¿Larga vida al Mesías de La Catástrofe?
Especial Ballard
por Javier Iglesias Plaza

Me temo que el pasado es algo así como una zona de catástrofe.

J. G. Ballard.

Una de las leyes inquebrantables de la escritura, de cualquier escritura, es siempre, en la medida de lo posible, huir del tópico, pero ya que a esto mismo de aquí y ahora, este honrar la desaparición de alguien con toda suerte de obituarios a caballo entre lo íntimo y lo sentimentaloide, ha terminado por convertirse a su vez en otro tópico del que ya nadie parece querer escapar, qué menos, pues, que empezar con esto: poco a poco están desapareciendo todos los que lo hicieron grande, se apaga el siglo XX. Miller, Vonnegut, Bellow, Disch, Updike, el etcétera es largo… Y ahora Ballard. Aquí es cuando tocaría lo de la ley de vida y demás papanatadas.

Entiendo que no viene muy a cuento ni el llanto ni la lamentación, la muerte de Ballard era un hecho consumado desde hacía tiempo, él mismo, en un alarde forense tan característico de su literatura, levantó su propio certificado de defunción en las últimas páginas de su autobiografía, MILAGROS DE VIDA: Jonathan ha sido absolutamente sincero en todo momento y no me ha dejado hacerme ilusiones respecto al final (…) Doy gracias por pasar mis últimos días de vida bajo los cuidados de este médico decidido, sabio y bondadoso.

De modo que su muerte física ahora hace una semana ha sido, simplemente, el fin de un tránsito, nunca sabremos si el comienzo de otro. Ballard tenía todo el pescado vendido desde hacía años y pienso que nadie con dos dedos de frente —ni siquiera, confío, el señor Miquel Barceló — se atreverá a negarle al inglés su merecido sitio de honor en la narrativa de la segunda mitad del siglo XX, más allá de cualesquiera géneros o etiquetas.

Pese a todo, asumo que lo va a tener muy difícil para ir escalando poco a poco posiciones hasta ese su más que ganado estatus de clásico. Ballard no va a ser ningún Phil Dick. Es demasiado profundo y subterráneo como para eso, demasiado sutil, y a las masas sólo las hechizan los grandes espectáculos pirotécnicos y los telediarios hemorrágicos. Se le seguirá leyendo poco más que ahora, probablemente incluso menos, ningún productor querrá hacer adaptaciones cinematográficas de sus libros porque al parecer, al decir de unos cuantos, en las historias de Ballard, nunca ocurre nada y demás tonterías sin fundamento; el suyo ha de seguir siendo, por tanto, un muy pequeño reducto de correligionarios ajenados, jamás legión, pero sí los bastantes como para, quién sabe, quizá hasta perpetrar una diminuta crisis de sanidad o un atentado espiritual; todos ellos, todos nosotros, siempre a un paso de la locura, los que sostendremos la epifanía ballardiana hasta sólo Satán sabe cuándo.

Porque Ballard es y seguirá siendo una corriente aparte, incómodo, demente, terrorista, un torpedo directo a la línea de flotación de las convenciones. ¿Cuántos estás dispuestos a asomarse a su propio retrato de Dorian Gray cada vez que abran alguna de las mejores páginas ballardianas? Pocos, siempre muy pocos.

El británico se pasó casi toda su vida publicando libros bajo la etiqueta de ciencia-ficción todo y que sólo tenían un género, el propio e intransferible género ballardiano, porque ninguna otra clase de editor se hubiese atrevido a sacarlos a la calle. Únicamente de la mano de EL IMPERIO DEL SOL y Spielberg, Ballard sonó en el oído del gran público durante algunos años para enseguida volver al olvido de quienes sólo gustan de la mediocridad de los productos teledirigidos. Aquí en España, al margen de los irreductibles lectores de género —quienes ya llevábamos años vindicándolo—, hemos tenido que esperar al boom afterpop —el boom nocilla— para que se le reivindicase ante un público lector no de ciencia-ficción: así, la sombra de Ballard es alargada en el PROYECTO NOCILLA de Agustín Fernández Mayo; Fernández Porta le dedica grandes páginas en su seminal ensayo Afterpop; la nueva etapa de la revista Quimera, de la mano de los también afterpops o mutantes, Jorge Carrión y Jaime Rodríguez, le dedicó un número especial en mayo de 2007; y, finalmente, gracias a Jordi Costa, la exposición en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) el pasado año... Y a partir de ahí, olisqueando el olor del dinero como buitres a la carroña, las editoriales se aprestan a editar su autobiografía y reeditar sus libros agotados, ya que de repente resulta que Ballard no es sólo un escritorzuelo de género, sino un autor con mayúsculas. Así funciona la industria editorial...

Apuesto a que todos estos títulos que ahora se están rescatando del abismo de los libros descatalogados volverán a él a poco que transcurran cinco, seis años. No es la miel para la boca del burro, y he aquí otro tópico cuya licencia me permito porque sí, y que caiga sobre mí lo que tenga que caer.

No voy a extenderme sobre conceptos como el espacio interior o la muerte del afecto, seguro que habrá entre los asistentes a este homenaje quienes hablen de ello con propiedad. Admiro a Ballard, ante todo, por ser de los primeros en apercibirse de que mucho antes de que cualquier pesadilla ciberpunk fuese técnicamente posible, mucho antes de que le técnica estuviese en disposición de modificar el cuerpo, esa misma técnica, como digo, modificaría primero la mente, abriendo paisajes y horizontes infinitos, tantos de ellos terribles. Y quien dice la mente, dice también la conducta, la cultura, la sexualidad... Ballard ha sido, por tanto, un autor de ciencia-ficción con todas las de la ley: un anticipador. Cogió su presente y supo proyectar qué probables ventanas de inmediato futuro se nos presentaban. Que sus visiones fuesen esencialmente pesimistas, enfermas y pornográficas no empaña su valía ni su poder, y en todo caso, más que una cuestión de gustos o sensibilidades, parece ser una cuestión de estómagos: allá afuera el desierto es tan ancho como el tiempo, que cada avestruz decida se tercia o no esconder la cabeza bajo tierra.

No obstante, mucho más que por esta vena mesiánica y milenarista, hoy tan posmoderna pero en su tiempo tan incomprendida, Ballard será siempre una debilidad por ser un pedazo de escritor, un grande; en el fondo, en qué se dice, pero también en la forma, cómo se dice. Su capacidad para recrear poderosísimas y alucinadas imágenes en la mente del lector dispuesto me sigue pareciendo inagotable. Pocos son, cada vez menos a medida que uno vive y acumula autores y lecturas, los que todavía consiguen que después de cerrar uno de sus libros acabe pensando: ¡Mierda, pero que jodidamente bueno es este cabrón!

Y Ballard lo es, un cabrón jodidamente bueno, jodidamente grande, así, en presente de indicativo, aun después de muerto, ya a todos los efectos eterno, mientras siga habiendo lectores con arrestos.

Por mi parte, me gusta imaginarlo allí, en VERMILION SANDS, su particular paraíso, disfrutando de su merecida jubilación de la humanidad, tirado a la bartola, borracho de verano, acunado por el canto melódico de las estatuas sónicas, y de fondo las nubes esculpidas, provenientes de Lagoon West, suspendidas para siempre en el cielo pintado.

© Javier Iglesias Plaza
(1.190 palabras)