Especial Duodécimo Aniversario
¿El fin de la Ciencia-ficción?
Especial Duodécimo Aniversario
por Alejandro Caveda

En 1992 un ensayo de Francis Fukiyama titulado El fin de la historia y el último hombre revolucionó el adocenado panorama de dicha disciplina académica. En su obra Fukiyama no especulaba con el fin literal de los tiempos y el devenir del ser humano, sino que defendía que la Historia humana, como lucha de ideologías, había terminado con la caída del muro de Berlín y el final de la guerra fría. Fukiyama propugnaba pues una nueva forma de entender la ciencia histórica, al igual que hizo en su momento Jean Chesneaux en ¿Hacemos tabla rasa del pasado?

Salvando las distancias, algo parecido ocurre con la ciencia-ficción, género literario inclasificable como pocos y de definición tan o más complicada como su denominación. Al igual que el río de Heráclito, la ciencia-ficción es una corriente mutante en cuyas aguas es imposible bañarse dos veces, lo que ha provocado que las discusiones más o menos enconadas acerca de lo adecuado de su nombre se repitan de forma periódica pero sin resultados concluyentes.

El padre oficialmente reconocido de la criatura fue el editor y escritor Hugo Gernsback, o al menos él fue quien la bautizó como ciencia-ficción en 1926 al incorporarla a la portada de una de sus revistas más populares, Amazing Stories. ¿Quiere decir eso que no se escribía ciencia-ficción antes de Gernsback? Pues sí, pero no. En el nuevo esquema de las cosas Verne, Wells y compañía fueron precursores, autores de obras de anticipación que pavimentaron el camino hacia los Grandes Clásicos: Asimov, Clarke, Heinlein y un largo etcétera. Volviendo a Gernsback, para él el género era ficción científica, literatura escapista adornada con ribetes eruditos y tecnológicos que contribuían a dignificarla y elevarla culturalmente sobre otros géneros más mediocres. La función de la ciencia-ficción (si es que debería tener alguna) sería pues la de entretener instruyendo, o instruir de forma entretenida, lo que presupone una cierta formación académica tanto por parte de los lectores como, sobre todo, de los escritores, condición esta última que no siempre se cumplía. Por otro lado, la verosimilitud científica de muchos de estos primerizos relatos y novelas es cuanto menos discutible ya que se tendía más a la especulación imaginativa que al rigor tecnológico.

Con todo, esta concepción educativa y rigurosa del género se mantiene durante años, hasta bien entrada la década de los sesenta, gracias a defensores del calibre de John Campbell Jr. o el argentino Miguel Masriera el cual, en el prólogo de la mítica colección Nebulae hacia hincapié en la dignidad de la ciencia-ficción y en la capacidad didáctica de los títulos seleccionados, capacidad que ponía de relieve al firmar como Doctor Ingeniero, una forma sutil de indicar que dichas obras no era para cualquiera sino para una élite culturalmente formada y capaz pues de apreciarlas en toda su extensión.

Sin embargo, los sesenta marcan también el principio del fin de ese monolitismo conceptual gracias sobre todo a la aparición de nuevas corrientes como la New Wave que apostaban por el mestizaje con otros géneros, explorar nuevas temáticas o romper tabúes, tal y como hicieron las sucesivas Visiones peligrosas de Harlan Ellison y compañía. Al igual que ocurre con la música, donde conviven distintas corrientes y no es lo mismo un Leonard Cohen que un Melendi (por poner un par de ejemplos) se empieza a distinguir entre una ciencia-ficción clásica y nuevas vertientes como la Hard ciencia-ficción, el cyberpunk o la ciencia-ficción catastrofista, entre otras. Por no hablar de los escritores que simultanean varios géneros, cuando no los entremezclan orgullosamente en su trabajo.

Esta multiplicidad, con ser más interesante, complica la definición del género y resucita el viejo debate a propósito de lo idóneo o no del término ciencia-ficción. El célebre escritor Michael Moorcock fue uno de los más fervientes defensores en reclamar un cambio de denominación por expresiones más adecuadas por lo ambiguas como ficción especulativa (término atribuido a Robert A. Heinlein y reivindicado por el ya citado Harlan Ellison) Otro escritor, Philip José Farmer, intentaba definir el género con mayor o menor fortuna a través de su alter ego Peter Jairus Frigate en la serie A vuestros cuerpos dispersos (1971 y posteriores) Ya a mediados de los setenta, el polémico escritor y articulista Carlo Frabetti apuntaba en su prólogo a la colección Nova (1ª época) que la ciencia-ficción especulaba racionalmente sobre el mundo que nos rodea mientras que otros géneros como el fantasy buscaban eludir el rígido corsé de la realidad. Como vemos, la polémica está servida y lejos de solucionarse ha llegado hasta nuestros días, con sesudos y profundos artículos a cargo de autoproclamados expertos del género.

Merece la pena destacar que uno de los mejores análisis acerca de la ciencia-ficción, su definición y trayectoria ha sido el realizado por los españoles Guillem Sánchez y Eduardo Gallego en su ensayo ¿Qué es la ciencia-ficción? el cual concluyen diciendo: La ciencia-ficción es un género de narraciones imaginarias que no pueden darse en el mundo que conocemos, debido a una transformación del escenario narrativo, basado en una alteración de coordenadas científicas, espaciales, temporales, sociales o descriptivas, pero de tal modo que lo relatado es aceptado como especulación racional. Como diría el abogado de la defensa, nada que objetar, señoría.

Volviendo al punto de partida: ¿Ciencia-ficción continua siendo un término aceptable o habría que cambiarlo por otro que definiese mejor el género según las coordenadas que apuntan, por ejemplo, Sánchez y Gallego? Y si es así, ¿Cual sería? La respuesta queda en el aire, aunque a título personal me gustaría citar a Shakespeare: Lo que llamamos rosa aún con otro nombre mantendría su perfume. Pues eso.

© Alejandro Caveda
(947 palabras)
Alejandro Caveda mantiene el blog El zoco de Lakkmanda