¿Criticar a la crítica?
por Gabriel Martín

En el género fantástico español, lo que se viene denominando «fandom», se produce un interesante fenómeno digno de reflexión y análisis: la sobreabundancia de «críticos».

Resulta muy curioso observar cómo en un ecosistema tan reducido existen tal número de entendidos que se dedican, de manera amateur, a realizar sesudos, incluso en algunos casos inteligentes e interesantes, estudios, ensayos y «críticas» tanto literarias como cinematográficas o de cualquier otra índole. El relativo auge del género en los últimos años, mas autores y mas títulos, ha contribuido a incrementar el número de las personas que hacen «crítica» literaria.

En el reducido mundo en que se mueve el género prácticamente se conocen todos los implicados; desde escritores, editores, los «críticos» y, lo que es mas destacable, lectores, que conviven en un equilibrio precario entre intereses y pasiones desatadas.

Este fenómeno incremental «critico» indudablemente es un efecto secundario del increíble auge de Internet; las opiniones han pasado a estar disponibles para casi todos y a que todos, o una gran mayoría, puedan opinar sobre cualquier tema. Este epítome de la libertad de expresión nos ha acercado, como efecto colateral no deseado, a la mediocridad, pues los filtros que existían en cuanto a la publicación de ideas o pensamientos han desaparecido. Ya nadie supervisa lo que se escribe y la auto contención brilla por su ausencia. Todo el que tiene la posibilidad de opinar lo hace. Y lo hace, generalmente, desde la mas profunda ignorancia sobre lo que se está tratando. Basta pasar por cualquier foro, de cualquier tema, para darse cuenta de que las críticas no se hacen desde la reflexión, desde el conocimiento o de la contrastación de ideas. Se hacen desde la visceralidad mas primaria, sin que se tenga en cuenta a qué o a quien se está perjudicando.

La «crítica» en el género fantástico no se ha librado de esta mediocridad. Cualquiera que tenga un blog, o una página web, se siente con la suficiente capacidad para dedicarse al (in) noble arte de opinar sobre el trabajo de los demás. Unos son mas brillantes que otros pero, generalmente, es indudable que una cierta mediocridad se ha instalado en las autopistas de la información.

Y esta «crítica» es, además de mediocre en general, muy pagada de si misma en particular. Los «críticos» se han asentado en una posición de superioridad tal que parece que viven en un mundo aparte ajenos al bien y al mal. Hace un tiempo relativamente corto, un autor muy conocido en el «fandom» tuvo la brillante idea de «criticar una crítica», exponiendo lo que a su parecer consideraba que se erraba en el comentario. La respuesta fue furibunda y poco menos que fue tildado de llorica y de endiosado por no admitir la «crítica». En realidad sólo había expresado lo que consideraba erróneo en el texto. Quedaba claro que al aparecer la «crítica» era «incriticable», si es que tal expresión existe. Cabría preguntarse por qué la «critica» no se puede criticar.

Como comentaba Julián Díez en su artículo titulado PROPUESTA PARA UNA NUEVA CARACTERIZACIÓN DE LA CIENCIA-FICCIÓN, publicado hace varios meses, que la crítica profesional en el género fantástico no existe. No se cobra por esta actividad, así que desde ese punto de vista el sector de la «crítica» es simplemente una actividad «lúdica» mas para los que la realizan. Sin embargo esta «crítica» si que hace mella en los lectores y escritores. Aún tratándose de simples «amateurs» se recubren con la capa de la magnificencia y se permiten el discurso de la verdad absoluta y, lo que es mas grave, de la infalibilidad. En cualquier profesión para ser experto y especializado en un tema no basta con lucir un título universitario. Es cierto que el título presupone un valor añadido, pero ni lo es todo, ni siquiera garantiza la posible especialización en un ámbito que le puede ser ajeno.

La «crítica» española, que incluso a veces se auto denomina «especializada», pretende, en definitiva, dirigir a los lectores hacia unos gustos muy particulares. Esto es perfectamente legítimo, como no podría ser de otro modo, pero lo que ya no parece tan legítimo es que en el proceso se haga «sangre» sobre determinados productos, mientras que se obvian los defectos de otros muchos, por el sencillo método de obviar la «crítica» hacia ellos en otros casos. Este panorama se viene agravado por el papanatismo inverso acerca de la producción española. El método consiste en denigrar ferozmente casi cualquier producto que surja de la pluma de un autor español. Para cierto tipo de «críticos» todo lo que se produce en España es malo, deleznable y ha de ser condenado inmediatamente a la hoguera. Para ello se procurará hacer el mayor daño posible con comentarios generalmente inconsistentes (por ejemplo, acusar de autoplagio confesando, al tiempo, que no se ha verificado que efectivamente fuera así) pero que demuestran que no se casan con nadie. Y sin embargo se da el paradójico caso de que todo lo que viene del exterior, anglosajón generalmente, es alabado sin mesura, y sin mucho conocimiento, por este mismo sector. En realidad los porcentajes de malos escritos se mantienen vengan de donde vengan. La diferencia consiste en que a los españoles se les machaca con toda suerte de artimañas y, en el caso de que los foráneos sean deficientes, simplemente no se comentan, no vaya a ser que la editorial de turno se «olvide» de dar el servicio de prensa correspondiente. Porque, ya que no se paga a la «crítica», al menos leen gratis, que en definitiva es su objetivo, aunque disfrazado de buenas, o malas, intenciones.

Por otra parte, existe una premisa falsa como es la de considerar cierto tipo de «crítica» es mejor que las demás cuando realmente la capacitación de los individuos que la pergeñan es igual o inferior a la de cualquier otro. Si mantenemos que la excelencia, o superioridad, se debe a la posesión de un título universitario, sea este cual fuere ¿puede un Licenciado criticar la obra de un Doctor? Supongamos que un Doctor en Física escribe un relato que es «hundido» por un crítico que tiene una licenciatura en Derecho. Ninguno de los dos tiene una formación específica en literatura. Por tanto: ¿es mas válida la opinión del Doctor que la del Licenciado? Así debería ser, ya que su capacitación académica es superior. Y sin embargo el «crítico» alega su condición de Licenciado para ser «mejor» mientras que el Doctor ha de soportar estoicamente lo que comenta alguien que es su «inferior» académicamente hablando. ¿Es esto un ejercicio de normalidad? En realidad no lo es ya que la capacitación «externa» de cada uno es idéntica. Ni uno ni otro pueden arrojarse los títulos a la cabeza pues los dos están en un ámbito diferente al que estudiaron. Sin embargo el desmedido complejo de superioridad del crítico hace que éste se considere mejor que el autor. La gravedad de la postura es que mientras el autor no puede defenderse del «crítico», éste último es capaz de influenciar al reducido número de personas que lo siguen.

Esto no quiere decir que la «crítica» no pueda ser ejercida por personas sin una formación específica, pero si que no se puede invocar según qué cosas para recubrirse con el púrpura de la «crítica». Generalmente ésta no se consigue mediante una titulación determinada, se consigue con el trabajo, exactamente igual que la consigue el escritor. Mientras esto no ocurra, la llamada «critica» tendrá poco que decir sobre el trabajo de los demás.

© Gabriel Martín
(1.247 palabras)
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