Especial Duodécimo Aniversario
El cambio en la ciencia-ficción
Especial Duodécimo Aniversario
por Guillem Sánchez i Gómez y Eduardo Gallego Arjona

Aunque no es probable que Heráclito pensara en la ciencia-ficción, a ésta se le puede aplicar muy bien aquello de que todo fluye y nada permanece. En nuestro caso, el género esta sufriendo grandes cambios que transforman su aspecto e incluso sus contenidos. Esto puede hacer difícil para algunos reconocerlo; incluso se puede estar tentado de creer que ha muerto. Nada más lejos de la verdad: la ciencia-ficción sigue viva porque cambia y es capaz de adaptarse, de reconvertirse y al mismo tiempo de influir en otros géneros literarios, que cada vez toman de ella más elementos. Véanse, por ejemplo, los modernos thrillers.

Entre los cambios que ha experimentado podemos advertir que hay unos cualitativos y otros cuantitativos.

Los temas que está tratando la ciencia-ficción moderna son cada vez más cercanos al lector. Parece que mayoritariamente se rehúye la exploración del espacio profundo. La prospección de nuevas tecnologías se está limitando a las más cercanas al lector, aquellas que están hoy más de moda —la informática y las telecomunicaciones, por ejemplo—. Todo este acercamiento facilita que la ciencia-ficción sea asimilada por la corriente general de la literatura, que incorpora sus ideas no ya como esencia del relato, sino más bien como un elemento más entre otros muchos.

¿Por qué se ha producido este cambio? Aunque es difícil decirlo, puede que esté relacionado con un cambio más profundo en la propia sociedad. Antaño el paradigma se basaba en el optimismo, el crecimiento ilimitado, las bondades de la ciencia y, en definitiva, la fe en que el futuro sería un lugar mejor que el presente. Hoy hemos pasado a un esquema de cosas donde el futuro se ve con menos optimismo: cambio climático, agotamiento de recursos, la posibilidad de ser más pobres en los años venideros, así como toda esa larga lista de promesas incumplidas —no podemos pasar las vacaciones en la Luna, los coches no vuelan y la pobreza no ha desaparecido—. El futuro actual no es esa brillante utopía de metal y acero que nos vendieron.

Todos estos cambios han afectado a su estilo. Antes predominaba una exploración de ideas nuevas, que a menudo requería crear un mundo nuevo y muy distinto al nuestro. Hoy este elemento de especulación y prospección se reduce para dejar paso a unos libros más llenos de detalles, y estos cada vez son más cercanos al lector. Así la brillante aura futurista de la ciencia-ficción clásica se ha ido transformando para acercarse más a la literatura realista, al tiempo que esta literatura ha empezado a emplear temas propios de la ciencia-ficción. Las fronteras se diluyen cada vez más y se hace difícil distinguir una cosa de otra. Esto forma parte de la natural evolución de las ideas, por un lado, y por otro del éxito de la ciencia-ficción, que se ha hecho un hueco en la corriente general.

El otro aspecto a destacar, y que puede mover a confusión, es una cuestión de cantidad. Sencillamente la ciencia-ficción ya no está de moda. No es que nunca lo haya estado mucho, pero ahora parte de su terreno literario lo ha ido tomando la fantasía. Ésta se lee más, y por lo tanto los escritores profesionales y los editores le dedican más atención. Pero que algo no sea mayoritario no significa que ya no exista.

Los aficionados a la ciencia-ficción tienen hoy más posibilidades que antaño de gozar de su género. Si hace unas décadas los libros y revistas eran casi el único sustento del buen aficionado, hoy en día ya no es así. Mucha gente disfruta la ciencia-ficción a través de medios distintos al literario: películas, series de televisión —cada vez más y mejores— y videojuegos. Si pudiéramos hacer un recuento de cuantas horas dedica la gente a la ciencia-ficción, seguramente veríamos que se lee menos, pero al mismo tiempo se ve y se juega muchísimo más. Puede que el total de horas dedicadas al género sea mucho mayor hoy en día que unas décadas atrás, pero los medios y los formatos están cambiando, y más que lo harán en el futuro.

Un último factor que creemos no suele tomarse en consideración, consiste en la perspectiva histórica. Cuando hablamos de la muerte de la ciencia-ficción, ¿a qué nos referimos realmente? ¿Podemos hablar hoy de la ciencia-ficción de nuestro tiempo, o nos falta una distancia, un mayor conocimiento? Sin duda, aún no ha tenido lugar la inmisericorde escarda que el tiempo lleva a cabo en la perdurabilidad de las obras literarias.

Veamos algunos ejemplos: cuando Lovecraft escribía sus relatos, era un completo desconocido para el mundo literario; salvo unos pocos lectores de Weird Tales nadie sabía de su existencia. Quien a principios del siglo pasado reflexionara sobre el estado del género de terror en el mundo, desconocía a su más grande autor y la obra que éste producía. Sólo muchos años después de su muerte logró Lovecraft el reconocimiento y la popularidad que su obra merecía. ¿Cuántos grandes autores de ciencia-ficción de principios del siglo XXI nos son desconocidos? Ahora mismo un hindú puede estar escribiendo la gran novela que transformará la ciencia-ficción... y que ésta no sea publicada hasta después de su fallecimiento, allá por 2030 ó 2040.

También hay una falta de perspectiva en la apreciación de lo ya conocido. Recordemos el caso del poeta inglés Percy Bysshe Shelley. En su momento fue aclamado como uno de los más grandes innovadores y estilistas de su tiempo. Sin embargo, son pocos quienes hoy recuerdan su obra, y lo más probable es que se trate sólo de algún poema suelto, como Ozymandias. Sin embargo, mientras Percy levantaba pasiones en la crítica de su tiempo, había quien permanecía invisible para esta: su esposa. De ella algún crítico llegó a decir que en ella lo único que interesaba era haber sido esposa de Percy Shelley y como mucho se la tenía por una autora popular dedicada a esos novelones góticos para paladares poco exigentes. Hoy en día la situación ha dado un vuelco total. Percy queda para el especialista, mientras Mary es reconocida mundialmente por haber creado la primera novela de ciencia-ficción, y una de sus criaturas más sugestivas: el monstruo de Frankenstein.

Cuando comparamos la literatura actual con la pretérita, a veces olvidamos que ésta fue abundantísima en su época, pero hoy día, una vez que las décadas y los siglos han separado el grano de la paja, ya sólo queda lo digno de conservarse. En cambio, las obras que ahora leemos aún no han podido ser cribadas por el tiempo. De todos modos, podríamos arriesgarnos a conjeturar algo, si revisamos la historia de la literatura: los autores más valorados por la crítica sesuda suelen acabar tan olvidados como los críticos que los ensalzaron. En cambio, algunos despreciados por las élites pero amados por los lectores, tales como Stevenson, Stoker, Dickens o Dumas, perviven para siempre.

Es posible que grandes figuras hoy elogiadas y ensalzadas caigan mañana en el olvido. Al mismo tiempo autores que nos pasan desapercibidos, o de los que simplemente aún no podemos entender su obra, se alzarán. Las generaciones venideras los nombrarán como los grandes de nuestro tiempo, mientras se olvidarán de quienes ahora llenan las estanterías con tan gran éxito comercial a base de thrillers, dragonadas y similares. O tal vez sea justo al contrario: el tiempo lo dirá, aunque probablemente nosotros ya no lo veremos.

© Guillem Sánchez i Gómez y Eduardo Gallego Arjona
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Guillem Sánchez y Eduardo Gallego son escritores.