Humanos malos, malos
por Francisco José Súñer Iglesias

Solo los idiotas tiran piedras sobre su propio tejado, así que no me explico como es posible que haya tanto renegado que hubiera preferido nacer perdiz antes que humano. Empiezo a estar bastante harto de esa filosofía pusilánime y salchichera cuya máxima principal asevera que la humanidad es una plaga para el planeta, sus semejantes y el resto de los animalillos semovientes, o no, y que más valdría que se extinguiera, o siendo el caso, vinieran unos extraterrestres para fumigarnos.

¡Y un jamón con chorreras, compañero! La humanidad es el actual techo evolutivo de este mundo y quien tenga intención (y huevos, o lo que sea, si es alienígena) de cargársela primero que pase a hablar conmigo, que posiblemente le quite las ganas de hacerlo, y de cenar, si le dejo algún diente (o lo que usen los alienígenas para masticar) Particularmente me hubiera gustado encontrarme cara a cara con Klaatu para preguntarle que hacía dando lecciones de ética y moral a quien no se las había pedido. Y del insustanciao y hierático segundo Klaatu mejor no hablar, con la misma excusa idiota, que la humanidad es muy mala, se lo quiere cargar todo. ¡Todo! ¿No estaría bien medirle las costillas con la garrota de la Madre Teresa (mal que le pesara a ella) para que supiera apreciar también la cantidad de cosas buenas que tiene la humanidad?

Yo lo tengo muy claro, el Homo Sapiens es un habitante más de este mundo, el más listo de todos, algo guarro, algo violento, algo desordenado, pero no mucho más que cualquiera de los otros seres del reino animal que lo pueblan. Alguna de sus acciones son espectaculares, para bien y para mal de los habitantes de la zona, pero de igual modo que una plaga de langosta es eso, una plaga de langosta, la acción del ser humano es tan natural como la de esos saltamontes enloquecidos.

Si, natural. Somos producto de este planeta, y como tales interaccionamos con nuestro entorno en la medida de nuestras habilidades y posibilidades, pero siempre en el mismo sentido que el resto de los habitantes del planeta, en beneficio propio.

El tito Heinlein hacia una comparación bastante curiosa en uno de sus libros. Nadie cuestiona a los tiernos castores por represar un río y cargarse todo un ecosistema en los doscientos metros en los que modifica el cauce. Claro, son animalillos instintivos e ignorantes y solo hacen lo que les dicta su herencia genética. Sin embargo, va el bueno del ser humano a construir una presa para proporcionar agua de boca, regadío (es decir comida) y energía a sus congéneres ¿y que consigue? que le conviertan en un monstruo, le criminalicen y le quieran zumbar la badana por modificar un par de kilómetros de cauce.

La ciencia-ficción ha sido muy proclive a filosofar lángidamente sobre las supuestas maldades de la humanidad y la muy hipotética calidad moral de los miles de razas alienígenas que supuestamente pululan por el Universo. Me río de la maldad humana y me cisco en las cualidades morales de los alienígenas. Me río de los E. T. ingenuos y tontorrones que van por ahí recomendando sed buenos, la naturaleza intrínseca de nuestra raza es la que es y a quien no le guste que se ponga a trabajar para arreglarla o se deje de golpes de pecho más falsos que un doblón de madera. Así que los filósofos de salón métanse su filosofía barata por donde están pensando que estoy pensando, y no aburran más con su discurso de vieja amargada.

Siéntanse orgullosos de ser humanos, que a las perdices, se las comen los zorros, las águilas... y los humanos.

© Francisco José Súñer Iglesias
(610 palabras)