Especial Duodécimo Aniversario
Que estaba de parranda
Especial Duodécimo Aniversario
por Francisco José Súñer Iglesias

2008 ha sido un año difícil, no solo por la crisis que ha demostrado que la globalización golpea... globalmente, sino porque también ha sido el año en el que murió la ciencia-ficción, o al menos se la quiso dar por muerta y enterrada. Incluso se quiso reinventar parte de ella, el soft de toda la vida, para adueñarse de sus aspectos más reflexivos, ponerles un collar nuevo, llamarlos galgos en vez de podencos, y de paso volver a recurrir al cómico recurso de echar la culpa de todo lo malo, y también lo peor, al fandom. Afortunadamente nada de esto ha ocurrido, el género no está en su mejor momento, eso es indiscutible, pero de ahí a considerarlo desaparecido hay un trecho considerable.

Por un lado la muerte casi consecutiva de unos cuantos grandes y venerables autores, por otro la constatación definitiva de que la fantasía vende más, y por otro ciertos intentos de desentenderse de los hijos tontos de la familia, han dado para unos cuantos artículos y varias entrevistas que han revolucionado el panorama como hacía tiempo que no ocurría. Curiosamente, y excepto la deserción de unos y otros autores hacia géneros más alimenticios, todo lo que he podido leer y contrastar acerca del tema parte en casi todos los casos de lo mismo; estrechez de miras y un cierto sentido exclusionista.

Todo parte de que la más afectada por la fuga de talentos y la sucesión de lamentables óbitos es la ciencia-ficción hard, la más incomprendida y más vapuleada. Buena parte de culpa tienen algunos de sus cultivadores, plúmbeos hasta el bostezo, que confundían una novela con un libro de texto, pero también parte de la incomprensión que lastra el hard es la lamentable formación técnico-científica de la que goza gran parte del lector habitual. Hace poco, en una charla en el Museo de la Ciencia, Alfonso de Terán Riva comentaba lo rápidamente que se pierden los conocimientos sobre ciencias que se imparten en la enseñanza primaria y secundaria. Ese es un problema de memoria y falta de uso, pero de tener presentes aquellas clases de física y matemáticas, se podrían apreciar con mayor profundidad según que obras, en apariencia, áridas en exceso.

A partir de ahí crece una corriente de rechazo hacia esa parte del género con una consistente componente técnico-científica. Automáticamente ese tipo de literatura es descartada como aceptable y anatemizada favoreciendo otras, como el soft, de pretensiones más abstrusas, pero de interpretación más libre. Por supuesto, los acérrimos defensores del hard suelen caer en el mismo pecado a la inversa, y es aquí cuando ambos extremos se encuentran, el hard es bastante más difícil de cultivar que el soft, cuando muere uno de sus autores de cabecera parece como si el género hubiera perdido la mitad de sus cultivadores, el pánico y el desánimo cunde, se hacen declaraciones fatalistas... se acaba el mundo.

Pero no. Solo ha muerto un venerable escritor de ciencia-ficción que la escribía de una cierta forma. Su estilo y sus ideas perdurarán, pero ya nadie más las desarrollará como su creador, eso ha pasado desde que el mundo es mundo, y parece que sigue girando a buen ritmo. Sigue habiendo cultivadores del hard, ahí están Mike Brotherton o John Barnes, aunque quizá con menos penetración, pero eso no es culpa suya, como decía al principio, el éxito de la fantasía de espadazo y tententieso o de magias potagias ha absorbido la atención del mercado.

A continuación, unas cuantas visiones más de este fenómeno.

© Francisco José Súñer Iglesias
(588 palabras)