El cronista de la desintegración
Especial Ballard
por Francisco José Súñer Iglesias

A veces resulta difícil explicar porqué se entra en sintonía con un autor. Quizá por las cosas que cuenta, por la forma en que las cuenta, o vaya usted a saber, por una foto en la contracubierta en la que aparece con sonrisa simpática y relajada. El caso es que en las más de las ocasiones se vuelve una cuestión muy personal, tanto es así que se puede, admitir la calidad intrínseca como escribiente de un autor, o asumir que sus obras tratan profundamente los Grandes Temas que Interesan a la Humanidad, pero a la vez tener claro que su estilo exquisito se atraganta a las pocas páginas y su profundidad se hace tan abisal que no hay forma de seguirlo.

Cada uno es hijo de su tiempo y su circunstancia, y con todo las pequeñas diferencias hacen de cada cual algo único y particular. Al empezar a gestionar las colaboraciones para este especial comencé por la lista de mis más allegados, tertulianos de pro con los que me reúno al menos una vez al mes para, con la excusa de hablar de ciencia-ficción, atiborrarnos de cerveza, hablar de cosas que nada tienen que ver con el género y evadirnos unas pocas horas del resto del mundo. Para conseguir esto en buena armonía se ha de tener una cierta afinidad, nadie se reúne por el mero placer de hacerlo con gente con la que no tiene nada en común. Pese a ello, en único de la media docena de contertulios que ha devorado a Ballard con fruición he sido yo. El resto no pasa de conocer más que el par de adaptaciones cinematográficas o haberlo leído poco y en casos incluso a disgusto.

La vida sería muy previsible si todo el mundo coincidiera en gustos y actitudes, pero sorprende que en un grupo en teoría homogéneo solo yo le haya cogido el gusto a Ballard. Hace años me hubiera deprimido pensando que era un incomprendido, un bicho raro o, en un arranque de arrogancia, que mis contertulios no dejaban de ser una panda de garrulo ignorantes. Ni una cosa ni la otra, simplemente ni Ballard les ha llegado ni han llegado a Ballard.

Estilísticamente no es que resultara un autor especialmente difícil, estaba siempre al borde del barroquismo pero sin internarse en los meandros del literaturismo sobrecargado, eran sus temas, sus obsesiones las que inquietaban, las que podían hacerlo incómodo y hasta fatigoso. A veces tanto que ni siquiera yo mismo estaba dispuesto a secundarle en sus viajes interiores. Porque esa era la especialidad de Ballard, exponer el mundo interior al mundo exterior y experimentar los cambios que sufría el primero cuando el segundo se desmoronaba. Novelas como RASCACIELOS o BIENVENIDOS A METRO-CENTRE son crónicas de la degeneración, del retroceso a estadios primitivos del ser humano donde la violencia descontrolada, el sentimiento de tribu, el miedo y odio por lo ajeno y desconocido sustituye progresivamente al hombre amable y civilizado, aunque ciertamente si solo fuera eso Ballard no resultaría tan inquietante, la desazón viene porque el salvaje no sustituye al hombre civilizado, el descubrimiento de que esa patina de civilización y urbanidad es fina y quebradiza, y que debajo está acechante el salvaje es lo que termina por alarmar al lector desprevenido.

Otro rasto personalisimo de Ballard es que sus narraciones siempre hablan de desmoronamiento nunca de construcción. Ya sea físicamente, como en sus obras de catástrofes, psicológicamente, como en la ya referida RASCACIELOS, o socialmente, como sus últimas obras, como FURIA FEROZ, el orden establecido, el statu quo, incluso el orden nacido del caos, acaban por desmigajarse hasta su desaparición total. Ballard fue un maestro en la descripción de esas lentas agonías, detallando con precisión los ambientes malsanos que las rodeaban y mostrando como se desintegraban años de educación y férreo control para dar paso al animal sin frenos en el que puede convertirse el ser humano.

© Francisco José Súñer Iglesias
(650 palabras)