Especial Duodécimo Aniversario
El extraño caso de la difunta ciencia-ficción
Especial Duodécimo Aniversario
por Dixon Acosta

Llegan noticias sobre la muerte del género literario denominado ciencia-ficción y al parecer las pruebas de su fallecimiento son contundentes, agotamiento de los temas, desaparición de grandes autores, desinterés de editores y del público en general. No es del todo claro, si la ciencia-ficción, falleció de muerte natural, si tuvo una larga y traumática agonía, si fue fulminante el deceso, o si se trató de una muerte violenta, pues ignoramos si tenía enemigos interesados en matarla. Sin embargo, queda lugar para la duda metódica.

¿Puede morir algo indefinible? Primer interrogante que surge, porque si tomamos en serio a especialistas e investigadores sobre este género literario, parece existir un consenso sobre la falta de definición de esta materia. Esto dejaría a la ciencia-ficción literaria, casi a la par de las religiones y las mitologías fundamentales, su creencia puede constituirse en un acto de fe como definió Borges a los colombianos en un cuento titulado ULRICA. En todo caso, dificulta la expedición de un certificado médico de defunción por un experto forense.

Algunos han intentado emparentar la ciencia-ficción con el género fantástico, como manifestación o subgénero de aquel. Es claro que la fantasía ha existido siempre en la literatura, desde su origen con las grandes épicas líricas fundadoras y continuarán mientras subsista la literatura, pues la imaginación es su gran motor, por lo cual la inmortalidad de la ciencia-ficción debería estar asegurada. En mi caso, me inscribo en el grupo que rechaza esta relación y considera que a pesar de algunos casos en donde las fronteras son endebles, hay una diferencia sustancial entre lo fantástico y la naturaleza racional/lógica que distingue a la ciencia-ficción, lo cual evita esta fácil salida a una muerte tan anunciada.

Siguiendo esta línea de razonamiento, si la ciencia-ficción es un género distintivo del siglo XX, reflejo de sus expectativas, miedos y transformaciones, en el campo técnico, político y social, entonces debe declararse su muerte el 31 de diciembre de 1999. Pero la dinámica evidente durante estos primeros años del siglo XXI por parte de personas dedicadas directa ó indirectamente al género, incluso los autores de las notas necrológicas que invitan a sus exequias, podría indicar que murió la expresión de la ciencia-ficción del siglo XX, comenzando el proceso de búsqueda y consolidación de lo que será la ciencia-ficción al amanecer del tercer milenio.

Otro argumento que ayuda a mantener la duda sobre esta anunciada muerte, es que tampoco puede explicarse cómo puede morir algo que en algunos sitios no ha nacido ó se encuentra en las primeras fases de desarrollo. Para dar un ejemplo, en el mundo árabe, el género literario de la ciencia-ficción no ha tenido mayor desarrollo, quizás exceptuando Egipto y en su momento Irak, debido a razones culturales y religiosas. En América Latina ha tenido una evolución dispar, algo irregular, desde Colombia desconocemos si en la vecindad de países hermanos hay una producción sostenida, sospechamos que ocurre igual que aquí, en donde se intuye un gran interés, mientras la creación sigue por vericuetos subterráneos, casi clandestinos.

Esto nos conduce a otra elucubración, ¿la ciencia-ficción murió donde nació? Podría pensarse que el género hace crisis en el mundo anglosajón donde surgió, pero esta perspectiva geográfica, a pesar de la consabida globalización, no necesariamente significa que su anunciada muerte deba sentirse como propia en todos los rincones del mundo. Como todos los géneros literarios, es probable que la ciencia-ficción comparta los ciclos de despertar, apogeo y decadencia.

Todo esto nos conduce a otra reflexión. Acaso los rasgos distintivos de la ciencia-ficción no han sido precisamente la falta de credibilidad de temas y autores, soportar diversas dificultades, ser subestimada por las corrientes oficiales de la literatura que la han visto como un género menor, casi un mal menor. Encontrarse en trance permanente parece corresponder a la naturaleza existencial del tan mentado género literario.

Si la ciencia-ficción es una expresión literaria afín a la independencia, a la autonomía que se vuelve casi rebeldía, siempre tendrá el terreno abonado en las nuevas generaciones, así se le llame con otros nombres como literatura especulativa ó de anticipación. Si la muerte de la ciencia-ficción, significa que unos temas se agotaron, bienvenida esa muerte, es saludable comenzar a descubrir nuevos caminos e incluso nuevas formas de recorrer los tradicionales.

Por otra parte, si hay un género que ha tenido éxito en otras formas de interpretación, especialmente en la audiovisual, ha sido la ciencia-ficción. Algunas de las producciones fílmicas más taquilleras de la historia corresponden al género. La ciencia-ficción está presente en el cine, televisión, multimedia e internet. Los mismos aficionados a los avisos funerarios, anunciaban hace un tiempo que internet sería el verdugo y sepulturero de la literatura, se ha demostrado que es un gran complemento y en el caso de la ciencia-ficción ha sido su mejor aliado. Gracias a internet, hemos descubierto que hay más autores y lectores de los que se creían, el reducido círculo de fanáticos y aficionados al género es más grande de lo que se pensaba y al menos en el idioma castellano sigue creciendo.

Al comienzo, mencionamos algunos de los indicios contundentes sobe la muerte de la ciencia-ficción, rasgos que han sido los elementos comunes de su vida. La ciencia-ficción, para dejarlo en términos familiares es una especie de condenado a muerte, con su existencia en suspenso, empleando diversos métodos como el criogénico para aplazar su final o posibilitar su resurrección. Por ello, a quienes declaran la muerte de la ciencia-ficción e invitan a su entierro, se les aplicaría la frase clásica de incierto origen, los muertos que vos matáis, gozan de buena salud. Bueno, quizás no de excelente salud, pero con la suficiente voluntad para seguir buscando en el futuro las respuestas a las preguntas eternas.

© Dixon Acosta
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Dixon Acosta es colaborador habitual del Sitio de ciencia-ficción