Especial Undécimo Aniversario
¿Aún conservas tus brazos?
Especial Undécimo Aniversario
por Sergio Mars

Qué monos los robots antropomorfos, es decir, los androides de toda la vida; hay que ver lo bien que nos imitan. Si ya lo decía el tito Asimov: un robot como Dios manda debe tener sus dos brazos, sus dos piernas y una cabeza positrónica bien asentada sobre los hombros. Porque todos sabemos que la forma humana es la más refinada expresión de perfección biomecánica que la naturaleza ha sido capaz de producir en tres mil y pico millones de años de evolución.

Humm, no sé... Aquí falla algo. La forma humanoide tiene sus ventajas, sobre todo si queremos hacer muchas cosas distintas, pero donde esté la especialización para un trabajo en concreto que se quiten todos los generalistas del mundo. Se podría decir que más vale maña que versatilidad. Un robot diseñado para fijar remaches, que con mucha imaginación pueda parecerse a la mitad anterior de una mantis religiosa, será capaz de realizar su tarea como doscientas veces más rápido que otro que se vea obligado a asir con cinco deditos la remachadora manual y que para más escarnio tenga que arrastrar un cuerpo inútil detrás. De modo que, ¿cuál es el interés por fabricar androides? La verdad es que como reclamo publicitario son perfectos. Ya estamos acostumbrados a convivir con robots con formas mecánicas, hasta el punto que ya no son noticia, pero un robo-perro aún hace que la noticia se esparza por la red como un virus, y no digamos ya un robo-hombre. Lástima que en esencia sean inútiles. O tal vez no.

Hagamos un ejercicio de abstracción, quedándonos con las partes. ¿A que en seguida surge un uso claro y evidente para un brazo o una pierna artificial? De hecho, la robótica y la protésica van evolucionando de la mano (perdón por el chascarrillo). Ya disponemos de manos artificiales con suficiente fuerza para sujetar un vaso lleno de agua y la delicadeza necesaria para coger un huevo sin cascarlo; y no sólo en condiciones de laboratorio, ese tipo de prótesis ya se están implantando. ¿Qué tal ahora jugar con la idea de sustituir dos piernas amputadas (por encima de la rodilla) por sus equivalentes mecánicas? ¿A que la androica ya no parece un campo de investigación tan caprichoso?

Tampoco es que esto sea novedoso. Desde el Hombre de los Seis Millones de Dólares hasta Terminator estamos hartos de ver cíborgs. Sin embargo, pensando un poco en la evolución (científica y social) de esta tecnología, aparecen cuestiones intrigantes. ¿Qué pasará cuando el émulo sea a todos los efectos mejor que el original? Ya se han suscitado polémicas por atletas que corren con prótesis trans-tibiales de fibra de carbono y cuyos tiempos los hacen competitivos con sus compañeros capacitados. Si metemos en la ecuación motores y control informático, no resulta arriesgado aventurar que pronto los auténticos minusválidos (tomando el término de forma literal) serán quienes conserven todas sus extremidades por defecto. Si a esto añadimos la posibilidad de utilizar recambios especializados para distintas funciones, el retrógrado que se empeñe en conservar sus miembros lo podría tener crudo para encontrarse un trabajo que implique cualquier tipo de trabajo físico. Un compañero podría preguntarle, entre solícito y asombrado eso de, ¿aún conservas tus brazos?

Por supuesto, estas modificaciones no serían necesarias para acceder al mercado laboral en puestos que impliquen un esfuerzo eminentemente cerebral, así que podríamos estar tentados de especular con una división por clases, entre una masa obrera robotizada y una élite intelectual pura. Sin embargo, esto sólo pasa en las novelas. Los primeros que se lanzan sobre cualquier nueva maravilla tecnológica suelen ser los que menos la necesitan (y los que pueden permitírsela a precio de novedad). Además, fuera del campo laboral, las posibilidades de la protésica robotizada también son infinitas (¿qué tal, por ejemplo, utilizar el interfaz neuro-electrónico para conectarse directamente con la moto y conducirla como quien hace footing?).

Pero bueno, no nos despidamos demasiado pronto de nuestras buenas y viejas extremidades, que las prótesis tienen un problema muy grave. Después de todo, si se te acaba la gasolina del coche o el mando a distancia se queda sin pilas no es el fin del mundo, pero si tu único sistema de locomoción se avería andas listo. La carne será poco útil, pero segura.

Ahora bien, ¿y si nuestras prótesis pudieran funcionar con la energía que produce nuestro propio cuerpo? ¿Y si, como las células, pudieran hidrolizar el ATP, donde almacenamos la energía química, y transformar la energía de ruptura del grupo fosfato en trabajo mecánico? Aquí estaríamos hablando de mecanismos diminutos, quizás tan pequeños como células, o incluso menores: músculos artificiales formados por fibras de titanio tensadas por micromotores catalíticos, huesos que respondan de forma dinámica a las tensiones, arcos reflejos superconductores capaces de multiplicar por mil nuestra velocidad de reacción; nanoprótesis robóticas ocultas por la piel, mejorando y conviviendo en armonía con la materia orgánica para la que en un tiempo fueron pobres sustitutas.

Por ahora, sin embargo, sólo tenemos robots que andan y dan la mano. Sin embargo, quizás convenga empezar a preguntarnos, cuando respondamos a su saludo, cuál de las dos extremidades, la robótica o la orgánica, llegaremos a considerar como más nuestra.

© Sergio Mars
(866 palabras)
Sergio Mars es escritor y articulista.