Ni granujas ni farsantes
por Francisco José Súñer Iglesias

La ciencia-ficción como género que habla, en la mayor parte de las ocasiones, del futuro en general, da la impresión de que es la forma literaria de adivinar como será ese futuro, pero no hay nada más lejos de la realidad. Pretender que esto sea así, o peor aún, insinuar que el objetivo fundamental de la ciencia-ficción es establecer como será ese futuro es una de las peores cosas que le puede pasar al género.

Asimilar el género, aunque solo sea de lejos, a cualquier paraciencia o arte adivinatoria solo consigue hundirlo aún más en las miserias de la falta de credibilidad. La ciencia-ficción no intenta establecer como será el futuro, solo en un ejercicio de regodeo ocioso y, paradójicamente, falto total de visión de futuro, se puede pretender vender un trabajo de simple imaginación como una forma seria de establecer los parámetros que moverán las sociedades de aquí a unos años.

No hay contradicción alguna entre esto y el ejercicio continuo de imaginación que ejercen los autores. La construcción de múltiples universos narrativos, a cual más extraordinario, no implica que los autores que los crean tengan la más remota esperanza de que las cosas vayan a suceder tal y como las relatan. Puede tratarse de una apuesta sobre como evolucinará la humanidad en el caso de que ciertas circunstancias presentes se exacerben en forma extrema. Puede tratarse de una extrapolación a tiempos futuros de cuestiones presentes que por un motivo u otro inquieten al autor. Puede tratarse de un anhelo mal disimulado por que las cosas lleguen a ser de forma muy distinta a como da la impresión que serán. En cualquier caso, no se trata de establecer de forma clara y unívoca como será el futuro, tal y como pretenden hacer los adivinos, solo de jugar un poco con él.

Por eso, resulta inquietante la forma en la que muchas personas ven la ciencia-ficción como una especie de adivino respetable, al fin y al cabo es literatura, está escrita en muchas ocasiones por solemnes científicos y además todo el mundo sabe que Orwel supo ya hace sesenta años que el Gran Hermano acecharía implacable a grupos de tarados ávidos de fama y dispuestos a compartir lo más mísero de su humanidad con millones de televidentes.

No hay que olvidar tampoco el entusiasmo del aficionado que con tal de ver su género favorito alzado a los altares de la excelencia es capaz de ver correlaciones en cualquier caso afortunado, incluso cuando no las hay. Esos ejemplos deben ser analizados con calma y comprender por que el autor llegó a las conclusiones que expone. La mayor parte de las ocasiones son simples transliteraciones de lo que los medios del momento ya adelantaban, basta con estar bien informado para predecir ciertos conflictos con bastante precisión. Otras veces el sentido común del autor coincide asombrosamente con los artículos de las revistas de divulgación científica del momento. El caso paradigmático de Julio Verne es esclarecedor, sus predicciones van más de la mano de la prensa científica del momento que de un proceso de reflexión propio, pero incluso así, resulta sorprendente como obvió los automóviles que ya despuntaban, o no terminó de comprender el infinito potencial de las ondas de radio ante el por entonces omnipresente telégrafo.

La cuestión es que tomando por los pelos estas cuestiones se escriben sesudos artículos loando las supuestas capacidades predictivas de la ciencia-ficción, capacidades predictivas que automáticamente son entendidas como adivinatorias por el lego en la materia, pero peor aún es cuando especialistas no tan legos dan pie a equívocos con su defensa de una literatura especializada en ver el futuro, como si tal futuro pudiera ser predicho.

A estas alturas es difícil, pero quitarse de encima la asimilación del género con actividades más propias de granujas, farsantes y caraduras debería ser un objetivo a tener muy en cuenta.

© Francisco José Súñer Iglesias
(646 palabras)