Entre la tecnofobia y la tecnolatría
por Daniel Salvo

A veces uno se pregunta a dónde vamos a parar con todo este desarrollo tecnológico que experimentamos día con día, si a una utopía de necesidades satisfechas o a un mundo en el cual la obsolescencia será el fantasma que nos aterre cada noche.

Como buen aficionado a la ciencia-ficción, no puedo dejar de interesarme (aunque no siempre lo entienda) en el desarrollo científico y tecnológico de nuestro mundo, que ya nos ha brindado la transcripción completa del genoma humano y el nunca bien ponderado viaje a la luna. Cuando acudo a un hospital y veo las máquinas de hemodiálisis o las que sirven para el tratamiento del cáncer y otros artefactos que sólo podría calificar de milagrosos, me provoca pensar con cierta conmiseración en aquellos que, amparados en su ignorancia, culpan a la tecnología y a las ciencias de todos los males que aquejan a la Humanidad. Empero, ¿es dable poner todas nuestras esperanzas en el desarrollo tecnológico? Aparentemente, éste sólo nos está ofreciendo ipods, juegos electrónicos de alta definición y pantallas por todos lados. ¿Es inútil la tecnología entonces?

Sin embargo, los avances en inteligencia artificial y la expansión que experimenta la internet llevan a que muchos paradigmas, incluso los filosóficos, estén siendo cuestionados. Hay cierto temor a que la autonomía de las máquinas implique una revuelta contra sus creadores. ¿Hay que temer a la tecnología, entonces? Las cosas como son. En tanto existan seres humanos, siempre estarán creando o inventando algo, material o inmaterial. Somos una especie prostética, dado que necesitamos prótesis para todo. El mono desnudo necesita vestirse. La tecnología es una sola, es la predisposición (casi necesidad, diría yo) de manipular el entorno para obtener un resultado que no podría obtenerse de maneras naturales.

Naturalmente no podríamos comer alimentos preparados, leer un libro o siquiera limpiarnos el trasero, ya sea que usemos papel higiénico, hojas de árboles o piedras. Ni temer ni adorar la tecnología, entonces. Y ésta lección la aprendí hace años leyendo un cuento de Marion Zimmer Bradley, LA LARGA VUELTA AL HOGAR, incluído en LAS MEJORES HISTORIAS DE ANTICIPACIÓN, editadas por Bruguera en 1978. La anécdota de la historia raya en lo humorístico: la tripulación de la astronave Homeward retorna de la colonia humana establecida en un planeta lejano, esperando encontrar una Tierra convertida en el summun de la sofisticación tecnológica (como el Trantor asimoviano o el Coruscant de George Lucas) En cambio, encuentran una civilización bucólica, compuesta por granjeros, tejedores de alfombras y amas de casa para quienes la llegada de los descendientes de la primera expedición humana a las estrellas no parece importar gran cosa. Nada que pueda calificarse de alta tecnología forma parte de la vida cotidiana de los terrestres del futuro... hasta que por accidente se nos revela que en realidad poseen todos los avances que ha podido lograr la humanidad en milenios de evolución, sólo que han aprendido a utilizarlos solamente cuando se los necesita. Usamos la ciencia, no permitimos que ella nos use a nosotros. Si alguien quiere construir aviones puede hacerlo si lo desea, no simplemente por que sea posible. La historia termina con una visita a un aeródromo abandonado, lleno de naves especiales oxidadas: la Humanidad sabe que algún día volverá a las estrellas, pero cuando lo haga, será luego de un proceso de maduración. Nadie piensa en destruir las naves: los hombres sólo destruyen lo que más temen.

Puede parecer una crítica algo ingénua hacia nuestro deseo casi irracional por poseer lo último en tecnología, aún si ésta constante actualización carece de utilidad. Pero me sirvió como base para apreciar y moverme con cierta libertad en el cambiante flujo de la innovación tecnológica. Ni tecnolatría ni tecnofobia, parece ser el mensaje de Marion Zimmer Bradley. Las cosas están para usarlas, no para ser usados por ellas.

© Daniel Salvo
(634 palabras)
Publicado originalmente en Futuria el 13 de junio de 2007