De la ética y la estética
por Francisco José Súñer Iglesias

Estamos en el filo de la navaja: la creciente popularidad y extensión de los lectores de libros electrónicos empieza a introducir en el mercado editorial la misma tendencia que en el discográfico: ya no es necesaria una inasequible infraestructura para reproducir un libro, basta una copia digital para poder leerlo con mayor o menor comodidad.

El problema estará en la forma en la que se habrá conseguido esa copia.

No hace mucho coincidieron en el tiempo un par de artículos de David Mateo sobre el mundo de la edición electrónica y el interrogante que se hacía Iván Fernández sobre la ética de descargarse libros sin pasar por caja (entrada de la que ha partido este artículo, todo sea dicho)

Desde que me compré el Papyre llevo dándole vueltas a esta misma cuestión y... no la puedo contestar desde una ética estricta.

Lo ético sería esperar pacientemente hasta encontrar a alguien dispuesto a prestar amablemente el libro, con eso ni el editor ni el detentor de los derechos van a ganar ni un duro, el único beneficio va a ser para el lector que por fin lee el libro. Además es lo que se ha hecho desde que se inventó la escritura sin que nadie se rasgue las vestiduras (excepto la Comisión Europea que pretende cobrar un canon por préstamo en las bibliotecas, en fins...)

La otra opción ética sería esperar a que alguien reeditara el libro. Gana el autor, gana el editor (con ambos beneficios seguimos manteniendo el mercado) y gano yo que al fin tengo el libro en mis manos.

La tercera opción ética es comprarlo de viejo. Aquí ya empezamos con las cosas raras, no gana el editor, no gana el autor, yo solo gano la lectura y posesión del libro a costa en demasiadas ocasiones (se supone que estamos hablando de libros difíciles) de pagar un precio exorbitado por un libro sucio y sobado hasta la nausea. El que más gana es el especulador.

La cuarta opción es la que éticamente resulta reprobable. Son libros difíciles, hace años descatalogados, imposibles de encontrar, o si es así, a precios obscenos. Hace poco, discutiendo del tema (de los clásicos) con un amiguete llegábamos a la conclusión de que era complicado que alguien se lanzara a reeditar alguno de esos clásicos, y la única forma de hacerlo es pensando a largo plazo, es decir, una buena tirada inicial para poder ofrecer el producto a un precio asequible, y obviamente no con la intención de recuperar la inversión a corto plazo, sino la de poder atender la demanda del mercado durmiente durante mucho tiempo. ¿Alguien se dedica actualmente a eso? ¿Alguien se ha dedicado alguna vez a eso? En lo que respecta al género, no. Por lo tanto, mi (nuestra) sospecha es que los clásicos van a permanecer mucho tiempo como meras referencias bibliográficas.

Obviamente, la quinta opción, no leer nunca el libro, no es razonable.

Conclusión: particularmente no me supone un cargo de conciencia descargarme uno de esos libros descatalogados y solo accesibles en el mercado de segunda mano a precios desquiciados. En lo que a mi respecta, los especuladores se pueden arruinar sin problemas. Otro tema son los libros nuevos, de igual modo que me niego a ver screeners me niego a descargarme un libro que puedo comprar tranquilamente en una librería.

Que los editores y libreros pongan todas las neuronas que tengan a funcionar, porque la cosa se va a poner muy malita para ellos en muy poco tiempo. El modelo de negocio que hasta ahora han mantenido no va a durar mucho más. David Mateo lo comenta en su blog: vamos a vivir épocas muy interesantes.

A los fetichistas del libro objeto les queda aún mucho tiempo de loar las bondandes del olor, la calidez, el crujir del papel, y demás exquisiteces. Pero el libro electrónico ya está aquí. Algunos románticos lo combatirán con argumentos parecidos a los referidos, de igual modo que los románticos del vinilo defienden a capa y espada la superiodidad del microsurco sobre el CD o el MP3.

El caso también es curioso, el vinilo será infinitamente mejor que cualquier medio digital (objetivamente, eso es falso), pero para que esa bondad se pueda percibir en toda su plenitud el oyente ha de tener un oído fino y entrenado y disfrutar de la audición en un equipo para nada barato (plato, preamplificador, amplificador, cajas, altavoces) En definitiva, que ni la milmillonésima parte de la humanidad es capaz de distinguir un vinilo HI-FI de un MP3 a 128. El resto agradece profundamente no haber escuchado una fritura hace muchos años.

Particularmente, al igual que con aquella desesperante fritura, me alegraré el día que desaparezcan esos elefantiásicos volúmenes, auténticos grimorios, con los que muchos editores pretenden vender basura a precio de calidad. También podré leer los viejos clásicos sin miedo a deshojar el volumen como una margarita marchita, incluso tendré opción de hacer anotaciones al margen sin estropear el volumen ni cargar con equipo extra.

Afortunadamente para todos, parece que las máquinas de impresión instantánea empiezan a ser una realidad. Si editores y libreros juegan sus cartas con inteligencia, no acabarán en guerra con sus propios clientes como ha ocurrido con los mercachifles de la música.

© Francisco José Súñer Iglesias
(871 palabras)