El torito ya no está enamorado de la Luna
por Francisco José Súñer Iglesias

El definitivo bandeo de Minotauro hacia la pura comercialidad ha dejado a más de uno huérfano de Padre, Madre y Espíritu Santo. Algo lógico, puesto que este sello ha tenido gran influencia en la educación sentimental de toda una generación. Sin embargo, lamentarse a estas alturas de algo que se venía venir desde que Paco Porrúa vendió la editorial a Planeta es un ejercicio ocioso. Hay que saber adaptarse a los nuevos tiempos y no complacerse en la nostalgia.

Ya en su tiempo los más realistas pronosticaron lo que ha terminado por suceder: Planeta solo estaba interesada en EL SEÑOR DE LOS ANILLOS en particular y la obra de Tolkien en general. El resto del catálogo no interesaba a los ejecutivos del grupo editorial que, como mucho, habrían oído hablar de Ballard gracias a la versión cinematográfica de EL IMPERIO DEL SOL y de Dick por BLADE RUNNER. El fondo de Minotauro era un saco de libros raros que parecían tener su público, pero que a efectos editoriales no se distinguía para nada del segmento en el que Timun Mas (también adquirida por la época) campaba por sus respetos. La única diferencia era que Minotauro iba dirigida a un público más talludito, mientras que Timun Mas era pienso para adolescentes. De hecho, no había más que ver en lo que se había convertido Martínez Roca, otro de los mitos sentimentales del aficionado, que pasó de ser un referente a una especie de conglomerado de gastronomía y libros de autoayuda, para vislumbrar la deriva de Minotauro.

Dicho así parecería que los ejecutivos de Planeta son unos completos ignorantes acerca del producto que fabrican, que únicamente manejan parámetros económicos, con obvios objetivos, y que ni el producto ni el público al que va dirigido les importa demasiado. No creo que haya nada más lejos de la realidad. Nadie que tenga intención de competir en el mercado, sea cual sea su negocio, se puede permitir el lujo de desconocer el segmento en el que se mueve. El mercado se sondea, se estudia, se intenta comprender y, a partir de ese conocimiento, se ofrece el producto teóricamente más demandado. Si Minotauro es una editorial dedicada al género fantástico, de terror y de ciencia-ficción para el público adulto, se ofertarán ese tipo de obras (como digo, poco que ver con lo que se oferta a través de Timun Mas) y si lo que se demanda son enredos magufos, vampiradas y conspiraciones templarias, eso será lo que se ofrezca al mercado. Las preferencias de un fan nostálgico de los viejos buenos tiempos de la ciencia-ficción sencillamente no forman parte de la ecuación. Planeta se mueve en el mundo real de los negocios Una editorial grande, como es Planeta, solo puede pensar en términos grandes. Se puede arriesgar con cortas tiradas de libros atípicos de autores de (mucho) nombre, pero ese no es su objetivo. Sí lo es vender, cuanto más mejor, y las tiradas pequeñas no son su negocio.

Claro que estaría encantado de que Minotauro siguiera en la línea de Porrúa, fichando futuros clásicos y editando pequeñas joyas, aunque también editó grandes truños, arriesgarse tiene ese peligro. Pero Minotauro ya no es el de Porrúa. Ni siquiera el de Lorenzana.

Minotauro es de Planeta.

Los tiempos pasados fueron mejores (para el aficionado) y todas esas cosas, pero vivir del pasado y lamentarse por la corrupción del espíritu de la editorial no aporta nada. Dejemos a Minotauro seguir su propio camino, el que la política editorial de Planeta marca. Habrá muchos de sus productos que no interesarán, habrá otros que si. Se ha convertido en una editorial generalista más con una marcada inclinación hacia el fantástico comercial. Eso no es un pecado: es negocio, supervivencia.

¿Qué es lamentable e indignante? Claro, por supuesto, a mi también me gustaría seguir teniendo veinte años, pero ni me lamento ni me indigno, me adapto a lo que hay. La nostalgia no abre camino.

© Francisco José Súñer Iglesias
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