Ese fósil vivo: la guía telefónica
por Miguel Esquirol

La guía telefónica es un fósil vivo que convive al mismo tiempo que las computadoras y las redes mundiales, que conexiones wifi, teléfonos portátiles y el deseo de privacidad y silencio.

La primera guía telefónica de la que se tiene memoria era una única página con 50 números. Cuánto se ha avanzado hasta el día de hoy, cuando en promedio cada guía telefónica pesa más de un kilo y medio de papel de mala calidad y letra pequeñísima e imposible de leer, y según este sitio cada año se publican 540 Millones de estas solo en los Estados Unidos.

Al igual que las tortugas que admiró Darwin y otros reptiles que son parientes cercanos de los dinosaurios y sólo sus genes resistentes y su terquedad inacabable los hacen perdurar hasta nuestros días, las guías telefónicas aun sobreviven. Son como mudos reptiles que asechan en el silencio del semisueño en cajones y armarios que nadie usa, acumulándose año tras año. Ya demostraron ser resistentes cuando un capítulo de Mythbusters demostró lo imposible de separar que pueden ser dos guías telefónicas con las páginas entrelazadas necesitando la fuerza de dos tanques para hacerlo. Pero no sólo la resistencia del libro que en su misma presencia es un reto de fuerza, sino como una empresa que significa más de 26 billones de dólares anuales a nivel mundial. Un negocio obsoleto pero que aun da dinero, como las minas de carbón o de las publicidades puerta a puerta.

Las guías telefónicas son un mudo fósil aun vivo que se niega a ser reemplazado y que con la constancia de las aves migratorias aterriza cada año en el porche de nuestra casa y que casi ninguna compañía de reciclaje acepta.

La guía telefónica es un fósil vivo del mundo de las bases de datos, de las listas que amaba tanto Charles Babbage y que fueron el primer objetivo de las computadoras. Esas listas interminables que al ser humano tanto le cuesta utilizar, pero que para el cerebro de silicio es un juego infantil.

El orden alfabético fue una de esas grandes ideas que siguen vivas entre nosotros que ayudaron a organizar el mundo de las listas, pero a medida que pasan los años se va volviendo un peso más. Ya no necesitamos enfrentarnos a listas imposibles, para eso inventamos computadoras cada semana más veloces. Ni siquiera es necesario saber el alfabeto en su correcto orden en una época de buscadores ubicuos powered by google.

Pero no sólo las guías telefónicas sufren el peso del genial invento del orden alfabético, diccionarios y enciclopedias aun llevan esa carga; y aunque esta última se ha escapado, animal vivo en forma de wikipedia, el diccionario sigue siendo este pesado antepasado que habita nuestras bibliotecas.

La lucha contra el orden alfabético no es una lucha contra las palabras. Los libros no tienen orden alfabético y su desorden maravilloso es el que los hace vivos. En cambio estos otros libros donde la A será invariablemente seguida de la B, es un ser de otra época. Solo Rainman puede entretenerse leyendo el más aburrido de los libros Sally Dibbs, Dibbs Sally. 461-0192. En cambio para el resto de nosotros es sólo un peso, un camino de cientos de páginas que no tienen final y que servirá solo para buscar cuantos otros comparten nuestro apellido en esta ciudad.

Por la naturaleza, por los millones de árboles cortados, de toneladas de petróleo para fabricar, reciclar y distribuir estas guías telefónicas, hay que dejarlas que reposen el sueño de los justos. Quizás aun hay quienes la utilizan o quienes encuentran algo de magia en sus páginas. Algo de fortuito azar aun nos puede permitir la navegación de sus páginas, nombres extraños y maravillosos, igual que las maravillosas palabras que un diccionario abierto al azar nos puede dar. Pero su utilidad es la misma que la de los fósiles, adornar museos, enseñarnos sobre el pasado, sobre la belleza de la evolución, pero ya nadie quiere información que ya es obsoleta cuando ha sido impresa, que sólo ocupa campo aunque sólo sea el de cajones oscuros y poco usados, y que hace demasiado recuerdo a la cenizas de árboles caídos.

© Miguel Esquirol
(694 palabras)
Publicado originalmente en El forastero el 4 de enero de 2010
CC nc 3.0