Especial Undécimo Aniversario
Robots
Especial Undécimo Aniversario
por Rubén H. Mileca

Desde muy pequeño me sentí fuertemente atraído por la tecnología. Hasta las más espantosas maquetas de esa época —vistas con los ojos actuales— me hacían clavarme a la silla delante del televisor en blanco y negro. Con el ímpetu de la infancia fuí consumiendo todo tipo de programa científico, pseudocientífico y de fantaciencia. Puedo decir, hasta con cierto orgullo, que todas las etapas claves de mi vida fueron marcadas a fuego por ese algo que hasta hoy, pasados ya 56 años, puedo asociar con lujo de detalles un evento y una edad.

Recuerdo una serie de figuritas de fantaciencia, de esas que se compran en un sobre cerrado y se pegotean en el álbum. Cierro los ojos y aún veo las que más me llamaron la atención. Ese álbum de figuritas relataba lo que iba a suceder en el año 2000. Recuerdo que mostraba a los robots dirigiendo el tránsito, cocinando y como profesores universitarios.

Hoy, ya un poco pasadito el umbral de ese ansiado 2000, acabo de ver unos robots japoneses tocar el violín y subir escaleras. Si esto lo hubiese visto entre los diez y veinte años, estoy seguro que hubiese llorado de la emoción.

Pero... yo también fui creciendo a la par de la tecnología, metido en ella de piés a cabeza. Comencé con la electrónica, audio, tv, radio, etc, luego con los microprocesadores y la programación, a lo que me dedico actualmente. Comencé una vez a programar en un lenguaje de inteligencia artificial llamado PROLOG, para chusmear un poco sobre esa ignota rama que es la AI. Pero lamentablemente distaba mucho de lograrse algo realmente usable a fines prácticos en la robótica. el PROLOG tenía la capacidad de autoaprendizaje, pero no la capacidad de inferir.

Hoy, tal vez con cierta autoridad, puedo decir que aún estamos muy lejos de que estos robots, joyas de la ingeniería mecánica, sirvan para algo más que una demostración de coraje tecnológico. Paso a explicar:

Un ojo humano es como una cámara sofisticada, con enfoque automático, visión estereoscópica, a colores, usa la persistencia y todo reducido a un espacio pequeño. Ambos son capaces de capturar una imagen o una secuencia de ellas. Hasta acá no hay diferencias sustanciales.

Un cerebro electrónico moderno, construido con los más veloces microprocesadores, puede efectuar pattern recognition (reconocimiento de imágenes) en manera más o menos inteligente y veloz, pero SIEMPRE estará condicionado a la programación base que le dirá QUE cosa debe hacer según la interpretación de esos patterns.

Además, las imágenes capturadas pueden ser casi infinitas en su variedad, posición, luminosidad, color y distancia, aunque se trate de un mismo objeto. La capacidad de reconocer este tipo de diferencias y actuar en consecuencia es imposible de lograr con la tecnología actual. No hablemos entonces de la dificultad de analizar múltiples objetos relacionados y reaccionar en consecuencia, cosa que nuestro cerebro maneja con una agilidad asombrosa.

Ver y reconocer a nuestro vecino puede hacerlo también un robot, siempre contando con la tecnología actual, pero nuestro cerebro es en grado de reconocerlo también de muy diversas maneras: por su forma de caminar, por su voz, por su perfume, porque simplemente está parado delante de su puerta, por su altura, peso, y por cualquier otra característica particular. Igualmente estamos en grado de reconocerlo de noche, con lluvia, si lleva o no el sombrero, si se ha afeitado o está con la barba de varios días, o también si ha decidido dejarse crecer el bigote. Asimismo, observando su actitud podemos evidenciar si tiene algún problema, si su cara es alegre, triste, si está llorando o riendo. También podemos inferir sobre qué actitud tomar según su expresión, si lo debemos saludar normalmente, si le debemos dar de Usted, si le debemos preguntar si tiene algún problema, si lo podemos ayudar, etc.

La capacidad de inferir es lo que nos hace —a los humanos— prescindir de una programación previa. Simplemente con unos pocos instintos básicos al momento de nacer nos son suficientes para comenzar el proceso de aprendizaje. Sabemos que una cosa es mala o buena simplemente por analogía a alguna otra cosa similar.

Me acuerdo de una novela de Frank Herbert, DESTINO: EL VACÍO en donde trataban de construir una inteligencia artificial. En esta novela el autor hace frente a todos los problemas relativos a lo que hablo en este artículo.

Pienso en volcar toda esta capacidad en forma de programación y veo que es simplemente imposible. No es falta de capacidad de memoria, hoy podemos contar con terabytes en un espacio bastante reducido. Es simplemente la capacidad de inferencia-autoaprendizaje lo que hace imposible esta realidad. Nosotros, cuando éramos bebés, tampoco teníamos esta capacidad, sino que la fuimos desarrollando poco a poco. Nuestra madre nos diría ESE SEÑOR ES NUESTRO VECINO una sola vez, para que nosotros APRENDAMOS a reconocerlo en cualquier situación. Un robot podría, por ejemplo, aprende a reconocer nuevamente al vecino si alguien le dice que ese señor en la oscuridad, donde sólo puede apreciarse su entorno, ES el vecino. A nuestro cerebro no le hace falta eso, contamos con un motor de inferencia que nos dice, casi sin lugar a dudas que ES nuestro vecino. Al robot siempre le faltará esta herramienta fundamental que lo haría similar a nosotros.

Sobre los movimientos delicados que he visto en estos filmados, puedo asegurar que incluso contando con las herramientas hoy a nuestra disposición, pueden mejorarse notablemente. Veo sobre mi escritorio de trabajo un componente que mide 2mm x 4mm x 0.5mm Es un detector de aceleración de tres ejes (X, Y, Z) que mide aceleraciones hasta 6G (gravedades) y cuesta sólo tres euros, tengo en mi mano un componente MEMS (Micro Electronic Mecanical System) que mide 8mm x 8mm x 6mm, que mide el ángulo de rotación. Un micrófono SMD (Sourface Mounted Device) de 0,5mm x 1mm. Existen telecámaras de tamaños ínfimos y otros micromecanismos que nos permitiría construir un robot con movimientos casi humanos. Podría incluso tocar —programa mediante— el violín, como el que vimos en el vídeo, pero... ¿sería en grado de darle a la música el sentimiento que le daría Toscanini? ¿Sería en grado de componer música? ¿Sería en grado de hacerme emocionar hasta el llanto como cuando escucho el segundo movimiento de la tercera sinfonía de Beethoven?

Yo trabajo cotidianamente con lo más avanzado de la electrónica en cuanto a componentes. Normalmente recibimos muestras de casi todas las cosas nuevas e interesantes que salen al mercado, simplemente para ver qué se puede hacer con ellas, por esto creo tener cierta autoridad en la materia.

Lamentablemente estamos muy lejos de que estos simpáticos mecanismos puedan siquiera asemejarse a una simple abeja, o a la hormiga que pisamos sin darnos cuenta cuando descendemos del autobús. Es una verdadera pena, pero lamentablemente es así. Los célebres robots de Asimov quedan por ahora sólo en el maravilloso espacio virtual de la ciencia-ficción.

© Rubén H. Mileca
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Ruben H. Mileca es ingeniero en electrónica y colaborador del Sitio.