Un mundo de dunas
por Albert Gallego

Cerrad los ojos e imaginad un mundo sin agua. Un infierno desértico, donde sus demonios tienen forma de gusanos gigantes, con un hambre tan inconmensurable como ese desierto en el que habitan. Un lugar en el que sus moradores han levantado una religión entorno al líquido elemento y al Mesías que convertirá ese infierno en un paraíso celestial. Donde estos mismos moradores matarán a quien sea para que sus profecías se cumplan, pero paradójicamente, intentarán mantener virgen e impoluto de extranjeros su desierto. Cualquier persona en su sano juicio querría poner kilómetros y kilómetros de distáncia entre él y esa loca tierra.

Lástima que el Imperio no puede permitirse ignorar Arrakis. O Dune, como lo llaman sus fanáticos moradores. Dune es demasiado importante para todos los habitantes del Universo Conocido, puesto que es la única fuente conocida de melange.

Publicada en la revista Analog entre 1963 y 1965, DUNE bien pronto recibió una lluvia de halagos, tanto entre los aficionados al género fantástico como entre los críticos. Frank Herbert, el autor, desarrollaba ahí un sinfín de ideas demasiado dispares como para ser consideradas antes partes de un todo.

En DUNE existe una reflexión seria sobre temas como la religión (en su carácter mas primigénio y mesiánico) la ecología, la economía e incluso, y en eso Herbert se avanzó a su época, los efectos autodestructivos derivados del consumo de drogas.

En la novela, Arrakis es un planeta inhóspito y desértico, cuya riqueza radica en ser la única fuente conocida de una espécia llamada melange, cuyas asombrosas propiedades incluyen la prolongación de la vida y la prescencia, la capacidad de predecir el futuro. Sin melange, el Imperio se desmoronaría. Los nobles, adictos a esa substancia, morirían sin remedio. Los Mentat y las Bene Gesserit (humanos cuyas habilidades especiales los hacen indispensables entre la sociedad) se verían privados de sus poderes, y la Cofradía Espacial, el monopolio que coordina todos los transportes, quebraría por no asegurar, mediante la preescencia, la integridad de sus naves. Las personas y la economía necesitan la especia para subsistir.

La explotación de este planeta, vital y maldito a la vez, es adjudicada cada cierto tiempo a una familia noble distinta. Hasta hace poco, la Casa Harkonnen se ha dedicado a expoliar Dune de sus riquezas. Cuando la familia Atreides descubre que será la succesora de su tradicional rival, temen una trampa tejida por las manos del Barón Harkonnen.

Mientras tanto, los nativos ignoran todas estas puyas políticas y se dedican a cumplir el sueño de su profeta Liet: Convertir Dune en una frondosa selva, aunque para eso tengan que destruir toda la especia... y con ella todo el universo.

Como último apunte, me gustaría comentar que, aunque bien lograda, la película del 84 de David Lynch no hace justicia a este magno universo. Aconsejo mejor ver la miniserie de TV del 2000.

© Albert Gallego
(474 palabras)