La obra colectiva
por Francisco José Súñer Iglesias

La huelga de guionistas de cine y televisión en Estados Unidos me viene al pelo para discursear sobre una de mis fijaciones favoritas: el de la obra colectiva en contraposición a la obra de autor, entendiendo como obra de autor aquella en la que existe un único responsable, desde la idea original hasta la presentación final.

Hasta hace pocos años sostenía que de estos últimos casos apenas quedan unos pocos ejemplos, la complejidad de elaborar y dar a conocer una obra artística es tal que pocas personas, por si mismas y con su único esfuerzo, pueden poner en marcha y presentar un proyecto en condiciones de ser admirado como se merece. Pocos pintores muelen hoy día sus pigmentos y montan sus propios lienzos, pocos cantantes son a la vez competentes luthiers, algún escritor habrá con nociones de informática más allá de lo estrictamente necesario, y todos ellos, dependen a su vez de galeristas y editores para dar a conocer su obra al público.

Esto, como digo, hasta hace poco. Hoy día, y gracias a la electrónica y las tecnologías de la información (el conocimiento informático superficial pero suficiente se ha extendido desde la escritura al resto de las artes) muchos de estos proveedores/intermediarios han desaparecido, sustituidos no obstante por otros transparentes, que no influyen para nada en el aspecto final de la obra. En ese sentido el autor si puede asegurarse el control total sobre el resultado final que quiere presentar a su público: fechas, formato, aspecto, etc., etc.

En realidad, una vez hecha pública la obra, lo único que se pierde por parte de todos, y para regocijo del público, es el control sobre la distribución de la misma.

Ante esta situación, está la obra colectiva. Como en todo proyecto, alguien pone la idea original, esa idea se enriquece, se visualiza, se construye y, de nuevo, se lleva hasta el público. Durante el enriquecimiento y construcción de la idea interviene una cantidad ingente de talentos, para nada despreciables, que en demasiadas ocasiones son ignorados en beneficio de quienes finalmente dan la cara: léase actores y director en el caso del cine y la televisión, músicos-actores en el caso de la música, o nombres convertidos en marcas registradas en el caso de la literatura más comercial.

Es en la obra colectiva, pues, donde el mero hecho de que falle uno de sus pilares hace que todo el edificio se derrumbe, o al menos no pueda construirse al ritmo deseado. El caso de los guionistas es paradigmático, si nadie escribe historias no hay historias que contar, del mismo modo que si nadie las filma el representarlas sólo sirve de ensayo. Un músico privado de su técnico de sonido nunca podrá conseguir la brillantez optima para su composición, por no hablar de resultaría extraordinariamente complicado representar un concierto-espectáculo sin que un especialista diseñe el juego de luces y otro estudie minuciosamente las condiciones sonoras del local.

En el mundo de la literatura el asunto es menos conocido, y peor aún, menos comprendido. Cualquier ayuda externa al escritor es tomada como una herejía infame: escribirás rasgando el papel con tus uñas y te quemarás las pestañas a la luz de cien mil velas antes que dar motivos a nadie para acusarte de haberte ayudado de negros. Dejémonos de niñerías románticas. Un buen libro, bien documentado, bien estructurado y bien narrado puede salir, sin duda, de la mente de un solo autor, pero será más fácil que el resultado final sea satisfactorio para todos (principalmente para el lector) si esa documentación se ha recopilado por un grupo de expertos, se ha estructurado en equipo, se ha redactado contando con buenos narradores y se ha corregido finalmente por un mejor conocedor de la lengua en la que se haya escrito. No hay nada objetable a ello. Se quiere un buen libro, no rendir culto a un nombre.

En resumen, cuando se habla de tal o cual artista, ponderando sus virtudes y cualidades, hay una que nunca se debe olvidar, y quizá es la que se debería poner por delante de todas las demás: su inteligencia al haberse rodeado de un equipo con el suficiente talento como para garantizar el éxito de la obra.

© Francisco José Súñer Iglesias
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