La (improbable) excelencia tecnológica global en las historias de ciencia-ficción
por Mario Moreno Cortina

Nosotros sólo disponemos de mijo y rifles en los que confiar, pero la historia demostrará que éstos son más poderosos que los aeroplanos y los tanques de Chiang Kai-shek.

Mao Zedong (citado en MAO, de Philip Short)

Todos nacemos con algún defecto de nacimiento que, con permiso de la cirugía plástica, nos acompaña hasta el día de nuestra muerte. Sin ir más lejos, el dedo anular de mi pie izquierdo nace un centímetro más atrás que el resto. Son cosas que ocurren y no tienen mayor importancia que la que nosotros queramos concederle. El género de ciencia-ficción nació como resultado de diversos vectores culturales y sociales y, aunque fue un parto sin dolor, sí que llegó al mundo con algún que otro fallo de nacimiento que, no creo que sea mucho pedir, debería irse curando con el tiempo. Porque, de la misma forma que mi dedo zopo no me impide caminar y puede ayudar a mi mujer o a mi madre a identificar mis restos algún día, algunos de los atavismos que arrastra la ciencia-ficción la impiden crecer alcanzar la edad adulta.

Algunos de esos fallos estructurales son el antiintelectualismo visceral, la excesiva dependencia de las Ciencias duras en detrimento (y más frecuentemente con absoluta exclusión) de las sociales y eso que hemos denominado en el título excelencia tecnológica global. Dejaremos los otros dos para otro día por diversas razones y nos centraremos en la última.

Me he inventado esta tonta expresión para definir esas visiones del futuro, tan frecuentes en las historias de ciencia-ficción, en las que toda la sociedad humana vive al máximo de las posibilidades tecnológicas del momento. Cualquier nuevo gadget tecnológico sacado de la chistera de los ingenieros pasa a formar parte inmediatamente de la vida diaria. Se trata del resultado lógico de la asunción acrítica del paradigma decimonónico del Progreso. Porque, como apuntábamos antes, la ciencia-ficción nació en un momento socio-político-económico determinado: la Europa finisecular que veía ya la Revolución Industrial asentada y, como un adolescente que ha llevado a su primera chica al asiento de atrás del coche, creía que todas las posibilidades se abrían ante ella. Los espectaculares cambios sociales que habían provocado los adelantos tecnológicos en campos como la Medicina y la Ingeniería deslumbraron a una generación cuya infancia se había alumbrado con candiles y que moriría viendo al hombre pasear por la Luna. La natural candidez de la mente humana supuso no sólo que ese camino sería eternamente ascendente, sino que la prosperidad alcanzaría a toda la Humanidad. Si en los 50 habíamos alcanzado la órbita de la Tierra y en los 60 la Luna, nada podría impedir que en los 90 escaláramos el monte Olimpo en Marte y, a partir de ahí, el Universo sería poca cosa para nosotros.

Pero no ha ocurrido así, ¿verdad que no? Todavía hay quien no puede entender por qué en 2007 no hemos colonizado medio Sistema Solar, por qué no se han erradicado las principales enfermedades en el mundo, por qué no podemos viajar a China en un par de horas… Razonamos como el adolescente relajado y feliz que se fuma su cigarrillo de después en el asiento de atrás, como si no nos hubiéramos fumado ya muchos cigarrillos como ese, como si no hubiéramos tenido gatillazos, desilusiones y portazos en las narices. Como si no fuéramos ya hombres adultos que hace años que no usan el asiento de atrás del coche.

La Tecnología y las ciencias físicas no tienen aún respuestas para eso, pero la Biología es una ciencia mucho más vieja y madura y tiene respuestas adecuadas y maduras para ello. Háganme caso y lean a un tipo llamado Stephen Jay Gould. Gould era paleontólogo (hasta su muerte en 2001) y es famoso por estupendos ensayos de divulgación científica como EL PULGAR DEL PANDA, OCHO CERDITOS o LA FALSA MEDIDA DEL HOMBRE. En el ámbito científico profesional es co-responsable de la teoría del equilibrio puntuado. El paradigma neodarwinista imperante dice que la evolución funciona con pequeños microcambios que se acumulan paulatinamente en las especies; sin embargo, Gould y Niles Eldredge propusieron en 1972 una idea nueva: quizá la evolución no actuaba constante y pacientemente, sino en abruptos y cataclísmicos periodos de cambio rápido seguidos de largos periodos de estabilidad. Actualmente, la Biología debate esta cuestión.

¿Se han planteado en alguna ocasión que quizá en el progreso tecnológico actúa también el equilibrio puntuado? Quizá determinadas condiciones socio-políticas como la disponibilidad de capitales, necesidades derivadas de condiciones medioambientales (por mencionar dos ejemplos sin pensar demasiado) impulsan la investigación y propician la aparición de grandes avances en períodos cortos de tiempo. Según esto, al desaparecer estas condiciones, el impulso creador se frenaría y entraríamos en un período de estasis. Creo, además, que esos períodos de avance y estancamiento están gobernados por dos principios: la idoneidad y la rentabilidad.

Idoneidad es la adecuación de una determinada tecnología al cometido para el que fue pensada. Tengo la convicción de que una vez llegado a cierto nivel de ideoneidad, el progreso se frena. Por ejemplo: una vez desarrollada una cuchara ¿para qué seguir investigando? Funciona bien y es barata. No esperen nuevas noticias en el campo de la Cucharística.

Rentabilidad es un término claro que todos entendemos. Hay ocasiones en que la tecnología no ha llegado al estado de idoneidad en la cobertura de una determinada necesidad, pero la inversión necesaria en salvar el siguiente escalón es tan elevada que resulta inviable durante un largo periodo de tiempo porque resulta infinitamente más barato hacer las cosas al viejo estilo. Un buen ejemplo lo estamos viendo todos los días. El nivel tecnológico de los cohetes rusos es muy bajo en comparación a la tecnología americana y europea, y sin embargo están resultando ser más seguros, baratos y fiables que esas inútiles monerías llamadas transbordadores espaciales. Parece que durante un tiempo se seguirán utilizando cohetes para poner material en órbita.

La literatura de ciencia-ficción (con honrosísimas excepciones) no parece atender a estos principios con mucha frecuencia porque gran parte de los escritores del género tienen la mentalidad del adolescente del que hablábamos más arriba. Intentar comprender más la forma en que la tecnología evoluciona y afecta a la sociedad antes que desplegar el catálogo completo de sus posibilidades puede ayudarnos a comprendernos mejor a nosotros mismos y, eventualmente, escribir mejor ciencia-ficción.

© Mario Moreno Cortina
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