás dejaría de estar operativo, y sin las ventajosas tecnologías modernas estaríamos, literalmente, a ciegas.

No es un tema que tenga fácil solución. Las redes de suministros eléctrico y energético están continuamente controladas, con lo que los fallos no son frecuentes, pero basta un transformador quemado para dejar a un barrio medio muerto, y la naturaleza desatada para llevar al caos a regiones enteras.

Somos absolutamente dependientes de la tecnología, y a la vez absolutamente inconscientes de lo frágil de ésta.

© Francisco José Súñer Iglesias
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