Wall-e y «La ley del uso y desuso»
por Jorge Romo

Imagine usted, estimado lector, que día con día nutre su cuerpo con largos periodos de ejercicio en el gimnasio que queda a la vuelta de su casa. Conforme transcurren los años (y unos cuantos litros de esteroides) desarrollará un cuerpo más que escultural. Posteriormente, y como reza aquella frase de matrimonio y mortaja del cielo baja, se casa con la mujer de su vida y tiene muchos hijos (por el momento no nos peleemos con la planificación familiar) Se da cuenta que como van creciendo sus retoños, éstos presentan en sus cuerpos una musculatura muy similar a la que usted ha desarrollado con gran esfuerzo. Las generaciones pasan y tiene la oportunidad de ver a sus nietos y bisnietos crecer y desarrollar sin mayor cansancio una complexión más que envidiada por todo físicoculturista: lo que ha conseguido es heredar caracteres adquiridos a su descendencia.

Esto realmente ocurriría si la Herencia de los caracteres adquiridos, propuesta por Jean Baptiste Lamarck hace alrededor de dos siglos, fuera un hecho contundente. Lamarck pregonaba que en todos los seres vivos había una especie de fluido nervioso que permitía alcanzar características en función de las necesidades más elementales. El ejemplo clásico que ilustra perfectamente estas ideas era la explicación para el crecimiento del cuello en las jirafas. Originalmente estos mamíferos poseían un cuello corto, pero a falta de alimento y a sabiendas de que las exquisitas hojas se encontraban a una gran altura, el fluido nervioso les habría permitido desarrollar cuellos más largos y heredar esta nueva característica a sus descendientes.

El asunto inclusive podía ser llevado a sus últimas consecuencias: si los organismos utilizaban ciertos caracteres (es decir, las características morfológicas tales como las patas, las mandíbulas, la vista, etc.) en demasía, con el paso de las generaciones éstos se desarrollarían cada vez mejor; pero en cambio, si algunos de éstos ya no se utilizaran, con el paso de las generaciones empezarían a atrofiarse hasta desaparecer casi por completo. A esto se le llegó a conocer como la Ley del uso y desuso.

Hoy en día, a pesar de que algunos desean retomar estas especulaciones decimonónicas, la evidencia indica que ese fluido nervioso y esos cambios por uso o desuso no ocurren en la naturaleza. Por eso resulta más que curioso que en la última obra maestra de Pixar, WALL-E, la idea se haya planteado sin ningún cuidado.

Cuando Wall-e y Eva llegan a las colonias humanas en el espacio, el espectador puede apreciar la total dependencia y deshumanización de los humanos al permitir que las máquinas les hagan todo. Han transcurrido varios siglos y los hombres se han convertido en una suerte de seres gordinflones que no realizan actividad física alguna. Pero lo más curioso aparece cuando vemos que a partir de la falta de uso de brazos y piernas éstos se han ido reduciendo de tamaño y han perdido funcionalidad; una situación que bien no podría ocurrir en la vida real. Lo que sí resulta más que creíble es el sobrepeso producto de la total inactividad que, frente a la falta de medidas preventivas, podría disminuir el promedio de vida del ser humano especialmente por enfermedades como la diabetes, la hipertensión arterial y los infartos al miocardio.

Antes de que algún cinéfilo chileno proteste, he de aclarar que estos detalles no polarizan de ninguna manera la maestría del filme. Disfrutemos la peli por su calidad y profundidad, por la gran historia de amor y por la cada vez mejor animación de los creadores de Pixar que sigue haciéndome dudar si esta empresa debería permanecer al lado de Disney.

© Jorge Romo
(598 palabras)