El insultador timorato
por Francisco José Súñer Iglesias

A veces expreso mis opiniones con demasiada vehemencia, incluso si estoy irritado con lo visto o leído lo hago de una forma bastante poco elegante. Basta recorrer los artículos que firmo en este espacio web para descubrir unos cuantos ejemplos evidentes. Pero la clave está en la firma. No me escondo, lo que escribo queda ahí para la posteridad, con mi fotografía adjunta, con mi nombre y apellidos completos respaldando esas palabras.

Lo excepcional es que los ofendidos por mis salidas de tono, respondan con mesura y mejor tono. Igualmente resulta sencillo encontrar en los comentarios epítetos vejatorios de todos los colores dirigidos a mi persona. A veces contesto en iguales o peores términos, o se me ocurre alguna respuesta brillante, o sencillamente los ignoro. Depende del día. El caso es que entiendo la ofensa si el que se ha excedido previamente he sido yo, y hasta puedo asumir los varapalos recibidos, pero lo que ya no resulta tan comprensible, ni a mi ni a muchos de mis colaboradores, es la hiel que despiertan opiniones adversas hacia las obras Sagradas e Intocables a juicio del ofendido, y que ni siquiera expresadas con buenas palabras y mejor tacto evitan el consabido torrente de insultos. Pero de eso ya hemos hablado largo y tendido.

Lo que es un poco triste es que todas esas retahílas, algunas diligentemente elaboradas, brillantes en uso de figuras e hirientes en su concepción, se conviertan en un chiste mal contado cuando el autor, en vez de echar pecho a lo hecho, se esconde detrás de apodos que van de lo risible a lo patético. También se ha hablado mucho de lo fácil que resulta en Internet cometer las mayores barbaridades tras el anonimato de un apodo traído por los pelos, o la valentía que dan esos trabalenguas de pocas letras y peor gusto que son la mayoría de los alias, así que tampoco voy a hablar de eso

He tenido en esta misma página discusiones fortísimas con gentes a las que conozco personalmente y que en ningún momento han ocultado su identidad. No somos amigos, desde luego, pero el intercambio fue en igualdad de condiciones y a cara descubierta, y se quiera o no, se está seguro de discutir con una persona humana, no con un ente que no se sabe si es máquina de Turing, humano, o ni siquiera persona.

Llamadme calvo, gafotas, iletrado, estúpido y mamarracho sensacionalista, pero tened el valor de firmar con vuestro nombre y apellidos. Id con la cara por delante, no tiréis la piedra y escondáis la mano, si no, ¿de qué sirve berrear si solo es el berreo de un timorato?

© Francisco José Súñer Iglesias
(441 palabras)