Destino: pastiche
por Francisco José Súñer Iglesias

Ridley Scott se aburre (o anda corto de efectivo) y como le sobra el tiempo (o le falta el dinero) le ha metido mano por enésima vez a BLADE RUNNER.

Como aquella otra dama, LA GUERRA DE LAS GALAXIAS, en otros tiempos mitos del cine y de la ciencia-ficción, ambas están envejeciendo malamente y sin ninguna dignidad. De acuerdo que de la frescura y brío original ya quede muy poco (estas viejas señoras ya están muy vistas y no tienen secretos para nadie) pero de ahí a pretender mantener la tersura a base de remasterizados, digitalizaciones, añadidos aquí y recortes allá es una falta de respeto, no ya solo por las buenas señoras, sino por todos aquellos que en su día salimos deslumbrados de la oscuridad del cine.

A mi ya me resulta muy cansina toda esta manía de rehacer las películas cada seis o siete años. Dudo mucho, que una vez que el autor (si es que el director puede considerarse autor único de una película) ha podido hacer de su capa un sayo, disponer de todos los descartes del metraje original, y haber vuelto patas arriba la película en ese director's cut, con un aroma tan penetrante a dinero que tira para atrás, tenga de nuevo ninguna necesidad al cabo del tiempo de volver a deshacer lo rehecho y completar lo terminado.

Ya ni siquiera funciona la excusa de la limitada libertad expresiva durante el rodaje, o la abominable intervención de los productores en el montaje original. El argumento en si resulta ciertamente cínico. Como aviso para navegantes recuerdo que BLADE RUNNER tiene como origen la novela ¿SUEÑAN LOS ANDROIDES CON OVEJAS ELÉCTRICAS? de Philip K. Dick. Una vez con los derechos en la mano se hizo una verdadera escabechina con el argumento de la novela; se quitó aquello, se inventó esto, se fundió lo de más allá con lo de más acá para finalmente rodar una historia vagamente basada en la obra de Dick.

No se lo que el escritor pensaría de esto (ese proceso se produjo cuando aún vivía) pero si el resultado le hubiera parecido un desastre no hubiera tenido ninguna oportunidad de quejarse. Scott, sin embargo, si lamentó amargamente todo lo que habían hecho con su película: la famosa voz en off, el final pasteloso, la marcada identidad de todos los protagonistas, y en cuanto tuvo oportunidad se sacó de la manga su versión en la que desaparecía la famosa voz, eliminaba ese no muy afortunado final y se dedicaba a jugar con las identidades de los personajes de una forma que ni siquiera el mismo Dick había planteado.

Muy poco serio, se mire como se mire.

Las obras maestras retocadas una y mil veces dejan de serlo. Su genialidad es una mezcla de talento, momento afortunado y toda una serie de condicionantes externos y fortuitos que la modelan tal y como se da a conocer al público. El talento y la ocasión no se pierden, pero querer eliminar la influencia de esos factores circunstanciales es peligroso, el delicado equilibrio que sostiene la obra puede romperse y dejar de ser un mito para convertirse en un pastiche de si misma.

© Francisco José Súñer Iglesias
(528 palabras)