Libros sin color
por Francisco José Súñer Iglesias

Ando de revolución doméstica (aquello de andar cambiando las cosas de sitio y tirar lo viejo a la basura) y en el trasiego de objetos los libros son protagonistas, tanto por volumen como por molestia intrínseca. Tratados uno a uno son esos objetos adorables que nos transportan más allá de las estrellas o nos abren el infinito universo del conocimiento, pero cuando se trata de trasegarlos se convierten en una pesadilla bastante voluminosa, inmanejable y pesada, muy pesada. El saber ocupa mucho lugar y en términos de gramaje acumulado resulta ser algo peligroso para los riñones. Amén del polvo acumulado a lo largo de los años, que también tiene lo suyo.

No hay nada más peligroso que una pila de libros, sus distintos tamaños, la diferencia de anchura del lomo con el resto del libro, la tendencia a comprimirse cuando no deben, convierten tres docenas de libros apilados en una torre inestable y que con toda seguridad acabará por desmoronarse, da igual el tiempo que se tenga la intención de mantener tan precaria estructura, una vez que se ha encontrado nuevo acomodo a los libros la pila se desplomará indefectiblemente. Debe ser una de esas Leyes Universales que siempre se cumplen se ponga el cuidado que se ponga por evitarlo.

Bien, no quería hablar de la poca o mucha bondad del libro como material de construcción, sino de la poco afortunada combinación de interés y consistencia de mucho de su contenido. Al mover los libros han aparecido unos cuantos ejemplares duplicados, comprados posiblemente de saldo o en algún momento de inspiración, y vueltos a releer sin caer en la cuenta de que en algún estante ya había un ejemplar comprado y leído unos años antes.

Lo normal sería que al empezar la lectura, ya reposado y sin las premuras de la compra, el libro se revelara como lectura vieja y en algún lugar de la memoria surgiera su ubicación aproximada en las estanterías y, con menos probabilidad, el momento de su primera adquisición. Buscarlo y comprobar la duplicidad de ejemplares convierte al segundo en un artículo de regalo que más vale tratar bien, así que lo propio es cerrarlo apartarlo para la citada ocasión y, de interesar, terminar la relectura con el ejemplar residente.

Lo que ya no es tan normal es empezar la lectura, atravesar el libro como quien atraviesa un paso de peatones y llegar al final sin que nada agite la memoria, sin que la historia, los personajes, la narración, conmuevan en absoluto, y el libro quede almacenado sin dejar impronta alguna. Yo, particularmente, llevo un registro de mis libros. Una lista numerados y clasificada que a veces me saca de dudas cuando pretendo saber si tengo tal o cual libro, y en que edición, para así poder buscarlo con más comodidad (por el diseño del lomo, el orden por estante es demasiado para mi) y que ahora me ha servido para cotejar estas duplicidades. No se si será mucho o poco, pero de mil quinientos libros cuatro se ha duplicado en los cerca de treinta años que llevo el registro.

¿Qué implica eso? Independientemente de los chistes acerca de mi mala memoria (no recordar cuatro libros entre mil quinientos no creo que esté mal) habría que preguntarse porqué esos cuatro libros han pasado sin pena ni gloria por mi experiencia lectora. Es evidente que la historia que cuentan es aburrida, sosa, sin gran calado, nada de ella la hace especialmente interesante, sus personajes, en la línea de la historia que pueblan, son planos, anodinos, pasan sin emocionar, por último, la narración es apática, sin luces y ni siquiera sombras. La combinación perfecta para olvidar cualquier cosa, no entusiasman, pero tampoco ofenden, no son ni siquiera grises, por tener, no tienen ni color. Por eso se les olvida.

Y eso, para un libro, es algo realmente triste.

© Francisco José Súñer Iglesias
(640 palabras)