Especial Undécimo Aniversario
¿Desea ser usted humano, señor Asimo...?
Especial Undécimo Aniversario
por Guillermo Ríos Alvarez

Detective Spooner: Los seres humanos tienen sueños. Incluso los perros tienen sueños, pero no tú, tú eres tan solo una máquina. Una imitación de la vida. ¿Puede un robot escribir una sinfonía? ¿Puede un robot convertir… un tarro de pintura en una bella obra maestra?

Sonny: ¿Puedes tú?

No puedo evitar pensar en el diálogo precedente entre el humano tecnofóbico Spooner y el robot antromórfico Sonny, de la película YO, ROBOT, al revisar las notas de prensa y los YouTubes sobre Asimo, el robot japonés antropomórfico capaz de caminar de manera mucho más natural que ningún otro autómata hasta la fecha. En la realidad, deberíamos añadir, porque nuestro imaginario está impregnado por robots humaniformes de todo tipo. Entre los más prominentes del cine deberíamos citar a Futura/Parodia en METRÓPOLIS, a Gort en ULTIMÁTUM A LA TIERRA, al estirado C3PO en LA GUERRA DE LAS GALAXIAS, y recientemente al mencionado Sonny de YO, ROBOT.

Bien mirado, es sorprendente el empeño en construir robots antropomórficos, toda vez que un análisis concienzudo revela que la forma humana, si bien se mostró evolutivamente poderosa en el alba de la Humanidad, no responde en lo absoluto a las necesidades adaptativas de un mundo hipertecnologizado como el nuestro. Podríamos decir, remarcando la verdad con ironía negra, que tanto a un astronauta en gravedad cero como a un adicto a Internet le sobran las piernas… De este modo, ¿para qué querría un robot, si pudiera elegir su propia forma, adoptar la humana…?

Si aceptamos al robot en su cruda acepción etimológica de trabajador en checo, y le añadimos el rótulo de artificial para separarlo del obrero humano, entonces deberíamos concluir que el robot más funcional sería una CPU con un brazo mecánico adosado. Y ésta es justamente la forma de los robots en las factorías de ensamblaje de automóviles, o del brazo mecánico que llevan implementados los transbordadores espaciales. Lo mismo valdría para un robot violinista, o un software ajedrecista como Deep Blue. Hay como una intuición de esto en MÁTRIX: los robots centinelas responden justamente al esquema CPU + brazo, y tienen no forma humana, sino de calamar, mucho más apropiada para su función de to search and destroy.

¿Por qué entonces ese empeño en darles forma humana a los robots? Se me ocurre una sola respuesta: chauvinismo. Queremos que los robots sean funcionales a nosotros, y eso incluye agradables a la vista, a la nuestra y no a la de ellos. No creo que sea una casualidad que en Star Wars, el humaniforme C3PO sea un robot de protocolo, mientras su compañero R2D2, el robot de apoyo logístico, tenga forma de grifo de incendios ambulante. Hubo una época en que ese aspecto humano del trabajador artificial era repugnante, como le ocurrió a Víctor Frankenstein cuando creó a su monstruo (el cual, de cierto modo, es el primer robot) pero para el señor Tyrrell, sucesor espiritual de Víctor Frankenstein que se hizo su agosto fabricando unidades Nexus en serie, en la película BLADE RUNNER, la idea de humanoides artificiales haciendo el trabajo servil era sumamente atractiva, aunque no fuera más que por el dinero que las factorías de pseudohumanos pudieran dejar en sus bolsillos. C3PO, como buen androide de protocolo, no podía rebelarse, pero en cambio el Roy Beatty, de BLADE RUNNER, se lo toma de manera muy distinta, con las consecuencias bien conocidas por quienes hayan visto la película.

Supongamos ahora que un robot a quien su creador humano ha condenado a una forma también humana, en vez de construirlo como un ágil y funcional calamar, toma conciencia y se enfrenta a la opción de decidir si debe imitar a los humanos o rechazarlos. ¿Qué haría entonces? La respuesta de Skynet o del Arquitecto, las supercomputadoras de TERMINATOR y MÁTRIX respectivamente, es clara: lo humano es tecnológicamente obsoleto y debe ser abolido. Y en verdad, ¿por qué debería ser de otra manera? Los seres humanos se la pasaron todo el siglo XX y todo lo que va del XXI, tratando de deshumanizarse, desindividuarse y convertirse en masa, sean éstas masas de compradores compulsivos en multitiendas, o cuadros sin rostros alineados detrás de un Führer que los llevará a un destino transhumano. Las obras del siglo XX están plagadas de humanos negando su condición y jugando a ser rinocerontes (EL RINOCERONTE de Eugene Ionesco) zombies (las películas de George Romero) cabletas enchufados a un software (MÁTRIX) … En algún punto del camino en que los robots se humanizan cada vez más, y los humanos por el contrario se hunden en la pendiente de la automatización y la robotización, llegaríamos a converger en un punto en el cual, como en la película YO, ROBOT, coincidan un robot como Sonny, capaz de verdaderas emociones humanas, y un humano como Spooner, incapaz de componer una sinfonía. ¿Y después…?

La cuestión es: si los propios Creadores tratan de renegar de su condición o se ven arrastrados a dicha renegación, ¿por qué iban los robots, las Criaturas, a asumir esa condición humana que sus propios detentadores consideran como deplorable? Y en verdad, nosotros los humanos hicimos lo mismo. Tuvimos nuestro origen en el Africa del Paleolítico, pero luchamos durante miles de años para salir de Africa y superar la Era Paleolítica, y no hay razón por la que querríamos volver a alguna de las dos cosas en la actualidad. Asimismo, un robot del futuro que hubiera cobrado conciencia de sí mismo, podría decir que tuvo su origen en el Japón Ciberespacial, pero si aprovechando su potencial tecnológico superior llega hasta, digamos, Alfa Centauri y la Era Gravitónica… ¿para qué querría volver a su cuna? Para esos robots, lo humano sería algo superado, quizás extinto, que visitarían en los museos robóticos o en galerías virtuales, o lo que sea que utilicen para recordar el pasado, si es que acaso llegan a considerar que el pasado merezca en verdad la pena de ser recordado. Esos robots claramente renegarían de la condición humana, y harían bien, porque si llegan a tener rasgos humanos, no se debería a su voluntad, ni siquiera a una adaptación a su entorno, sino a la mochila evolutiva que nosotros pondríamos sobre sus espaldas, del mismo modo que nosotros cargamos la mochila evolutiva de nuestro pasado prehomínido.

Así, ante la pregunta de hasta dónde nos llevará la Robótica en el arte de hacer humanos a los robots, quizás sería interesante formular otra: en verdad, ¿desea ser usted humano, señor Asimo …?

© Guillermo Ríos Alvarez
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Guillermo Ríos es escritor y colabora en el blog Tribu de Plutón.