Esos pequeños inventos
por Francisco José Súñer Iglesias

Al prever los avances e inventos que harán de la humanidad una raza más feliz siempre se tiende a fijar la atención en las cosas grandes, en los objetos imposibles y en las ciencias más abstrusas. Sin embargo, han sido las pequeñas cosas, sin demérito para sus hermanos más espectaculares, los que han cambiado realmente la vida cotidiana de la humanidad, multitud de pequeños inventos y descubrimientos sensatamente aplicados, por no hablar del conocimiento acumulado durante estos últimos ¿diez mil? años que nos hacen la vida más sencilla.

Empecemos por algo complejo. El teléfono móvil, el celular. El sistema es intrincado, no hay duda, aunque el objeto en si mismo no es más grande que una pastilla de jabón y resulta relativamente fácil de manejar, se sustenta en una infraestructura de una sofisticación asombrosa, piénsese simplemente que es posible caminar de punta a rabo de una ciudad grande como México D. F., Buenos Aires o Madrid sin que la comunicación se corte en ningún momento. La tecnología que consigue eso es de una complejidad asombrosa, y mantenerla en funcionamiento requiere un capital técnico y humano de gran calado. Sin embargo, basta con pulsar unas cuantas teclas para hablar con quien queramos, entre México D. F. y Buenos Aires, o Madrid y Quito, y si es necesario, y llega el dinero, establecer una conferencia con tres o más interlocutores situados en cualquier parte del mundo. Ni siquiera aquellos asombrosos intercomunicadores de Star Trek aspiraban a tanto.

Otro invento, o más que invento, desarrollo, que también nos ha cambiado la vida, la informática. No hablo de los obvios ordenares personales ni las espectaculares computadoras fílmicas, sino de los millones de sistemas empotrados que prácticamente cualquier aparato electrónico aloja en sus tripas. Coches, lavadoras, sistemas de acceso, dispensadores, etc. han dejado de lado los mecanismos electro-mecánicos para servirse de microprocesadores y pequeños pero eficaces programas en su callado día a día. Por no mencionar a los sistemas de control de infinidad de servicios públicos, desde los ferrocarriles hasta los semáforos, capaces incluso de contar los vehículos y sincronizarse por si mismos para regular el tráfico de manera más eficaz.

Otra revolución sorda ha sido la de los materiales. Fibras sintéticas de propiedades maravillosas han revolucionado el mundo de la confección, haciendo ropas más cálidas, transpirables y ligeras, o permitiendo desarrollar prendas de protección cada vez más eficaces. Ya en el terreno de la ingeniería y la arquitectura, la combinación de nuevos, o también reinventados, materiales con el cálculo más preciso de resistencias y estructuras permiten construcciones de una enorme espectacularidad, aunque en el terreno de la belleza sigan sometidas a un subjetivismo más que debatible.

Habrá quien diga que todas estas cosas y otras muchas, solo las disfrutamos en el primer mundo y algunos privilegiados en las zonas desfavorecidas. Por supuesto, pero nótese que se habla desde ese lado privilegiado de la barrera: este artículo sólo está disponible a través de Internet, otro de esos inventos que nos ha cambiado la vida.

Desde hace muchos años tengo la sensación de vivir en ese futuro que se auguraba en la edad de oro de la ciencia-ficción. Era un futuro indudablemente más espectacular y vistoso, pero desde luego este es un futuro más que tangible, lleno de cosas pequeñas y en apariencia triviales que hacen más fácil la vida. En cualquier caso no todo de aquel futuro fabuloso se ha perdido: ahí están los microondas, los preparados liofilizados y las televisiones planas.

Ahora lo interesante es especular sobre el futuro que nos espera dentro de cincuenta años, y quien tenga la oportunidad de estar allí para verlo, reflexionar no ya acerca de las bases que habrá (o no) en Marte o lo inteligentes que serán (o no) las inteligencias artificiales, sino acerca de cómo serán esas pequeñas cosas que harán más fácil la vida.

© Francisco José Súñer Iglesias
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