Reminiscencias
por Enric Quílez Castro

La ciencia-ficción ha explotado ocasionalmente el filón de la historia cíclica. Según esta teoría platónica, la historia siempre se repite siguiendo una serie de patrones más o menos fijos. Platón se refería esencialmente a la forma del estado: empezaba con una tiranía que evolucionaba hacia una plutocracia, después a una democracia y ésta degeneraba en demagogia para volver a caer en la tiranía.

Estas ideas, originadas primigeniamente en Oriente, afectaron a la filosofía occidental fuertemente, especialmente después de que las hicieran suyas personajes del calibre de Maquiavelo o historiadores como Gibbon o Toynbee.

Hay, a mi modo de ver, dos cosas que hacen especialmente atractiva la idea de la historia cíclica. En primer lugar, que hacen de la historia algo parcialmente predecible; y en segundo lugar, que la dotan de una especie de misticismo de la resonancia: es posible que lo que hoy vivimos haya sido ya experimentado con anterioridad y ello nos liga con el pasado (y con el futuro) de una manera extraña y especial.

Algunas obras de ciencia-ficción, insinúan este ciclismo histórico, como LOS GIGANTES DE CALIZA, de Keith Roberts o, de una manera clara y categórica, CÁNTICO POR LEIBOWITZ de Walter M. Miller, con la Iglesia católica en el epicentro de la acción y como núcleo generador.

En cierta manera, la idea surge de modo natural de las distopías catastrofistas: un mundo muy evolucionado que llega a tal nivel tecnológico que acaba autodestruyéndose. Es la vieja idea del mito de la Atlántida. De sus cenizas, renace una nueva civilización, primero muy tosca, pero que poco a poco va avanzando hacia las supremas cotas de la técnica.

Algo de esto tiene el remake de Battlestar Galactica: Todo esto ya ha pasado muchas veces y volverá a suceder. Y me callo el final de la serie para no estropearles la intriga a quienes aún no lo hayan visto.

También es cierto que la visión cíclica de la historia se ha visto superada por dos ideas muy potentes de finales del siglo XX: la teoría del caos, que vuelve la repetibilidad de la historia como algo prácticamente imposible y la teoría de la singularidad tecnológica, que mediante un acto de (buena) fe supone que cuando se llega a ciertos niveles, la civilización en cuestión no se autodestruye, sino que se hiperacelera y alcanza la trascendencia.

Un poco en la línea de novelas como EL FIN DE LA INFANCIA o LA CIUDAD Y LAS ESTRELLAS de Arthur C. Clarke o según las tesis de Vernor Vinge.

Naturalmente, la historia no deja de ser caótica. Ello quiere decir que tiene componentes predecibles y componente impredecibles; que hay cosas que parecen repetirse, pero no exactamente de la misma manera para diverger luego de manera espectacular. Como otras tantas y tantas cosas.

© Enric Quílez Castro
(461 palabras)
Publicado originalmente en El mundo de Yarhel el 24 de agosto de 2009