¿Conocen los autores a su público?
por Francisco José Súñer Iglesias

Muchos de ellos, no. O mejor dicho, es posible que conozcan personalmente a muchos de sus lectores, incluso que hayan trabado relaciones de amistad con varios de ellos, pero en lo que respecta a las apetencias literarias, no parece que la sintonía entre autor y lector sea un objetivo preferente.

Estoy harto de leer historias contadas para el ombligo propio y no para las orejas ajenas. Eso no es un narrador, eso es un onanista literario que disfruta contándose historias a si mismo, pero se olvida por completo de contárselas al resto de la humanidad.

Eso no malo, de ningún modo, cada cual escribe como y para quien quiere. La intimidad está para eso, para hacer las cosas más descabelladas sin que a nadie le importe que se hace, porqué se hace y cuando se hace. El problema surge cuando esas historias quieren hacerse públicas. Entonces la cosa se complica.

Es seguro que toda obra, a no ser que se trate de un bodrio decididamente mal escrito, encontrará lectores encantados en mayor o menor medida con ella, por muy intimista y críptica que sea. La sintonía se ha logrado espontáneamente gracias a una serie de afinidades no buscadas pero presentes. Naturalmente no todo el mundo estará en esa línea, y cuanto más intimista y críptica sea la obra menos aplausos obtendrá y más voces se alzarán en contra de ella, o al menos expondrán su total incomprensión hacia la misma. Un autor consciente de lo que hace no debe tener mayores problemas al respecto; se ha arriesgado a mostrar algo que surge de planteamientos muy profundos y solo es interpretable mediante claves ocultas. Ha jugado al juego de los guiños y la complicidad y no puede esperar que eso se entienda universalmente.

Lo malo es cuando el autor no es capaz de situar su propia obra en contexto y no comprende las opiniones contrarias, se enfurece ante la incomprensión y se dedica a regalar con barbaridades verbales a quienes no le apoyan incondicionalmente. Puede contar, además, con críticos, opinadores o reseñistas (no se confunda a unos con otros) que expongan análisis entusiastas de la obra en cuestión, también incapaces de situarla en su justo lugar, es decir, la órbita personal del autor, que las ha escrito para el cuello de la camisa. Se produce así una extraña situación en la que se sobrevaloran obras que realmente no deberían pasar de simples curiosidades, pero que acaban convertidas en referencias incomprensiblemente imprescindibles.

El lector sufre entonces de una extraña ansiedad cuando se enfrenta a estas recomendaciones y se siente como un absoluto estúpido. La obra no le llega, no le transmite nada, no la comprende en absoluto, y en vista de lo que se dice de ella, lo achaca a sus propias limitaciones, y no a las de la obra por si misma.

Afortunadamente, en estos tiempos de Internet se goza de una amplia variedad de opiniones y análisis que, con el tiempo, acaban explorando las obras desde casi todos los puntos de vista posibles. Opiniones y análisis de lo más variopinto que ayudan a equilibrar la percepción general, situándola en su justa medida, y que incluso ayudan mucho a los autores haciéndoles poner los pies en el suelo. El monopolio de la opinión se ha roto hace mucho tiempo y, ahora si, el autor puede conocer de primera mano y de forma amplia a su público, saber lo que piensa y conocer las reacciones a su obra..., lo que no impide que siga escribiendo lo que mejor le parezca pero, supongo, le alejará de malditismos y supuestas incomprensiones.

Aunque estúpidos los habrá siempre.

© Francisco José Súñer Iglesias
(602 palabras)