Arthur C. Clarke girando en su órbita
por Dixon Acosta

Ha fallecido Arthur Charles Clarke en su refugio personal de Sri Lanka y correrán las tintas indelebles, impresas y virtuales, honrando su memoria y legado. Clarke un neorenacentista, si se pudiera emplear este término, para designar a un hombre de muchos talentos, pero quien deseaba ser recordado como escritor.

En esta oportunidad, no deseo recalcar las condiciones que ya se han resaltado del señor Clarke como uno de los principales pilares de la ciencia-ficción contemporánea, son incontables los títulos de su bibliografía, novelas e historias cortas que inspiraron desde series de televisión, documentales de divulgación, hasta películas clásicas como la número uno del género, 2001: UNA ODISEA DEL ESPACIO 1 Aunque resulte paradójico, deseo destacar la contribución que hizo el señor Clarke a la ciencia real, no a la ficción especulativa.

Como lo anotan los biógrafos, uno de los primeros trabajos que tuvo Clarke fue especialista en radares, convirtiéndose en un teórico preocupado por los asuntos relacionados con las comunicaciones. En desarrollo de sus investigaciones, Clarke ha pasado a la historia como uno de los científicos que promovió el concepto de la Órbita Geoestacionaria. Para definirla de manera sencilla, podría decirse que la órbita geoestacionaria es un anillo sobre el plano del Ecuador, situada aproximadamente a 36.000 kilómetros de la superficie de la Tierra, no es una línea imaginaria y un objeto ubicado en esta zona, como un satélite, tendría una órbita geosincrónica, es decir, tendría el mismo periodo de rotación del planeta, con indudables ventajas en materia de comunicaciones y meteorología.

La Órbita Geoestacionaria más que un concepto teórico, se convierte para los países ecuatoriales como Colombia, en patrimonio soberano y recurso valioso. Por ello, no es casual que en Bogotá en 1976, tuviera lugar una reunión internacional para tratar este tema, convocada por Colombia a los demás países que fueran beneficiarios de la mencionada órbita. Fue así como delegados de Ecuador, Brasil, Gabón, Congo, Indonesia, Kenia, Somalia, Uganda, Zaire y Colombia, suscribieron la llamada Declaración de Bogotá, que considera a la órbita geoestacionaria un recurso natural, sobre el cual los países ecuatoriales tienen derecho a ejercer soberanía. Por lo mismo, tampoco resulta extravagante que la órbita geoestacionaria, aparezca en la Constitución Política de Colombia, como parte esencial del territorio, es decir una porción del espacio en donde se ejerce plena soberanía. En la práctica, esta envidiable zona es aprovechada por las potencias espaciales, siguiendo las disposiciones de la UIT (Unión Internacional de Telecomunicaciones)

Es posible que la intención del señor Clarke, no fuera pensar en las ventajas para los países en desarrollo, ni siquiera en las posibilidades de las comunicaciones para el Imperio Británico, sino que se originara en la curiosidad humanista de la ciencia, en la oportunidad de convertir ideas en leyes y postulados, con validez para toda la humanidad. En todo caso, si algún día un satélite colombiano logra aprovechar esta condición natural, será en buena parte, gracias al señor Clarke, un hombre visionario en toda su dimensión. La Comisión Colombiana del Espacio, constituida en el año 2006, en su página en Internet, reconoce a Arthur C. Clarke su importante contribución científica.

Puede que, como suele decirse de los buenos difuntos, el señor Clarke se haya ido al cielo, literalmente a la órbita geoestacionaria, que en el momento de su deceso, no se haya transmutado en un monolito impenetrable y misterioso como el descrito en 2001, sino en una partícula etérea girando al mismo compás de este planeta. Quizás ahora tenga mucho más sentido el nombre de órbita Clarke, que algunos dieron en su momento a la tan profusamente mencionada órbita sincrónica.

Al menos esta posibilidad, medio científica, medio religiosa, medio etérea, medio metafísica, sería la más atractiva para el mismo Arthur Charles Clarke, quien probó sus adustos postulados, pero quien seguramente gustaba más de las especulaciones literarias, no menos serias, pero con la ventaja de ser más entretenidas que las teorías físicas o matemáticas. Esa siempre será la ventaja de la ficción y sus apóstoles.

1 Afirmación que no compartirán los seguidores de la saga de la GUERRA DE LAS GALAXIAS, la cual en mi concepto no pasa de ser una pomposa y rutilante fantasía, una fábula medioeval que toma el ancho espacio como escenario, pero es ajena al espíritu de la ciencia-ficción.

© Dixon Acosta
(711 palabras)