En vacaciones, no leo
por Francisco José Súñer Iglesias

No deja de ser curioso: mientras todo el mundo espera con anhelo, casi desesperación, estos pocos días de asueto para lanzarse a rebajar gran parte de la siempre interminable pila, aquí, el que esto escribe, ni espera ni desespera, simplemente deja de leer hasta que se acaban las vacaciones y vuelve a retomar su actividad laboral, excepto, eso si, el caso de tener algún libro mediado, entonces me busco algún que otro hueco aquí y allá, y lo termino. Pero sólo si el libro lo pide, que alguno ha reposado unas semanas tranquilamente a pocas páginas del final.

La razones son varias: mayormente suelo leer en el transporte público de camino al trabajo o de vuelta a casa. No son las mejores condiciones: aglomeraciones, empujones, sueño, cansancio... pero esto mismo me sirve en la mayor parte de las ocasiones para separar el grano de la paja, el libro excepcional de la obra mediocre y aburrida. Si un libro es capaz de superar la prueba de la barra del metro con soltura (esto es; leer agarrado con una mano a una barra del metro sosteniendo el libro con la otra mientras el tren, el resto de los pasajeros y el maquinista, hacen todo lo posible para impedir toda comodidad) es que ese libro tiene algo. Si por el contrario, se prefiere asentar los pies en el suelo del vagón, aplicar un par de medidos codazos a izquierda y derecha para hacer hueco y dejar el libro bien guardado para concentrar toda la atención en mantener el equilibrio, es que a ese libro algo le falta algo, no tiene el atractivo suficiente para obviar todas las incomodidades y merece estar enterrado en el fondo de la mochila mientras la condiciones no sean completamente favorables.

Se argumentará que hay libros delicados y cuasi etéreos, que precisan de un ambiente recoleto e intimista para atacar su lectura sin sobresaltos, paladeando cada palabra y cada concepto con la calma que requieren, y no voy a decir que no, pero soy más de lecturas recias y consistentes, de historias bien contadas, minimalistas en el adorno y plenas de caracteres, sucesos y escenarios, y esas si que aguantan con tenacidad los viajes subterráneos.

Por contra, cuando no tengo obligación de realizar estos viajes, me vuelvo vago y la lectura no me atrae, prefiero el aire libre, la charla de bar y enredarme por internet antes que dedicar unos minutos reposados a la lectura. Quizá porque ya me he acostumbrado a que la lectura se ha convertido en una actividad odiséica y montaraz, que difícilmente relaciono con la inactividad. O por decirlo de otra forma, me da la sensación de que si estoy sentado en un sillón o tumbado en la cama leyendo tan ricamente un libro no estoy haciendo nada, mientras que en el metro, en el tren, me estoy desplazando, estoy yendo a un lugar muy concreto, y la lectura se ha convertido en un complemento a esto.

Cuando me jubile tendré que replantearme todo esto y volver a pensar en la lectura como actividad más bien tranquila y reposada. Aunque teniendo en cuenta lo barato que sale a los jubilados el Abono Transporte en la Comunidad de Madrid, siempre puedo plantearme el ir en tren desde Móstoles hasta Fuenlabrada, vía Atocha, y volver desde allí a Móstoles en el Metro Sur.

Nunca se sabe.

© Francisco José Súñer Iglesias
(559 palabras)