Especial Undécimo Aniversario
¿Cuál es tu precio?
Especial Undécimo Aniversario
por Jesús Poza Peña

En cierto episodio de Los Simpson, Homer se acerca al expositor de un automóvil en una feria del sector, echa una firmita para participar en el sorteo de un coche de ese modelo y le dice a la relaciones públicas que lo promociona: ¿vas incluida en el precio? Probablemente la pregunta que Homer tenga que hacerle a la chica dentro de un tiempo sea: ¿cuál es tu precio?

Los japoneses parecen entusiasmados con las Tres Leyes de la Robótica, de hecho uno de sus más famosos modelos se llama Asimo. A menudo se muestran imágenes de estos ingenios en las noticias, acompañados inevitablemente por alguna nívea belleza oriental vestida de azafata. Estos émulos de Mazinguer Z ya pueden subir escaleras, tocar instrumentos musicales, bailar e incluso fingir dolor para mayor placer de los médicos estomatólogos. Sin embargo es bastante probable que otro tipo de robots acabe acaparando este prometedor mercado. Hace poco nos desayunábamos con la noticia de que era posible almacenar memoria en un cultivo de neuronas, hecho que abre las puertas a la creación de cerebros artificiales en un plazo no tan lejano. La biotecnología amenaza con ser la revolución del siglo XXI, en sustitución de las tecnologías de la información.

No me cabe la menor duda de que los japoneses seguirán haciendo robots cada vez mejores, y más pequeños, por supuesto. Muy parecidos a aquellos cylones de la vieja serie Galáctica: Estrella de Combate, con su lucecita roja estilo El Coche Fantástico en lugar de ojos. Estoy seguro de que el accesorio chuchillo-degüella-seres-humanos será muy útil a la hora de hacer las rebanadas de pan para el desayuno, ¿pero no sería mucho mejor que en lugar de un monstruo de cables, plástico y acero, fuera Tricia Helfer, protagonista de la nueva versión de la serie, quien te trajera el desayuno a la cama?

La robótica está haciendo el recorrido de EL HOMBRE BICENTENARIO por dos caminos paralelos. Por un lado la robótica tradicional con sus servomotores, chips de silicio y fuentes de alimentación, por otro la biotecnología que crea células madre, cultiva piel, reimplanta extremidades amputadas y persigue la clonación humana. Un robot orgánico no imita los movimientos humanos, los posee en su código genético y en su cerebro hecho de dendritas y neuronas. De hecho un robot orgánico sería como la Bliss de LOS LÍMITES DE LA FUNDACIÓN capaz de comer y de realizar cualquier otra función biológica. Incluido, antes de que me lo pregunte, el sexo. Y no hay que olvidar que los replicantes de K. Dick se dedicaban fundamentalmente a ser soldados, trabajadores no cualificados y prostitutas. Ya hay robots-soldado que han participado en acciones bélicas en Irak, y modelos capaces de recoger a los militares humanos caídos en el frente y trasladarlos al hospital de campaña.

Seguramente los robots del futuro tendrán el físico de famosas estrellas de Hollywood o supermodelos de Victoria’s Secret. Me temo que en el mundo real un trasto con el aspecto del pobre R2 D2 sólo servirá para limpiar el salón. Y no es que Mitsubishi o Pfizer vayan a clonar a Angelina Jolie y vender sus réplicas por Ebay; cada comprador podrá elegir un modelo adecuado a sus necesidades: más alta, más baja, con tales o cuales medidas… No vendes a la actriz (o al actor) vendes la imagen de la actriz. Y, si bien es verdad que no se pueden comprar ni vender personas, la imagen de una persona sí es posible comercializarla: sólo hay que echar un vistazo a cualquier anuncio de marcas deportivas en la tele, o esos muñecos de EL SEÑOR DE LOS ANILLOS que se venden con el semblante de los protagonistas de la versión cinematográfica de Peter Jackson. La imagen vende, todo depende de cuanto estés dispuesto a pagar.

No deseo entrar a discutir sobre los dilemas morales derivados de esta posible industria, daría para un libro entero de especulaciones. Pero estoy seguro de que en cuanto aparezca el primer modelo de este tipo de robots los moralistas de todas las esquinas políticas del planeta se apresurarán a explicarnos lo poco que nos conviene elegir por nosotros mismos y lo bueno que es para la humanidad hacerles caso a ellos. Seguramente a algunos les parecerá que los robots orgánicos son aberraciones que imitan la vida humana y que no deberían existir, por otra parte surgirán aquellos que enseguida decidan que las tostadoras son tan humanas como los humanos y que todos tenemos los mismos derechos, en un intento de laminar la industria robótica en el mismo sentido en que el Proyecto Gran Simio pretende acabar con la farmacológica.

Por mi parte prefiero decidir por mí mismo, así que esperaré a ver qué hay. Si lo que ofrecen gusta, compraré; como todo el mundo, y si lo que ofrecen no gusta pues se arruinarán, como ha pasado siempre. La sociedad evoluciona de manera natural, por sí misma, incluso a pesar de los políticos. Desde luego, yo a Asimo no me lo llevo a casa ni loco, menudo trasto, a mí que me preparen una Vanessa Lorenzo.

© Jesús Poza Peña
(848 palabras)
Jesus Poza es escritor y colaborador del Sitio de Ciencia-ficción.