Vida artificial
por Guillem Sánchez

El científico estadounidense John Craig Venter fue uno de los fundadores de Celera Genomics, empresa privada cuya finalidad era la descodificación del genoma humano para patentarlo con fines comerciales. En el año 2005 fundó con otros científicos Synthetic Genomics, otra empresa privada cuyo objetivo era la obtención de microorganismos modificados genéticamente para producir combustibles. Su última proeza ha sido el reciente anuncio en la revista Science según el cual su equipo ha logrado sintetizar un cromosoma artificial. Un cromosoma es un conjunto de genes y de interruptores necesarios para activar o desactivar su función.

Según afirma el propio Dr. Venter, ha reconstruido todos los genes de la bacteria Mycoplasma genitalium. Para comprobar si funciona ha intercambiado el cromosoma original de la bacteria por el suyo propio bautizando al híbrido semiartificial como Mycoplasma laboratorium.

La siguiente fase del proceso consiste en la obtención de organismos con los genes modificados para lograr objetivos concretos: producción de biocarburantes, destrucción de residuos y mareas negras, capturar dióxido de carbono o la curación de enfermedades, ya sea mediante la síntesis de nuevos fármacos o directamente modificando los genes que las causan. En este último aspecto se abren vías muy esperanzadoras, como el reciente descubrimiento por parte de científicos del MIT de que es posible corregir el síndrome del cromosoma X frágil. Se trata de una enfermedad causante de retardo mental y autismo que afecta millones de personas. Por ahora los investigadores han podido corregir los efectos del síndrome en ratones.

Hasta aquí los aspectos positivos, que es de lo que les gusta hablar a las empresas que desarrollan estos proyectos. La parte negativa es que todas estas promesas de beneficios para la humanidad deben ser matizadas por el hecho de que están siendo desarrolladas por empresas privadas. Como es natural, y en principio no tengo nada que objetar a ello, estas pretender obtener beneficios, más aún su pretensión es obtener los mayores beneficios posibles. La posibilidad que ello implique privatizar mediante patentes los seres vivos, o lo que es lo mismo, su genoma, es solo una de las posibilidades que convierten el sueño en pesadilla.

No es difícil imaginar que las modificaciones al genoma humano, aunque puedan empezar con la curación de enfermedades, pueden desviarse a otros fines. ¿Qué no serán capaces de hacer en algunos países con sus deportistas? El dopaje genético puede dejar en pañales todo lo visto hasta ahora. La manipulación de especies vegetales para producir alimentos, pero que no sean capaces de reproducirse por sí mismas es una realidad hoy en día, y su desarrollo favorecido por las grandes empresas puede a la larga hacer inviable la agricultura tradicional. Sucesivas vueltas de tuerca en esta misma dirección pueden reducir drásticamente la soberanía alimentaria de muchas naciones. La misma tecnología que sirva para curar enfermedades puede permitir desarrollar armas biológicas de efectos devastadores, contra las cuales no tendríamos defensa natural alguna. Una vez desarrollada la tecnología necesaria será relativamente fácil y barato emplearla con finalidades militares o terroristas, sin los grandes costes y dificultad de ocultación de la tecnología nuclear.

Todo ello es solo el principio; más adelante pueden desarrollarse formas de vida enteramente nuevas, con propósitos que seguramente no alcancemos a imaginar hoy. Sería deseable que el debate, que ya está abierto, conduzca a una reflexión sobre los mecanismos de seguridad de que debe dotarse la humanidad para que, sin poner en peligro el avance científico, se limiten los riesgos innecesarios y se actúe bajo el principio de prudencia. Dejar de considerar que el beneficio inmediato, económico o militar, sea el único acicate para futuras investigaciones sería un buen principio para permitir que la ética y una legislación internacional prudente no queden otra vez demasiado por detrás de la realidad.

© Guillem Sánchez
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