El fin del mundo del mes que viene
por Francisco José Súñer Iglesias

Los publicistas del «cambio climático» están empezando a ser cuestionados de una forma cada vez más crítica. Por un lado se considera que los métodos utilizados son, cuando menos, desmesurados: inflando cifras y datos, vaticinado catástrofes que serán, o no, pero que no hay forma de predecir con tanta exactitud y, sobre todo, creando un dogma milenarista e intolerante según el cual todo aquel que niegue el «cambio climático» es automáticamente anatemizado, considerado hereje y dado al brazo secular para que haga con él lo que convenga. La reciente sentencia de un juez británico respecto al sobrevalorado documental UNA VERDAD INCÓMODA, de Al Gore, es una muestra contundente de que esta no es forma de hacer las cosas, que por muy bienintencionado que sea, aplicar el método de Pedro y el Lobo es un disparate.

Por otro lado dentro de la comunidad científica, ante este estado de cosas, surgen voces que, cada vez con más fuerza, piden más rigor y menos manejo alegre de los datos, como el escandaloso asunto del gráfico del palo de hockey, el establecimiento de un debate científico serio, alejado de declaraciones ampulosas y, sobre todo, que algo que debe ser discutido por la comunidad científica no sea liderado ni dirigido por políticos o entidades con objetivos indefinibles.

La orientación interesada de la información sobre el origen del «cambio climático» es la principal causa de controversia. Es obvio que se está produciendo un cambio climático: el clima de la Tierra lleva cambiando, con ciclos más o menos cortos, desde que el mundo es mundo, la premisa falaz de todo este asunto es considerar el clima como algo estático que sólo puede modificar la acción del ser humano tecnológico, un argumento que cae por su propio peso cuando se habla de las glaciaciones, del periodo caliente durante la Edad Media, paradójicamente bastante más cálido de lo que se vaticina para el futuro próximo, ni la pequeña edad de hielo del siglo XVII.

Los lectores de ciencia-ficción estamos más que acostumbrados a lidiar con fines del mundo de todo tipo, desde los propiamente ambientales, como el descrito por John Brunner en el EL REBAÑO CIEGO, EL MUNDO SUMERGIDO, de Ballard, o LAS TORRES DEL OLVIDO, de George Turner, los nucleares, como en DEUS IRAE de Dick y Zelazny o EL CARTERO, de David Brin, las invasiones extraterrestres, como AMOS DE TÍTERES de Heinlein, o intraterrestres como LA GUERRA DE LAS SALAMANDRAS de Karel Capek, las biológicas, como MÚSICA EN LA SANGRE, de Greg Bear o SOY LEYENDA, de Richard Matheson. Incluso los que han llegado por pura y simple vejez, como cuenta Wells en LA MÁQUINA DEL TIEMPO o Vance en las Crónicas de la Tierra Moribunda. Con toda ese conocimiento sabemos que ningún fin del mundo es por decreto, es más, de todos ellos, los más preocupantes son los que se vaticinan en BOLA DE FUEGO, de Paul Davies, o en las películas DEEP IMPACT o ARMAGGEDON. Meteoritos gigantes capaces de acabar con el mundo tal y como lo conocemos en pocos segundos. Estos no darán lugar a especulaciones ni controversias. Se verán venir, y con demasiada nitidez.

Por lo demás, habiendo vivido un cambio de milenio, y comprobado cosas como que el desastroso efecto 2000 no fue para tanto, de hecho es más preocupante el efecto 19 de enero de 2038, que las crisis nucleares se han ido sorteando con bastante cintura, que la gripe aviar ha desaparecido como por arte de magia de las noticias (fue el fin del mundo del mes pasado), que en definitiva, los agoreros tienen en demasiadas ocasiones más de manipuladores interesados que de verdaderos profetas, este nuevo fin del mundo probablemente ya no esté de moda el mes que viene.

No obstante, no ser catastrofistas ni alarmistas no es lo mismo que no ser realistas: a nadie le gusta vivir en una pocilga, y cuidar del medio ambiente es, valga la frase, cosa de todos; la informática es una herramienta tan útil como delicada, hay que conocerla y saber usarla; mientras haya misiles nucleares y locos hay peligro de desatar los infiernos; las pandemias pueden llegar cuando menos se las espera. Hay que estar vigilantes (sin olvidar el cielo, por Tutatis), pero con calma, controlando la situación, porque el pánico y sus efectos en forma de legislaciones desquiciadas puede a llegar ser más catastrófico que cualquiera de estas amenazas.

© Francisco José Súñer Iglesias
(730 palabras)