Quiero mi parte
por Mario Moreno Cortina

Odio el jazz. Supongo que eso me convierte en un cateto insensible. Pero odio el jazz. Cada vez que entro en un Zara Home me pongo nerviosísimo con esa música que ni tiene ritmo ni se puede tararear y que suena a turúturúturú. Se supone que es relajante, pero a mí me dan ganas de estrangular a alguien.

Mi relación de odio con el jazz viene de antiguo. Cuando yo era adolescente había un programa en televisión llamado Jazz entre amigos que odiaba a muerte porque trataba de jazz. Estuvo siete años en antena, desde el 84 hasta el 91. No está nada mal para un estilo musical que no le gusta a nadie, una música de minorías.

Está bien esto de tener una afición y que goce de un especial tratamiento en la televisión pública -la única que había entonces-. A mí me hubiera gustado un programa sobre ciencia-ficción, pero no lo había. Sólo de jazz.

Debe ser también cojonudo que el estado te subvencione tus gustos. Al fin y al cabo es mi dinero y a mí me sacan un pastón cada tres meses, oigan.

Por ejemplo, la gente a la que le gusta el cine español puede estar tranquila: las salas de cine están obligadas a exhibir un tanto por ciento de películas nacionales. Incluso las cadenas privadas tienen obligación de subvencionarlas. Los aficionados al cine español saben que su afición está a salvo del Grupo Planeta: el Estado vela por ellos, pone dinero él mismo, obliga a las empresas privadas a hacerlo también y a las salas a programar las películas. Qué tranquilidad, ¿no? Y, los aficionados a la buena y vieja ciencia-ficción española aquí, a pecho descubierto, defendiendo la libre empresa. Con dos cojones.

-Oye, que nos van cerrando las editoriales de Ciencia-ficción. Que no venden más que dragonadas y magufadas.
-No importa, somos valientes, podremos soportarlo. Todo sea en bien del libre mercado
.

Un ejemplo más. Hace unos meses un amigo me regaló un libro editado por FAES, como si fuera el mayor tesoro. Tras mentarle a varias generaciones de antepasados, acepté el libro. El contenido se lo pueden imaginar. Lo que no se imaginan es la contracubierta. Allí, abajo, junto al código de barras, había dos logos: el de Caja Madrid y el del Ministerio de Cultura, que habían pagado el libro. Los aficionados a la conspiranoia conservadora, pues, también pueden estar tranquilos, sabiendo que entre todos les pagamos para que sueñen con una España sin masones.

Y, ¿saben? Yo quiero mi parte. Quiero que la ciencia-ficción española sea declarada de interés público, como los partidos de fútbol. Quiero que nuestros escritores tengan su cuota en las editoriales y el estado subvencione la publicación de sus novelas. Quiero que la televisión pública esté obligada a dedicarle unas horas semanales al género. Y, por supuesto, que se obligue a traducir las novelas a las lenguas co-oficiales, con fondos del Ministerio de Cultura.

¿Les parece que estoy tonto? ¿Qué el gobierno no va a querer arriesgarse a proteger y/o subvencionar algo tan friki como la ciencia-ficción? Pues eso es porque no leen los periódicos. Porque esta misma semana, la Comisión de Cultura del Congreso de los Diputados ha decidido promocionar y respaldar la industria de los videojuegos, como parte de la industria cultural española. Los videojuegos. Esos mismos que hasta hace dos días -decían- volvían violentos y atontados a los chicos, ahora son parte de nuestra industria cultural y recibirán apoyo del Estado. Igual que el cine español.

Ahora pregunto de nuevo: ¿quieren ustedes que la ciencia-ficción española reciba el mismo trato?

Como dijo un día Ray Charles: el que esté acuerdo que diga amén.

© Mario Moreno Cortina
(618 palabras)