Microrrelatos
por Francisco José Súñer Iglesias

Desde hace unos pocos años se han puesto de moda el microrrelato y el relato ultracorto. No es que sean una novedad luminosa en el mundo de la literatura. Son formas de escribir con una larga tradición e incluso gran arraigo en la cultura popular (¿qué es un chiste sino un ultracorto?) pero ha sido de unos diez años a esta parte cuando se ha despertado el interés general por ellos como forma de hacer literatura. Ambos de extensión muy breve (en general, el microrrelato no pasa del párrafo y el ultracorto apenas va más allá de las 200-300 palabras) deberían suponer un reto de síntesis y concreción para los autores, obligados por la mínima extensión disponible a condensar ideas y situaciones en muy pocas palabras.

Lo que no parece entenderse a nivel general es que no todo vale en la narrativa micro. Animados por la mínima extensión necesaria para desarrollar la historia, miriadas de aficionados se han lanzado a crear sus propias obras con un resultado perfectamente trivial en la mayoría de los casos. Lo que parece olvidarse es que para embarcarse en el microrrelato, ante todo, hay que estar dotado para la escritura, hay ser capaz de hilar una historia, crear unos personajes, ambientar un escenario. Sin eso, sin la capacidad de escribir un relato de una extensión mediana, es imposible embarcarse en un ejercicio de músculo literario como es el microrrelato, para el que, además, es necesario conocer muy bien el idioma, todos sus matices y todos sus rodeos.

Efectivamente, no se puede cultivar el microrrelato o el ultracorto sin conocer a fondo el propio idioma. La síntesis explícita de este tipo de narraciones implica ser capaz de engarzar con precisión absoluta las palabras para que sus significados se apoyen y refuercen mutuamente. No conocer a fondo la herramienta del lenguaje impide, por definición, la escritura de un microrrelato decente, y por extensión la escritura de casi nada decente, pero es obvio que en este caso el problema es mucho mayor.

Tampoco se cuida el estilo. Parece como si, vista la brevedad del cuento, en ese aspecto hubiera que esforzarse aún menos que en lo demás. En relación con el comentario anterior respecto al uso del lenguaje creo también evidente que es precisamente en el ultracorto donde el estilo, el uso eficaz de la palabra, tiene más importancia.

La impericia también lleva a muchos aficionados a pensar que un simple boceto se convierte automáticamente en ultracorto por el mero hecho de ponerle un título y firmarlo. Cada vez con más frecuencia me llegan escritos para la sección Relatos bajo esas premisas: doscientas o trescientas palabras bosquejando una idea (curiosamente, y por regla general, respecto a lo mala que es la humanidad) sin que el autor se moleste mínimamente en explorar las implicaciones de lo que propone o desarrollar las posibles ramificaciones de las consecuencias finales. Quizá, en estos casos, lo más preocupante es la falta de imaginación, más que la incapacidad de desarrollar una historia adecuadamente. Pero esa es otra cuestión.

Por todo esto, y a modo de ejercicio literario, a partir de ahora el Sitio no aceptará relatos de aficionados de menos de mil palabras. Tampoco es gran cosa, de tres a cuatro folios a doble espacio, pero esa mínima extensión ya debería obligar a desarrollar y estructurar el relato con unos mínimos elementos narrativos que vayan más allá de la simple plasmación apresurada de una idea.

Llegar a convertirse en un autor decente pasa por, en sentido figurado pero muy apropiado, sudar tinta. El talento para contar historias con gracia o la inventiva necesaria para ser original pueden ser algo innato, pero la capacidad de estructurar bien el relato, ambientarlo adecuadamente, dar profundidad a unos personajes, etc., solo se consigue con oficio y esfuerzo.

© Francisco José Súñer Iglesias
(630 palabras)