La «arrogancia galáctica» de Isaac Asimov
por Eduardo Robredo Zugasti

La trilogía de la Fundación (FUNDACIÓN, FUNDACIÓN E IMPERIO, SEGUNDA FUNDACIÓN) forma parte de un más amplio Ciclo de la Fundación a su vez englobado en la Saga de la Fundación. En total, unos 16 volúmenes escritos entre 1942 y 1992. Es cierto que el estilo predominante en la saga resulta algo deslavazado y prosaico, que escasean las descripciones detalladas, que los diálogos no pasan de ser modestamente funcionales, o que apenas se encuentran grandes pasiones amorosas, pero no es menos significativa la peculiar ceguera que tradicionalmente han mostrado muchos críticos literarios para captar el meollo dialéctico de la narración y terminar despistándose en los lugares más accesorios de la trama. Por eso creo que merece la pena acercarse a sus claves filosóficas, científicas e históricas desde una perspectiva que excede con mucho a la crítica textual o literaria.

La Fundación es una institución científica apoyada por un hipotético Imperio Galáctico futuro que contiene unos 20 millones de sistemas estelares administrados desde su centro político en Trántor. Hari Seldon, el principal psicohistoriador (el término psicohistoria tal y como lo emplea Asimov tiene, por cierto, un significado muy diferente a la psicohistoria académica) predice el fín del Imperio y el inicio de una era de barbarie de treinta milenios, que podrían acortarse gracias a un plan elaborado con las leyes psicohistóricas:

Es una predicción hecha por las matemáticas. No hago ningún juicio moral. Personalmente, lamento la perspectiva. Aunque se admitiera que el imperio no es conveniente (cosa que yo no hago) el estado de anarquía que seguiría a su caída sería aún peor. Es ese estado de anarquía lo que mi proyecto pretende combatir. Sin embargo, la caída del imperio, caballeros, es algo monumental y no puede combatirse fácilmente. Está dictada por una burocracia en aumento, una recesión de la iniciativa, una congelación de las castas, un estancamiento de la curiosidad... y muchos factores más. Como ya he dicho, hace siglos que se prepara y es algo demasiado grandioso para detenerlo.

FUNDACIÓN

Para asegurar el éxito del plan, Seldon establece dos Fundaciones, una a cada extremo de la galaxia. La primera está esencialmente centrada en los presupuestos físicos y tecnológicos de las ciencias naturales (en particular, la energía atómica) mientras que la segunda, la más importante, tiene que ver más con las ciencias del espíritu, que la imaginación del autor convierte en ciencias del poder mental, incluyendo facultades bastante extraordinarias e incluso extracientíficas vistas desde nuestro paradigma. Aquí, por cierto, aparecen esos límites siempre borrosos entre el género fantástico y la ciencia-ficción de hecho, Asimov llega a introducir la hipótesis Gaia en Los límites de la fundación, otra idea que está muy lejos de reunir el consenso científico.

No puede pasarse por alto la fecha de publicación de las primeras novelas de la Fundación, situadas más o menos en los inicios de la guerra fría, cuando el orden mundial comenzaba a dividirse nítidamente entre el poder de dos imperios alternativos a ambos lados del telón de acero. En este contexto de posguerra, y en plena ansiedad atómica, no era muy previsible un orden geopolítico independiente de la pax imperium. El universo administrado por Trántor se ordenaba en torno a este centro capaz de irradiar su influencia cultural, económica y militar hacia todos los puntos de la galaxia, una especie de trasunto ficticio de la Roma imperial (de hecho, el principal punto de referencia histórico empleado por Asimov es HISTORIA DE LA DECADENCIA Y CAÍDA DEL IMPERIO ROMANO, de Edward Gibbon) Fuera de este escrutinio imperial, parecía que sólo podía vislumbrarse anarquía.

Las influencias recibidas por las principales corrientes políticas de la época se dejan notar tanto en el diseño de la psicohistoria como en la estructura política del Imperio Galáctico. Por ejemplo, la pretensión del Plan Seldon de acortar los años de anarquía resulta ser virtualmente paralela a las visiones marxistas de una futura sociedad socialista precedida por una fase de anarquismo inicial donde, como solía recordar Popper, los revolucionarios serían capaces únicamente de aliviar los dolores del parto histórico. Asimismo, las crisis del Plan recuerdan también a las crisis del capitalismo pronosticadas por Marx y sus discípulos desde mediados del siglo XIX al penúltimo momento crítico de los mercados asiáticos en 1998.

Es interesante advertir la similitud de la psicohistoria con las principales tesis del romanticismo y el idealismo alemán. Al fín y al cabo la propia futurología del materialismo histórico resultó de una suerte de vuelta del revés del espiritualismo romántico, en donde los individuos también desaparecían dentro de la gran substancia universal: Las fuerzas más profundas económicas y sociológicas no son dirigidas por hombres aislados. Para los románticos, las individualidades históricas sólo eran singularidades en el sentido de que sabían dinamizar un espíritu de la época que les desbordaba. Para Hegel, esta substancia se identificaba con el Espíritu Objetivo, allí donde los marxistas hablaban del proletariado como clase universal. Como el científico hegeliano, Seldon y la psicohistoria son capaces de desvelar los contenidos de la providencia, si bien aún se reserva un pequeño margen de libre albredrío a los individuos (a la manera como el jesuita Luis de Molina creía poder salvaguardar la libertad individual, sin perjuicio de la ciencia media del creador)

El Plan Seldon es, en resolución, una obra monumental de ingeniería política guiada por la ciencia mental (con una religión straussianamente controlada por la clase dirigente) cuyo propósito consistía en desarrollar un tipo de civilización completamente diferente a cualquiera establecida hasta el momento y —ante todo— que jamás hubiera podido surgir espontáneamente. Una suerte de arrogancia galáctica proyectada después del final de los tiempos (modernos) aunque también podría considerarse la culminación ficticia de las utopías positivistas del siglo XIX.

© Eduardo Robredo Zugasti
(1.161 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Tabula Rasa el 5 de septiembre de 2007